La mitología que envuelve a Joy Division me recuerda mucho a la de The Velvet Underground. Puede que en un principio su alcance fuera limitado, pero su influencia no ha dejado de acrecentarse hasta tal punto, que algo que parecía marginal, ha terminado convirtiéndose en un manual de instrucciones de la música alternativa de estas últimas décadas. Aunque los neoyorquinos miraban hacia los márgenes de la sociedad y los de Manchester hacia el interior, imaginaron sonidos que otras generaciones tardarían años en desarrollar.
Estos días llega ETERNAL (Live), la primera colección oficial dedicada íntegramente a recopilar actuaciones en directo de Joy Division. Un amplio recopilatorio de 14 CDs, que reúne el audio de 16 conciertos y recupera dos actuaciones inéditas, grabadas en Hope & Anchor y Acklam Hall de Londres, además de tres directos nunca antes publicados en Factory, Lyceum y Moonlight Club. En ella se incluye el que fuera último concierto de la banda previo al suicidio de Ian Curtis. Un show celebrado en 1980 en High Hall (Birmingham), con la única interpretación en vivo de «Ceremony» que se conserva, un tema histórico que terminaría convirtiéndose en el primer sencillo de New Order y en reinicio en toda regla.
La primera gran virtud de ETERNAL (Live) es que devuelve a Joy Division una energía que a menudo queda sepultada bajo el peso de su leyenda. Esas grabaciones de los primeros meses de 1979, cuando Unknown Pleasures todavía no había llegado a las tiendas, nos muestran a un grupo que conservaba buena parte de la urgencia del punk con la que nació. La historia nos ha contado cómo la banda quedó desolada con la producción de Martin Hannett, quien -como saben- moldeó su sonido llenándolo de ecos, atmósferas y texturas que parecían proceder de otra dimensión.
Fue un acierto visionario como hemos conocido posteriormente; aquí se respira esa lucha ficticia entre la obsesión de Hannett por desmaterializar su sonido y el deseo de los músicos de conservar el impacto que provocaban sus actuaciones. Joy Division era una banda mucho más feroz, humana e imprevisible de lo que sugieren sus dos discos y aquí queda patente.

A pesar de un sonido deficiente, vemos en ese primer concierto en el Hope & Anchor londinense del 1 de marzo 1979, cómo canciones como «Leaders of Men», «Shadowplay» o «Warsaw» tienen una aspereza que contrasta con sus versiones de estudio. El hoy icónico bajo de Peter Hook tenía un protagonismo casi melódico (prácticamente era un bajista que hacía punteos), la influyente guitarra de Bernard Sumner trabaja con aristas y silencios, y Stephen Morris sostiene el conjunto mediante una batería kraut de precisión milimétrica. No hace falta que destaquemos a Ian Curtis, esa personalidad arrolladora que era la principal fuerza del conjunto; no solo era un cantante depresivo que transmitía abatimiento, la intensidad y la verdad que transmitían sus interpretaciones ha pasado a la historia.
La presencia de Ian Curtis atraviesa las once horas de un proyecto en el que podremos situarlo más allá de su tragedia personal. Hay una evolución en esa forma de cantar. En temas como «Disorder», «New Dawn Fades» o «Twenty Four Hours», su voz parece enfrentarse al armazón creado por sus compañeros, pero también encontrar refugio en él. Lo interesante, como digo, es ver cómo en un periodo de algo más de un año, las canciones crecen y van encontrando nuevas formas de expresión e impacto.
Asistiremos al progresivo abandono de las composiciones de la etapa Warsaw, a la incorporación de canciones que acabarían formando parte de Closer y la transformación de piezas como «Love Will Tear Us Apart» hasta encontrar su forma definitiva. Un valioso testimonio para conocer al grupo a su escala real, cuatro jóvenes músicos que tocaban ante unos cientos de personas, sufrían problemas de sonido y se enfrentaban a un público que pedía canciones a gritos.
ETERNAL (Live) no es un documento indicado para quienes quieran acercarse por primera vez al grupo, sino para profundizar en su legado una vez conocido. Es toda una anomalía para estos tiempos de absurda inmediatez y ahí está también su valor. Hay grabaciones desiguales, algunas con un sonido muy pobre rescatado de piratas grabados por el público y también, repeticiones inevitables de canciones. Pero también hay algo difícil de encontrar en una retrospectiva, poder regresar a un tiempo en el que aquellas canciones aún estaban sucediendo, cuando el futuro de Joy Division no estaba escrito e ignoraban el puesto que su música terminaría ocupando en la historia del rock alternativo y en nuestros corazones.




















