De sobra estamos acostumbrados a los discos reacción de los artistas, a menudo confundidos con los discos de evolución de esos mismos músicos. Con The Dark (26) de Chelsea Wolfe, nos encontramos ante un ejemplo palmario de esto. She Reaches Out to She Reaches Out to She (24) fue un disco abisal, tremendamente opresivo. La inspiración en su escritura para la californiana la sacó de su ruptura con relaciones tóxicas y su evolución personal a través del tiempo.
En esta ocasión, era algo perentorio para la artista crear algo más ligero. The Dark (26), paradójicamente con su título, es muchísimo menos oscuro, más accesible y limpio en sus formas tanto instrumentales como vocales. Se me antoja una obra decididamente menor, aunque del todo necesaria coyunturalmente para su compositora.
Las fotos, vídeos y, en general, el material promocional del nuevo trabajo nos daba ya pistas claras sobre lo expuesto (de hecho, la primera vez que vi las imágenes de la portada y sus sesiones pensaba que se trataba de un anuncio de colonia). En su camino hacia la sanación interior, es inevitable encontrarnos ante un tono inofensivo en ocasiones del todo inédito prácticamente en su trayectoria.
Pero tampoco nos llamemos a engaño. Chelsea Wolfe es una de esas personas artistas, de las pocas, con las que es totalmente imposible encontrarnos ante un disco abiertamente malo; igual que es algo completamente cierto que su trayectoria impoluta nos tiene muy mal acostumbrados.
En lo estrictamente musical, destaca una mayor utilización del piano, desde su apertura con la epatante “Cold” hasta su cierre. A lo largo del viaje nos da tiempo a encontrarnos todas sus versionas conocidas, pero una versión descafeinada en muchos casos, tanto en su faceta más inquieta (“Humours”), la más intensa (“Swallower”) o en la más acústica (“I’m not there”).
Aunque The Dark (26) flojea de manera algo alarmante en cortes como “Halo”, son sus mejores momentos finales, encabezados por “Turn the key” y “Death is not the end”, donde reconocemos a la Chelsea Wolfe más brillante. Seguidas y culminadas con un cierre tan bonito como “Dancer in the sky”, los cuarenta minutos de recorrido parecen cerrarse con cierto aroma de victoria pírrica.

















