Adentrándose en Mirage – Ballet for 16 Dancers, la última propuesta de Thomas Bangalter, es imposible no pensar que hay algo que radica en la madurez cuando los artistas se acercan, en introspección, a sus deseos interiores, alejados de lo que más han representado. Sumado a lo agotador que tuvo que ser la interpretación de una de las mitades de Daft Punk, a nadie le debe extrañar esa intimidad y esa música detallada que describe a la perfección el mundo en el que el galo quiere estar ahora mismo.
Su posición se ha alejado de aquel house afrancesado que cayó en un bucle, para salir de aquella espiral de voces metálicas tras la separación del grupo con la energía que le transfiere cada disco personal. Compuesto para el ballet creado por el coreógrafo Damien Jalet y el artista K?hei Nawa, la aportación que hace el músico constata la importancia del ámbito instrumental en una composición conceptual como esta, donde las otras partes dialogan entre sí para trazar una actividad performativa.
Ese acceso a lo minimalista pasa por las posibilidades que le otorga la electrónica. Si bien su anterior Mythologies se orientaba más hacia la orquesta, ahora el francés mira hacia aquella técnica que lo catapultó a finales de los años 90 hacia la fama. Y la revierte para plasmar esa madurez mencionada con trazos atmosféricos y capas ambientales que rozan la experimentación en este disco. El francés invoca drones de profundidad, percusiones y arquitecturas de reminiscencias de vanguardia que se conjuran con el ars sonora para evocar una composición total.
Si bien el Mirage teatral necesita esta parte tanto como las otras dos, la instrumental puede extraerse para disfrutarla por separado, aunque su escucha fuera de la interpretación de la pieza diverja totalmente en cómo se percibe. La audición del disco, alejada de cualquier impacto visual, puede trasladarnos de la misma manera que la novela crea unos personajes y unos paisajes que se alejan totalmente de posteriores representaciones visuales.
Por todo ello, la actividad experimental de Bangalter se adentra de lleno en este caso esa parte artística global, no solo escénica, y en el genial dibujo del concepto ritual que acompaña los devenires de los protagonistas.


















