Canela Party

Canela Party 2026 (Torremolinos)

Subrayado bien fuerte en rojo, llega ese momento en el que, surfeando la dificultad de una coyuntura adversa y siempre complicada, el Canela Party luce sólido y distinguido como un festival referente en cuanto a la calidad de su cartel, a una capacidad admirable de autogestión y a un don innegable para aglutinar buenas vibraciones alrededor de la música, generando un ambiente único y perfectamente reconocible dentro del pelotón de propuestas estivales que se esparcen por nuestra geografía.

Para la presente edición, se introdujeron novedades como la reducción a tres días y el traslado de fechas al último fin de semana de agosto, lo que redundó en una agradecida climatología lejos del calor previsible de esta época del año.

Por la explanada adyacente a la Plaza de Toros de Torremolinos se desplegaron los esperadísimos Escenarios Fistro y Jarl, y la zona de dj’s , bautizada como Gromenauer, que volvió a reunir a nombres granados de la escena alternativa juntando promotores, Djs, amigos y artistas como Marta Abella del sello Lume, DJ Coco, de presencia recurrente en diversos Primavera Sound, el propio Tali Carreto, responsable de comunicación en tantos y tantos eventos nacidos para alegrarnos la vida, o el descacharrante Live de Jordi Ganchitos, con enorme poder de convocatoria.

Textos Canela Party: J.J. Caballero y Jose Megía

Jueves 27 – Canela Party

Entrando en materia, los catalanes Me And The Bees abrieron fuego en la jornada inaugural con un estupendo set, mezcla efectiva de sus etapas en español y en inglés, con especial protagonismo para su brillante último álbum, Siempre Igual (La Castanya, 2025). Distorsiones locas, dosis de fuzz rebosantes de nervio y toneladas de actitud vertidas sobre estribillos para corear como los de “Me Va Genial” o “Tú No”, ejemplos pluscuamperfectos de pegada y concreción. Divertidos y aguerridos, su larga trayectoria, consistente y reivindicable, merece de mayor reconocimiento, algo a lo que a buen seguro contribuirá su deslumbrante paso por el Escenario Fistro.

A Man/Woman/Chainsaw, banda procedente del norte de Londres, parece seducirles una forma especial y diferente de escuchar y hacer música. Componen y tocan casi en diagonal, atravesando espacios sonoros que otros recorren sirviéndose de atajos melódicos y siguiendo una hoja de ruta mucho más directa. El sexteto británico capitaneado por Billy Ward y Emie-Mae Avery prefiere recrearse en los recovecos y el poder melódico de sintetizadores, guitarras fuera de tono y violines eléctricos para potenciar la base de los temas de su álbum Cannonball, entre los que “Nosedive”, fundamentado en los principios de la dance music, “Get up and dance”, donde Avery parece salida de un music hall sin banda sonora definida, o el grisáceo “Goddamn, lizard man!” podrían aliarse para construir un muro de vaivenes sonoros y energía juvenil (no olvidemos que el grupo se formó al amor de las lecturas extraídas de la biblioteca en la que coincidían sus componentes). Un directo con aristas aún por pulir en el que la aparente anarquía se conjuga con el indudable atrevimiento, y no encontramos demasiadas objeciones a la idea.

Si ya lo de su banda madre, Black Midi (presentes en el cartel de 2023), era un jeroglífico de solución inabarcable, el debut en solitario de Geordie Greep, The New Sound (Rough Trade, 2024), sirvió para abrir nuevas puertas dentro de un espectro sonoro mutante y esquivo. En directo le acompaña una big band que no escatima en cuerdas y vientos, mientras Greep se contonea desencadenando turbulencias de generoso magnetismo. Lo suyo rehúye de convenciones y fluye con inercia arrebatadora. Solo había que ver las expresiones de quienes presenciaban primero con asombro, y después con reverencia, como se retorcían las catárticas “Walk Up” o “Terra”.

Uno de los nombres más destacados en el line-up de este año era, sin duda, el de Melody’s Echo Chamber. La francesa Melody Prochet y su experimentada banda, recrean con talento y buen gusto las caleidoscópicas atmósferas de Broadcast o Stereolab, desde un prisma más ajustado a la canción pop radiable y accesible. Lejos de resultar un reproche, esto supone poseer un sexto sentido para la melodía perdurable de la que la autora de hits del calibre de “I Follow You” anda más que sobrada.

En el momento en el que su voz se hizo sitio entre las brumas urdidas con pericia por el entramado sonoro de unos músicos excelsos, los allí presentes sentimos la evocadora estela de una Trish Keenan cuya impronta se siente palpable en las ensoñadoras caricias de las ya clásicas “Shrim”, “Quand Vas Tu Rentrer?, “Some Time Alone, Alone”, “Le Temple Volant” o la mencionada “I Follow You”. Sabiamente secuenciadas, las destacables composiciones de su reciente Unclouded (Domino Records, 2025) reclamaron orgullosas su protagonismo, destacando la inmediatez de “In The Stars” o la psicodelia contenida de las deliciosas “The House That Doesn’t Exist” y “Eyes Closed”. Maravilloso concierto cuya onda expansiva aún resuena en su etérea belleza.

Muchos sentimos con dolor la baja a ultimísima hora de Unknown Mortal Orchestra, uno de los grandes reclamos del cartel, debido a una emergencia médica. En su habitual rapidez de movimiento, los organizadores del Canela reaccionaron con solvencia y nos regalaron la presencia de Friko, una joven banda de Chicago que resultó ser una de las grandes sorpresas escondidas entre tanto nombre interesante. Y digo sorpresa, porque la sensación de quienes me rodeaban en este concierto era la de estar presenciando algo importante sin haberlo imaginado. Con una energía desbordante, el cuartero salió a comerse el escenario, conscientes de estar saboreando una excelente oportunidad de abrirse paso entre el concurrido listado de bandas de power-pop desenfadado y diseñado para noquear al primer impacto. Sin apenas pestañear, esparcieron con urgencia y descaro las bondades de singles tan ganadores como “Still Around”, “Seven Degrees” o la imbatible “Choo Choo”, un cruce imposible entre The Spinto Band y Modest Mouse. En los espasmódicos movimientos de su bajista, David Fuller, o en el tremendo carisma de su cantante y guitarra, Niko Kapetan, se atisba la visceralidad de un David Byrne que a buen seguro ha servido de inspiración para una banda cuyos otros dos miembros, la batería Bailey Minzenberger (quien también tocó la guitarra y cantó en un par de temas), y el guitarra Korgan Robb no se quedaron atrás a la hora de generar fascinación. Su versión del “Ceremony” de New Order no desentonó y sonó grande en sus manos, y el momento en el que Kapetan se sentó al piano para interpretar la sentida “Certainty” junto a Minzenberger y“The Pace”, recreó un clímax de embriagadora lisergia pop. Tremendos.

La escena emocore se reparte en esencia entre los grandes núcleos urbanos de Gran Bretaña y la división pija de L.A., que descubrió que los tatuajes y la irreverencia también pueden ser símbolo de clase. A Basement parece no importarles demasiado ni una cosa ni otra. Lo mejor que se puede decir de ellos es que siguen chutando adrenalina y supurando aguas contaminadas en la ametralladora de la mayoría de sus piezas, y así lo demuestran en “Wired”, “Time waster” o la alucinada “Promise everything” con la que se despidieron del público malagueño, pero a la vez resultan encantadores cuando bajan las revoluciones y se refugian en la potente pero mesurada “Head alight” e incluso cuando experimentan, aun a riesgo de asomarse al abismo de la incomprensión, con temas tan abstractos como “Deadweight”. Puede que esa sea la gran virtud oculta de la banda, la capacidad de adaptación, o mejor dicho de retroalimentación, de unas texturas con una base bien definida y unos presupuestos que en su versión en directo son aún más apabullantes. El núcleo de fans, amplio y variado, ya sabía que quedaría plenamente satisfecho de la experiencia.

Nunca sabremos si la idea de concentrar en un par de horas en la misma noche el grueso de los sonidos pesados del festival estaba ya en mente de la organización previamente a la confección del cartel o es el resultado de ajustar horarios, vuelos y avatares logísticos siempre acechantes a última hora. Maruja presenta “The invisible man” o “The tinker” como paradas obligatorias si se quiere asistir a un decálogo básico de su potencial en vivo, con abundantes guiños al free jazz y un punto de ternura en el salvajismo de la voz de Harry Wilkinson. Cómo no quererlo cuando reconoce que España es su lugar favorito del planeta y que decidió bautizar al grupo con una palabra tan castiza, extraída esta vez de un cartel que vio en una tienda en ruinas en mitad de un encantador y remoto entorno rural que visitó en su adolescencia. La rotundidad atenuada de “Saoirse”, que en sus manos no es sino un alegato noise punk simple y directo, la sinceridad esquemática de “Born to die” y la conclusión altísima en decibelios de “Resisting resistance” los sitúan a la vanguardia de una escena sobreexplotada a la que ellos prestigian con una actitud incombustible, admirable en este caso cuando supimos que estaban recién llegados de otro intenso bolo en la mítica sala 16 Toneladas de Valencia. Por algo dicen sus acólitos que esta gente está hecha de otra pasta.

Aún con los oídos retumbando por la intensidad y el esfuerzo auditivo por aprehender los mandamientos libres de Maruja, el tímido Baiuca se aposentaba tras la mesa de mezclas, parapetada de plug-ins, portátiles y controladoras con las programaciones correspondientes, y empezaba a golpe de beats espaciados la resurrección espontánea de su más reciente encarnación de folclore electrónico, porque sospechamos que la dudosa etiqueta de folktrónica igual tampoco se le ajusta demasiado, siempre basado en la unión de instrumentos tradicionales de su Galicia natal con el impulso sintético de las máquinas más amables y adecuadas para su proyecto. Trasladar la pulsión bailable de las músicas ancestrales al universo post apocalíptico de una rave universal y unificadora es un objetivo difícilmente alcanzable si no se manejan los medios y los tempos de forma adecuada. A la percusión orgánica y la productividad de las capas de teclados se suma la voz solista, clara y orgullosa, de una bellísima Antía Muiño, secundada por las panderetas, las conchas de vieira en pura fricción y los coros de Andrea y Alejandra Montero, perfectas en un papel secundario que en realidad es fundamental. Prueba de que la frialdad normalmente asociada al género no asoma en momento alguno son la emocionante “Morriña”, el cabalgar tribal de “Veleno” y una “Ribeirana” con la que culminar una reivindicación de la tradición en clave moderna e inalcanzable para muchos. De Catoira a Berlín, de Torremolinos a Detroit en un viaje de ida con amplias posibilidades de vuelta.

Tal vez desfavorecidos por el cambio de horario, los supervivientes de mente más o menos despejada después del reciente episodio de brutalidad protagonizado por Speed, y receptivos al cambio de chip que suponía la sustitución en el cartel de los mucho más esperados Getdown Services por las combativas y, por qué no decirlo, excesivas proclamas de los norteamericanos Prostitute tuvieron ocasión de comprobar que estas bestias pardasaterrizaron en el aeropuerto de Málaga más tarde de lo previsto para llevar a cabo un show acorde con las circunstancias. Su pensamiento e implicaciones políticas los sitúan en ese limbo de bandas cuyo corte ideológico pasa por encima de lo más o menos afilado de su música. Mae Kazra no canta, grita y alecciona con desgarro post-hardcore y estira la cuerda de una tensión que a esas horas a algunos nos pudo resultar algo estomagante. Guitarras en ebullición constante, sintetizadores punteando ritmos árabes y la asfixia a la que someten a unas canciones que en estudio respiran con más libertad y matices. La apisonadora pasa por episodios aptos para el pogo y el baile concienciado (“Mr. Dada”, “All hail” o “Judge”), y el discurso en pro de la liberación de Gaza y El Líbano suena rabioso y en ocasiones apelando a la agresividad por encima de la esencia. Un set raudo, crudo y sin concesiones evidentes. El fin de la primera parte, pero no de la más suave, por mucho que los sonidos con los que pusimos el punto y seguido al grueso del lineup pretendieran dejarnos exhaustos. Casi lo consiguieron.

Viernes 28 – Canela Party

En un pequeño concierto que se fue haciendo grande a medida que transcurrían los minutos, el shoegaze y la introspección con que los valencianos Gazella iniciaron carrera y show fue abriendo paso a los tímidos apuntes de electrónica y sonidos maquinales con que adornan los temas de su segundo y más robusto álbum. Irene Ricart, la frontwoman  que sustituye a la original Raquel Palomino, recientemente desertada, no parece hacerse con las riendas escénicas de una empresa demasiado amplia para reducirla a unos cuantos versos. El poderío instrumental es más que evidente, con los juegos de guitarras propios de un dream pop de amplio espectro y efectos sedantes. La cierta amplitud de su última grabación les ha permitido pasarse el verano pateándose salas y festivales sin apenas hacer ruido. Voluntad y acierto puntual en la progresión del set, de la introspección al estallido, sin prisa pero sin pausa, recreándose en los pasajes hipnóticos que dibujan “Komorebi” o “Solsticio”, con la distorsión bien entendida como excusa y guía, o el trote controlado de uno de sus mejores temas: “Velcro”. Les queda un largo camino y, visto lo visto, les será difícil acceder a la primera división del género, sobre todo en un país tan desagradecido y sordo como el que pisan. Pero tiempo al tiempo, pues de conocimiento y aptitud andan sobrados.

No, no son de Portland. Ni de Melbourne. Ni de Oslo. Fuet! se formaron y residen en Madrid, y desde allí proyectan las balas de largo alcance de su hardcore con raíces independientes al resto del planeta. Son intensos, sí, incluso se pueden atragantar a quienes sospechen de cualquier músico que necesite gritar demasiado para hacerse oír, pero están convencidos de lo que hacen y de cómo lo quieren hacer. Y, qué quieren que les diga, es lo más parecido que tenemos por aquí a unos IDLES que a buen seguro habrían reventado un escenario aún a medio gas en el momento de la irrupción de los de la capital. Tardaron lo justo en asaltar el escenario Jarl con las soflamas supurantes de orgullo y desenfado que visten estallidos de la fuerza de “Kitkat”, “Green lights”, “252” o “Make it happen” (tema con el que bautizan su álbum más reciente), variando poco el tempo y atricherándose en la potencia de un directo cuyo objetivo máximo es poner al límite los tímpanos y la ganancia de las PA. Dejan espacio para una cierta experimentación en “Becoming a ghost”, y en general demuestran un oficio poco habitual para una banda de tan corto recorrido. Les está viniendo de perlas el foguearse en escenarios masivos y andan aparentemente sobrados de actitud, lo cual sólo pueden significar excelentes noticias para la nutrida escena nacional.

Era y sigue siendo uno de sus objetivos, tanto desde la organización como desde los despachos de contratación, la apertura progresiva a géneros y artistas que, visto el asunto con la perspectiva debida, no se hallan tan lejos del grueso de sus compañeros de cartel. Ángeles Toledano, una jovencísima cantaora jiennense con visos de convertirse en estrella mundial a poco que el gigantesco espectro de Rosalía se retire para no volver durante un tiempo, pasea su arte sin complejo alguno por las tablas diversas de los festivales veraniegos, y hasta el momento de regresar a su región muchos sólo la habíamos disfrutado en formato doméstico, es decir, escuchando su voz plena de compás y conocimiento jondo mientras hacíamos la colada, cocinábamos con más desgana que hambre o nos dirigíamos a la enésima y soporífera jornada laboral refugiándonos en su concepto irreverente del flamenco. Su propuesta suena más que lograda, y en directo se apoya únicamente en la guitarra flamenca de Benito Bernal, ya que las bases y demás elementos de producción electrónica los aporta ella misma. Sangre Sucia se llama el disco que la ha catapultado a una nominación a los Latin Grammy y a acuñar un concepto absolutamente vanguardista de la tradición. Escuchamos ayes entre palmas sintetizadas en “Mamá, tenías razón”, tarantas narradas con desgarro en la voz y el sentimiento en “Eres guapa”, alegrías aventadas de una vida nueva y eterna en “X las niñas” y hasta unas sevillanas que no son sevillanas pero sí se bailan a pie de escenario para quitarse la cola del vestido blanco y acabar el concierto cantando a pierna suelta.

Según algún experto en la materia, los canadienses son el hermano menor, o el proyecto chico por decirlo de alguna manera, de los más célebres METZ, con los que Alex Edkins, tercio y cerebro compositivo, suele salir de gira con regularidad. Sin embargo, escuchando Hoopla, su segundo disco, uno se pregunta qué sería de dicha banda si decidieran bajar el volumen de los amplis y revisitar el catálogo de mejores momentos del pop rock alternativo en los ochenta y noventa. “Forever elsewhere”, sin ir más lejos, podría venir firmada por Dinosaur Jr. en su vertiente más amable. Brillan en las melodías de “Never in style” o “Pay no mind”, pero también en la desmesura de “Searching for you” o los acercamientos a la obra de bandas como Spoon o Imagine Dragons (glups!). Hay quien pensaba que sonarían mucho más rudos, pero pero Weird Nightmare son a día de hoy una banda casi de pasatiempo, de esas que sabes que no te van a aportar mucho pero que en un momento dado disfrutas como un enano, sobre todo si compruebas la solvencia y los recursos de los que disponen en directo. El propio líder asegura que no sabe lo que pasará con el grupo, ni si habrá nuevo material si el tiempo y sus múltiples quehaceres lo permiten, pero nunca, eso tengámoslo por seguro, dejará de tocar la música que le gusta.

Algunos pensaban que la gran banda del viernes eran las Mannequin Pussy, a las cuales, sinceramente, les habíamos prestado la atención justa hasta el momento. Su punk rock más o menos grandilocuente y bastante pendiente de la melodía sonaba, y suena, a cosas mil veces escuchadas y a nombres tan trillados y esenciales como The Stooges o Pixies, con sus mil y una particularidades. Sin embargo, echando cuentas descubres que en una de tus series favoritas, la maravillosa Mare Of Easttown de la no menos estupendísima Kate Winslet, sonaban algunas canciones que te encantan sin recordar bien quiénes eran sus responsables. Te pones como previa al concierto un pelotazo como “Who you are” y piensas que sí, que igual habría que buscar sitio en primera fila. Empiezan con “Softly”, un medio tiempo que suena de todo menos inofensivo, y a medida que la cosa va avanzando sueltan las fieras que rugen en “Pissdrinker”, “I got heaven” o “Control” y te preguntas por qué no las has escuchado con mayor atención. Nos gustan sus formas, rozando el hard rock pero dejándose acariciar por el suave viento del pop, con una vocalista temperamental llamada Marisa “Missy” Dabice y guitarras que nunca ponen excusa la furia para sonar brillantes. Cierto es que este tipo de artistas acaban devorados por su propio sonido, cuyo alcance es el que es, pero mientras debaten sobre si sus próximos pasos irán en la misma dirección, déjennos que de vez en cuando molestemos al puñetero algoritmo y rebusquemos algún que otro tema suyo con el que terminar una noche de farra y buenos bebercios.

¿Otra banda de hardcore? ¿Más de lo mismo para que el tramo final del viernes empiece con la tralla que no había tenido hasta ahora? Sí y no. Los londinenses High Vis exhiben una actitud y un músculo punk que los diferencia en parte del resto de sus contemporáneos, pero al mismo tiempo hacen gala de un descontrol instrumental –buscado, por lo que se ve- que los hace cansinos a mitad de concierto, sobre todo por el empeño de Graham Sayle, un líder de aspecto macarra y aparentemente dispuesto a partirle la cabeza a todo el que no comulgue con sus proclamas, de derivar el post punk con el que iniciaron su carrera al mazacote en el que se convierten sus actuaciones. El reojo que le echan al sonido Madchester de los noventa queda cada vez más difuminado entre los cientos de “fucking” salidos de la boca del vocalista y la apisonadora de la base rítmica de “Drop me out”, “Walking wires” o la enervante “Altitude”, apta para el crowd surfing de rigor. Mucha conciencia social, total identificación con la clase obrera que aún arrastra los devastadores efectos de la política de la Thatcher y llamamientos de atención sobre la salud mental, un tema recientemente en la palestra de las preocupaciones contemporáneas. Admirables pero previsibles. Y lejos de ser los adalides de ningún movimiento al que pretenden apadrinar. El plato más recalentado para el estrellato pop del que disfrutan, con más o menos justicia, los siguientes protagonistas.

Príncipes del pop millennial, arrebatados de fama por sus potentes directos y el prestigio que se han labrado en apenas un par de años, La Paloma no necesitan farmear aura o ser los más guays para ocuparse de nuestros problemas de ansiedad. Para Nico Yubaro, Lucas Sierra y Juan Rojo es relativamente fácil dedicarse a esto. No poseen ningún secreto para triunfar, ni persiguen santo grial alguno que les conduzca a la inmortalidad, pero saben escuchar y vomitar en consecuencia más de un himno que en otras manos resultaría inane. “Sé lo que quiero”, con su certera dosis de asertividad, es un ejemplo claro de ello, en la misma medida que otras radiografías de la insatisfacción actual como “Sigo aquí”, “Bravo Murillo” (nobleza geográfica obliga), “Todo esto”, “Las cosas que me gustan” o “Sé lo que quiero”. Se muestran tal y como son, sin mostrar demasiados signos de debilidad instrumental. “Quejas célebres” es otra diatriba no exactamente antisistema pero sí líricamente ajustada a los tiempos que corren, y el pseudo hit “La edad que tengo” podría sonar en bucle hasta el infinito en cualquier fiesta post festival de las muchas que sin duda tuvieron lugar en emplazamientos semiclandestinos. Llegaron, tocaron, cantaron y contaron más de una verdad, y eso se lo toman como una misión divina. Nada que objetar.

El verdadero triunfo de la jornada. Publican un disco, empiezan a tocar en todas partes y lo suyo se propaga como el fuego que proyectan sus canciones. Lanzan saetas venenosas contra la cultura del vacío y la apariencia inútil, se escudan en la ironía y la provocación falsamente divertida y les dan alguna que otra lección a sus amigos de Carolina Durante o Biznaga, situándose más cercanos al vitriolo de unos Parquesvr menos preocupados por aparentar lo que no son. Su tema estrella, el espléndido “Noches de casino”, se inspira en las enseñanzas de los desprejuiciados Viagra Boys, y en “Pollo al chilindrón” esgrimen argumentos incontestables como “llevas media hora sin decir nada importante por esa put boca, a ver si alguien te la parte” y se quedan tan panchos. Señalan a los culpables de la precarización automovilística en “Diesel”, rescatan el sabor vetusto de la “Skol” y reivindican la vida lenta y el cambio de hábitos que nos conducen al estrés en “Hacemos lo que podemos”, siempre con la lupa puesta en los tiempos que por edad y circunstancias les ha tocado vivir. Otras referencias culturales como “Edgar Allan Poe” y “Ayer vino Messi” o sociopolíticas con toda la mala baba disimulada de sarcasmo en “Sandalias del PSOE” merecerían capítulo aparte. El gigantesco Elías MacCabe se erige como gurú despreocupado en un concepto tan efectivo como el de Mala Gestión. Un concierto para dejarse llevar y preocuparse por la despreocupación generalizada que nos invade. Paradojas de la vida moderna.

En un momento del emocionante set de Rufus T Firefly en la noche del viernes del Canela Party, su cantante, teclista y guitarrista Víctor Cabezuelo, se dirigía al público para compartir lo que quince años atrás le había dicho su mejor amigo, Álvaro Marcos, de la banda Atención Tsunami: “Tío, hay un festival increíble que se llama Canela. Ojalá alguna vez toquéis allí”. La noche del 28 de agosto de 2026, aquello se hizo realidad. Entonces atacó “Sé Dónde Van Los Patos Cuando Se Congela El Lago”, cuya letra fue compuesta por el propio Marcos.

Vertebrado como una especie de rave de trasfondo eléctrico, el concierto de los de Aranjuez transitó con la grácil levedad de un magma fluido al ritmo de una sección rítmica demoledora con Julia Martín-Maestro marcando el camino a la batería y Miguel de Lucas guardando el fuerte al bajo. Ataviados con pijamas y batas en su particular fiesta de disfraces anticipada, lo suyo fue un sueño mezcla de inocencia y perversa travesura digital entre cuyos escondites se encontraron hallazgos sorprendentes provocando que nadie quisiera despertarse y volver a la cruda realidad. Mucho mejor que eso, perderse entre los coros espectrales y los teclados de Manola, las congas y percusiones varias de Juan Feo o la afilada guitarra de Carlos Campos.

Las enormes canciones de su último disco, Todas Las Cosas Buenas (Lago Naranja Records, 2025), acapararon el repertorio en sintonía con la electrónica orgánica que sirve de sustrato en dicha entrega, redondeando unas tomas de “El Coro Del Amanecer”, “Trueno Azul” o “Dron Sobrevolando Castilla La Mancha” que fueron creciendo en múltiples direcciones envueltas en luces de neón, antes de dar con una sublime interpretación de “El Principio De Todo” o destapar el tarro de las esencias con la pátina granítica de “Río Wolf”. El encuentro entre Rufus T Firefly y el Canela estaba llamado a regalar una noche para el recuerdo. Y vaya si lo logró.

Sabíamos que los portugueses Maquina. no se dedican al rock progresivo de la banda catalana de casi idéntico nombre hizo grande a últimos de los setenta y primeros ochenta. Lo de estos tipos es otra cosa, algo que se podría describir como una mezcla de krautrock, noise rock y psicodelia, una conjugación estilística que no les está dando malos resultados hasta el momento. Era ya demasiado tarde para la lucidez y para el discernimiento de unos temas poco escuchados y peor encarados. El sonido es básicamente industrial, oscuro y mecánico, con ramificaciones en tótems de la solidez de Nine Inch Nails, el ruidismo de Swans y cimientos en una especie de tecno minimalista que no necesita sintetizadores ni grabaciones previas. A esa hora uno era ya triste partícipe de las hordas de zombis que desfilaban hacia la salida en busca del horizonte más próximo que les condujera al amanecer del último día. Pero de eso ya quedará constancia en la crónica siguiente, fiesta masiva de disfraces incluida y anuncio de los primeros nombres para el próximo año.

Los parroquianos ya saben de qué se trata: A la conclusión del último concierto se ha de estar pendiente de las respectivas pantallas a la espera de ese anticipo ansiado, un rumor confirmado, otra sorpresa de antepenúltimo momento o aquella incorporación insospechada y largamente postergada. El sueño podría ser más reparador sabiendo que la adquisición de los abonos en fase low cost se llevará a cabo con algo de conocimiento de causa. En fechas similares, apenas con un día de adelanto (tendrá lugar del 26 al 28 de agosto de 2027), los nombres de Agriculture, DITZ, María Arnal, Nothing, Paco Te Quiero, Perfecto Miserable, Ratboys, Rodrigo Cuevas y Rolling Blackout Coastal Fever son la avanzadilla más o menos perfecta de una cita que cumplirá la veintena de ediciones en disposición de mejorar lo mejorable, que lo hay, y de perfeccionar lo disfrutable. Volveremos a ser felices durante tres días y pondremos música, baile y risas hasta hacer nuestro agosto particular. Y lo contaremos a nuestra manera, no les quepa la menor duda.

Sábado 29 – Canela Party

La jornada final, marcada por la ya mítica fiesta de disfraces, arrancó con el art-punk de Amor Líquido, quienes publicarán nuevo disco el 25 de este mes a través del siempre interesante sello La Castanya, bajo el título de A Ver Si Me Despierto, y del cual dejaron caer sus cuatro estupendos adelantos. Guitarras oscuras, estribillos que se niegan a caer en lugares comunes, y letras mezcla de disconformidad y desencanto. Su trayectoria ascendente hace esperar un caluroso recibimiento para este nuevo largo. En directo dotan a sus dinámicas estructuras de un valor añadido con su imponente presencia escénica sonando desafiantes y engrasados.

El cantante y compositor murciano joseluis se encargó de abrir el Escenario Jarl, presentando su aclamado debut, Por Ahora Para Siempre (Sony Music, 2025), que se hizo acreedor de multitud de parabienes por parte de crítica y público. Presentado como Joselvis, él y los suyos se armaron de humor para rendir homenaje al atormentado genio de Tupelo, Misisipi, mientras desgranaban su cálido cancionero, en el que las caricias acúsitcas de “Guapo” y “La Gravedad” encuentran perfecto contrapunto en las cabalgadas épicas de “Fortuna” o la notable “Miedo De Un País”. El final con “Navajas de Albacete” funcionó como perfecto epílogo para un concierto que convenció y dejó con ganas de más.

Continuando con ese vibrante contraste de propuestas que tanto caracteriza al Canela Party, Sandré regalaron una rotunda descarga de acordes al límite, voces que corean verdades como puños a los cuatro vientos y estructuras que se van retorciendo resultando no ser lo que en un principio parecían. Caramelos envenenados los de esta banda catalana que bascula entre el punk-rock y un hardcore que no hace ascos a la melodía. No faltó la presencia de Miguelito García de CERVATANA para defender la desgarradora “Cabeça”.

La brasileña Karen Dió, afincada desde hace tiempo en Estados Unidos, tomó el testigo con una aproximación al punk mucho más amable, rememorando los tiempos del movimiento riot grrrl y la explosión de un sonido que copó las radiofórmulas con referentes como Green Day, Blink 182, Offspring o Sum 41, y que en los momentos más expansivos, luce vitamina guitarrera a lo Veruca Salt. Números como “Euphoria” resonaron atesorando motivos más que suficientes para disfrutar de su adrenalínico show. Atónitos nos dejó con su acelerada versión del “Aserejé” de Las Ketchup.

Hubo un momento en el que los focos de Pitchfork apuntaban a Wavves como esperanza del rock melódico con aires surfpop, gracias sobre todo a la agilidad y el gancho de sus dos primeros discos. Después han seguido publicando trabajos más que dignos, pero la moda, la tendencia, dejó de enfocarlos. Así de sencillo, así de cruel. O no, porque desde la ausencia de expectativas han seguido a la suya, plantándose casi dos décadas después con aún mucho que decir. No es nada fácil coger a esta banda de gira, por lo que la ocasión brindada por el Canela sirvió para refrendar la pegada de esos pequeños grandes hits como “King Of The Beach”, “So Bored” o “Idiot”. A Nathan Williams no se le ha olvidado como hacer grande canciones de pop-rock soleado como demuestra en “Spun”. Pogos, descaro y desparpajo punk a raudales para un set que triunfó constatando el valor de las buenas canciones. Esas que nunca pasan de moda.

La banda de Brooklyn Nation of Language remataba gira con su concierto del sábado en el Canela y disfrazados de magos para la ocasión, bordaron un excelente repaso por su impoluta discografía, acompañados por un sonido espectacular, probablemente de los mejores que se pudieron presenciar en esta edición. De la oscuridad crepuscular de “Weak In Your Light”, tan Depeche Mode, al estallido post-punk de “Across That Fine Line”, el trío puso sobre las tablas todo lo necesario para que la gente acabara coreando su nombre y pidiendo más. A estas alturas, gozan de un repertorio tan solvente que monten el setlist que monten, van a salir triunfantes. De hecho, reparten sus elecciones de manera bastante equitativa para acabar recurriendo a todos sus trabajos casi por igual.

Tras el convincente arranque de “This Fractured Mind”, la pertinente “September Again” arrancó los primeros espasmos entre el público, recurriendo al single primigenio “What Does The Normal Man Feel?” para acabar de desatar la locura. Aunque sí debemos señalar un momento cumbre, fácilmente podría ser esa escalada al cielo que dibuja “The Wall & I”. Suenan a clásicos con apenas tres discos. Pero vaya tres discos.

El enorme circo ambulante planteado por Carolina Durante será recordado también como uno de los fotogramas para la posteridad que nos regaló esta edición del festival. Bajo su carpa hubo espacio para recrear la magia y la inocencia de quien descubre aquello que le hace feliz, reconociéndolo después con una sonrisa cómplice en cada reencuentro. Y el de los madrileños con un lugar tan especial para ellos, se tradujo en un victorioso recorrido por una joven discografía en la que conviven envidiable espontaneidad, con valiosas reflexiones sobre las vicisitudes que conlleva el paso del tiempo.

De “Joderse La Vida” a “Misil”, “Aaaaaa#$!&” o “Granja Escuela”, se percibe la evolución de una banda que conserva la efervescencia de sus inicios alcanzando con sus reciente cancionero, una profundidad que les hace ganar en matices y trascendencia. Elige Tu Propia Aventura (Sonido Muchacho, 2024) demostró que lo suyo iba mucho más allá de lo que algunos pensaron en un principio. Y esa sensación se mantiene intacta cada vez que “Tempo”, “Probablemente Tengas Razón”, “Normal”, “San Juan” o el megahit “Hamburguesas” ponen las cosas en su sitio y dibujan un horizonte en el que es difícil adivinar dónde está el límite.

En las antípodas podríamos situar la torrencial descarga de los californianos Deafheaven, cuya monumental sacudida no entiende de etiquetas, quedándose lo del metal en juego de niños, visto lo visto. Para aquellos que no manejan estos territorios sonoros, la experiencia debió ser lo más parecido a una revelación. No en vano hasta el confeti disparado en su concierto era negro. Si alguien no vibró con la energía desatada por terremotos imposibles de calibrar, como “Magnolia” o “Doberman”, debe hacérselo mirar.

Con los cuerpos aún renqueantes tras lo vivido, los también norteamericanos Upchuck derrocharon intensidad y actitud, mezclando español e inglés en unas letras comprometidas que alimentan el discurso de una banda capaz de mantener el interés del público a base de fogonazos de rock combativo y abrasivo.

En una noche de emociones fuertes, Las Petunias apretaron el acelerador a base de pop espídico con poso noise barnizado con sus letras ácidas y cargadas de intención. Empezar con la versión del “Si Quieres” de Cariño es apostar por carta ganadora, y para cuando tocaron el adictivo single “audi 4 latas” ya nadie podía dejar de saltar y bailar. Para rematar la faena, “Marcelo Criminal” no dejó títere con cabeza en su cruzada contra los “Cayetanos” del indie.

Desde Belfast, Chalk aportaron latido post-punk de querencia por sonidos de tinte industrial y cultura de club, en un concierto que puso a bailar a todo el Escenario Fistro, algo que sentó como agua de mayo a esas horas de la noche. Lo que empezó como una leve llama aislada acabó convirtiéndose en un incendio de dimensiones industriales a base de hostias a mano abierta a los encorsetados clichés del estilo en cuestión, materializados en himnos macarras como “Get Fucked” o “Can’t Feel It”. Allí bailaba hasta el apuntador.

CERVATANA pusieron el broche de oro con una secuencia plagada de estímulos entre los que prevaleció el baile como respuesta al desaliento. La bailarina de danza contemporánea, Elena Gog, acaparó atención y admiración mientras la banda, nacida del ente creativo de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba,agitó la coctelera rock con baterías y sintes de cálida presencia, logrando mantener la tensión a base de nervio contenido con el que cortar el ambiente a cada quiebro.

Fotos Canela Party: Javier Rosa y José Andrés Albertos

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