Sigue sorprendiéndome que en una escena plagada de medianías, un proyecto de incuestionable peso y el largo recorrido de Sr. Chinarro, siga manteniéndose en un segundo plano.
Antonio Luque lleva más de tres décadas escribiendo canciones, ha publicado una veintena de discos y construido uno de los repertorios más personales y reconocibles del pop en español, pero sigue siendo difícil explicar cómo con esa fecundidad y con semejante capacidad para escribir grandes letras y melodías de las que permanecen, continúe lejos de cualquier consideración masiva. Aunque también es cierto que es algo intrínseco en su ADN; no es muy complaciente, es un Babieca que va a contracorriente y siempre ha huido de todo foco entregando canciones con una atípica regularidad que quizá impida que se asienten las anteriores. Aunque a día de hoy ¿qué es lo que se asienta si no viene apoyado por grandes campañas de promoción o giras interminables que no son el caso?
Su amplía discografía que en raras ocasiones baja del notable, acaba de sumar Las fuerzas y los cuerpos (2026), que me atrevería a considerar su mejor disco desde tiempos de su trilogía sevillana conformada por El Mundo Según (2006), Ronroneando (2008) y Presidente (2011). Y como yo, parece que también la audiencia que ayer agotó las entradas del Café Berlín de Madrid, que recibió entusiasmada el poderoso jangle pop de «El deseo del genio» a las primeras de cambio, como también la serpenteante «Mi Palmera», la irónica «El cantautor foráneo» o los ambientes que conectan con su pasado y lo mejoran en «El burro de la plaza de España».
El setlist no hizo más que constatar el buen estado del sevillano, que cuenta además con sus mejores escuderos desde esa tripleta antes nombrada, y además, crece con la compañía de la teclista y corista Sandra Rubio, parte de la familia Chinarra, en tiempos de El porqué de mis peinados (1997) y Noséqué-Nosécuántos (1998). Ahí tienen «Efectos especiales», «Esplendor en la hierba» o esas «Aplauso» y «Escorpio» del infravalorado El Bando Bueno (2020), que demuestran su capacidad para construir el mejor pop atemporal; himnos aunque sean chiquititos como «El detector» o ese gran medio tiempo llamado «De piedra».

También hubo tiempo para recuperar las esperadas «Los Ángeles», «Babieca», «Del Montón» o la popular «Una llamada a la acción», pero también para contentar a los old time fans con «El Idilio» engrandecida con el teclado y los coros de Sandra, la peculiar genialidad lo-fi de «Bye Bye» o una atemporal «Quiromántico» con la que se despidieron.
Al final nos preguntamos si la grandeza de Sr. Chinarro quizá consista en eso. En seguir siendo una anomalía que unos pocos elegidos custodiamos con orgullo, aunque la justicia poética pida a gritos algún día deje de serlo.
Fotos Sr. Chinarro: Manuel Pinazo



















