En la reseña que un servidor escribió acerca del anterior disco de Julia Holter, Something In The Room She Moves (Domino, 2024) intentaba describir su arquitectura sonora de una forma en la que, a día de hoy, me reafirmo: “La vida es un flujo constante de estados de ánimo. La música de Julia Holter es una extraña combinación de sensaciones sinestésicas: desde la colorida paleta expresionista que destila su voz, hasta los arreglos de cámara y vanguardistas más inesperados. Una cosmología en donde habitan los espacios abiertos, la carnalidad más desafiante, la luz y las tinieblas, y la poesía que parte de lo vivencial para bifurcarse por senderos de escritura automática, o de pequeños haikus que se abren paso de entre el abrazo de la voz de la compositora californiana. Bien pensado, qué alentador cuando la música interpela al oyente, o cuando mantiene ese misterio que necesita de un receptor para poder desentrañar”.
En una entrevista leída hace unos días, la autora era muy descreída con la crítica musical que siempre le endosa la etiqueta de pop de vanguardia. Para Holter su música es más un experimento de prueba-error, cuya fuerza motriz de sus canciones es la emoción y los sentimientos más terrenales, aunque la ingravidez sigue siendo una de las peculiaridades de su música, que entronca con el dream pop, pero también con la etapa más aérea o abisal del Miles Davis de, por ejemplo Filles Of Kilimanjaro, o del soft pop de los setenta.
Lo que es una constante en el trabajo de la compositora de Milwaukee es su deseo de que su obra cada vez más se perciba más como un work in progress, y así poder captar los detalles de unas texturas y unas armonías que persiguen un continuum temporal. Materia (Domino, 2026) -la palabra proviene etimológicamente de “madre”, así como de lo “terrenal”- viene a desmontar esa idea preconcebida de que ella es una autora “intelectual”, con lo que eso puede conllevar de autora de música de autor o técnicamente muy elaborada.
Sin ir más lejos, el tema más largo que encontramos en este álbum, “My Twin”, son alrededor de diez minutos de minimalismo sonoro que parte de una improvisación que hizo en 2020, y que posteriormente ha ido añadiendo la letra y editado sus arreglos. Sin duda es uno de los platos fuertes de este cancionero excepcional, en donde la melodía parece construir un espacio abierto por donde el oyente ir desentrañando los detalles de un paisajismo de ensueño, y consigue transmitir las emociones barajando pocos elementos, todo muy conciso y muy bello en su solipsismo emocional.
Los otros temas no le van a zaga. Si en el anterior disco ejecutaba con su voz y un Wurlitzer una melodía con ecos a Robert Wyatt titulada “Materia”, esta vez quiere reconstruir, dar otras formas a la canción: “Materia 2” se desdobla en dos en la parte vocal con la participación de Jessika Kenney, y la musicalidad proyectada da una sensación entre onírica y fantasmática gracias a unos arreglos espléndidos de la mano de Dedra Hoff (bajo sin traste), Chris Speed (clarinete), el martilleo de una caja de ritmos y los sintetizadores de la propia Julia Holter. “Materia 3” es la propia autora con el sintetizador, pero con una dicción más aguda y un trabajo prodigioso y muy sensorial con el espacio y los silencios. En “My Lost One” el bajo de Hoff va dando robustez, y la trompeta nos lleva de la mano por este lamento vaporoso. “The Laugh is in the Eyes” es escurridiza en su devenir fantasioso y aires jazz de cámara. El perfil ingrávido de “Fantasy” le da a la pieza un aura que recuerda Cocteau Twins, hasta que la caja de ritmos le otorga aires marciales, y “Clepsydra” es una delicada miniatura construida sobre una hermosa abstracción sonora.





















