El otro día pensaba que, gracias a la perspectiva que nos da la experiencia y el tiempo vagando por esta vida, no había nada más gratificante que recibir la atención de las personas a las que les importamos de verdad y resultar del todo indiferente al resto. Algo muy de esto tiene el propósito de la carrera de The Afghan Whigs.
Del todo acostumbrados ya a la sonoridad de su nueva reencarnación y sin las expectativas tan hinchadas gracias a la lógica existencial que nos hace sabedores de que resulta humanamente imposible repetir obras maestras a la altura de su binomio histórico Gentlemen (93)_Black Love (96), resulta mucho más fácil y grato acercarse a un nuevo trabajo de la banda.
Soft Control (26), su cuarto trabajo desde su reunión, vuelve a demostrar el cuidado y el esmero que Greg Dulli, alma y buque insignia de la formación, le pone a cualquier lanzamiento artístico en el que se embarque, salvo, quizás, el apresurado In Spades (17), grabado a contrarreloj por culpa del cáncer que se llevó al bueno del guitarrista Dave Rosser (aunque siempre tendremos la inmortal “Toy Automatic” como una de las cimas absolutas de los Whigs).
Nos enfrentamos a un disco versátil, muy equilibrado y armado a través de una estructura clásica de la vieja escuela en la que cada canción ocupa el lugar adecuado para conseguir un recorrido emocional intencionado, con sus subidas, bajadas y valles, algo profundamente de agradecer en estos tiempos efervescentes.
El disco se abre con la epatante “Jungle Roux”, un tema con el que The Afghan Whigs despliegan su habitual clase y gusto por la música negra. La canción termina con un tremendo fade out que hará sin duda las delicias del público en concierto y que en estudio demandaba, al menos, dos minutos más de duración.
A continuación, nos encontramos con la frontal ”House of i”, uno de sus puntos más altos. Pieza característica de su repertorio rock directo, ése que siempre se les ha dado tan bien y que tiene en la concisa “My lover” otra punta de lanza en esta ocasión.
El feeling característico de los de Cincinnati, algo muy difícil de explicar con palabras, pero muy fácil de sentir en la espina dorsal por todos los que somos sus fieles, encuentra su máxima expresión en “Duvateen”, con esa mezcla de ilusión, sensualidad y épica hipodérmica que sólo ellos saben infligir en nuestro cuerpo.
Pero si hay que hablar de un momento que ya no olvidaremos, es el que protagoniza la espléndida “The deepest part of the darkest shadow”. Un escalofrío me recorrió la primera vez que la escuché mientras sus vaporosos arreglos de viento impregnaban de melancolía y belleza mi paseo en la oscuridad. Una atmósfera cinematográfica de ensueño, de esa realidad paralela que sólo existe en el hilo que une mente y corazón, no menos cierta que la que nos toca, pero no habitamos. Excelente crescendo, con el reconocible toque de la nueva piel de The Afghan Whigs, una vez que ya no resulta necesario compararlos con los trabajos de The Twilight Singers y menos aún con la primera etapa de la banda, ajena a los añorados tirones de guitarra de Rick McCollum, pero que tiene en Christopher John Thorn (Blind Melon) otra también estimulante manera de entender las seis cuerdas a la que ya nos vamos acostumbrando en esta plaza.
A partir de entonces, es cierto que el disco adolece de cierto bajón en cortes como “Mariah Luster” Y “Memphis, Texas”, mejorando algo con los icónicos coros de soul clásico que alberga la luminosa “77” y mejorando sin lugar a dudas con la mejor canción de esta segunda parte del viaje, “Loose talk”, poseedora de un estribillo memorable. El cierre, buscando el tono dramático que acostumbran para los títulos de crédito, nos guarda la sinuosa “A simulation”, un broche más que digno, si bien queda lejos de pirámides egipcias que han ocupado su lugar en la discografía de una banda tan injustamente valorada como imprescindible para quienes la amamos con lacerante y gozosa devoción.




















