Que una banda de las características de Mcenroe haya conseguido tres sold out consecutivos durante tres noches seguidas en Madrid es algo que, con toda justicia y merecimiento, debemos catalogar como acto heroico. Pocos artistas tienen la valentía de hacer de la sensibilidad, la vulnerabilidad y la sinceridad el tridente sobre el cual dar forma a unas canciones que apelan a la honestidad emocional y a la esencia misma de querer buscar en la belleza y la bondad humana más naturales y cotidianas la inspiración. Y la gran noticia es que sigue existiendo un público capaz de conseguir una sintonía con una banda de estas características y ser trinchera simbiótica en un mundo cada vez más incomprensible y despersonalizado.
Lo que, desde luego, no es noticia es que Mcenroe fueran a darnos el enésimo concierto maravilloso en el que perdernos dentro de nosotros mismos para, paradójicamente, volver a encontrarnos con la esencia de lo que somos. Así fue como ocurrió la segunda de las tres noches en la cual me acerqué a la siempre agradecida Sala Villanos (Caracol de mis viviencias por siempre).
Venían a cerrar, antes de su concierto de diciembre en Bilbao, la gira del que ha sido su último disco hasta el momento, La Vida Libre (25), trabajo con el que no fuimos, en general y al menos yo en particular, suficientemente generosos. Es posible que su perfil más modesto que el de obras pretéritas más lustrosas como Rugen Las Flores (15) o La Distancia (19) nos impidiera vislumbrar el potencial de unas canciones que la noche del viernes deslumbraron en directo. Conmovedor resultó ver cómo crecían exponencialmente sobre las tablas, especialmente algunas como “La Felicidad” o “Napoli”, por no decir lo emocionante que resultó ser impactado en vivo por cumbres como “Tumbados en el Obelisco” o sentir un escalofrío al escuchar a Ricardo Lezón susurrar versos como “es hermoso estar aquí contigo, yo bebiendo y tú en cualquier otro lugar”, incluido en “Venta Tomás”.
Además de la obra que presentaban, tuvieron a bien dividir las jornadas repartiendo un poco su cancionero por discos, siendo los dos con más presencia la velada del viernes La Distancia (19), posiblemente el que más me haya marcado de ellos, y Tú nunca morirás (09), al que guardo gran cariño al ser con el que los conocí, por lo que, personalmente, podría decir que tuve suerte en el reparto.

Desde el minuto uno la banda se mostró enormemente respetuosa hacia su propia obra, lo que viene a ser la manera más hermosa y gentil de serlo con la propia audiencia. Aparentemente parcos y sobrios, pero extrañamente dotados de un encanto aderezado por las introducciones y comentarios de Ricardo, tan, involuntariamente quizá, simpáticos y hasta humorísticos, resulta imposible no subrayar la ternura solemne con la que los vascos deshojan su precioso cancionero.
La apertura con una majestuosamente arreglada “Luz de gas”, nos puso ya en aviso de lo que nos esperaba. Mira que voy preparado a los conciertos de Mcenroe y siempre me quedo de piedra al volver a sentir cómo me afectan durante y después. Le siguió una muy celebrada “Los Valientes”, y así se fueron sucediendo los viejos temas con los noveles, en perfecto maridaje, sin faltar algunas sorpresas como la colaboración de Tulsa, que subió a cantar la bonita y delicada “Tú nunca morirás”, o las aportaciones de color que siempre trae Jimena Lezón, la hija del cantante, aportando contrastes en la desarmante “Asfalto (libres los animales)”, “La vereda” y lo más cercano que tienen a un hit Mcenroe con “Un rayo de luz”.
A destacar también un sonido fabuloso, nítido, cálido y sutil a la par que musculado en los momentos que lo requirieron, como ese cierre agradecidamente hosco con el descorazonador rescate primerizo de “Qué queda de mí”, tras el que abandonaron el escenario agradecidos y contentos. Que nunca nos falte este refugio.
Fotos Mcenroe: Raúl del Olmo




















