Hace tiempo que Antonio Luque decidió que, ya que las canciones se le suelen caer de las manos, lo mejor era organizarse, montar la banda con la mayor urgencia posible y volcar en el estudio las ideas más o menos recientes.
No sabemos si todo obedece a un ejercicio de prolijidad o de prodigalidad, aunque tal vez pudieran ser ambas cosas. El caso es que después de revisar en El Año De La Pera algunas de las brillantes canciones de su etapa remota que culminó en 1998 con el redondo Noséqué-Nosécuántos, necesitaba darle salida a las tormentas emocionales –o tal vez deberíamos llamarlo simplemente malestar social- con las que inunda las letras de este Las Fuerzas Y Los Cuerpos, sobre todo atendiendo a la premura que parece inundar redes sociales, mensajes públicos y mayoría no silenciosa de inquina mal dirigida y proclamas fascistas.
El que podría haber sido, según sus propios esquemas, el quinto disco de Sr. Chinarro, pasa a convertirse en el vigésimo y a cambiar de nuevo la óptica de los textos para dotarlos del tono irónico habitual, ahora revertido de rabia y escepticismo, en los que las pobrísimas relaciones sociales contemporáneas con su consecuente estado de frustración individual, la pantomima de la transición y los fantasmas de la precariedad inherente al oficio de músico cobran protagonismo, eso sí, envueltos en la mirada sardónica y el descreimiento de alguien que lleva más de tres décadas subiéndose a los escenarios a modo de atalaya.
Luque reúne a la banda que lo ha acompañado en la última etapa y se va a Mijas para grabar en tiempo récord (apenas cinco días les llevó dejar listas las bases vocales e instrumentales) once canciones atravesadas por un pulso melódico evidente y cimentadas en las guitarras eléctricas, una apuesta que ya se adivinaba en sus últimos pasos discográficos que ahora amplía y perfecciona hasta hacer de “El deseo del genio”, por ejemplo, una brillante aproximación al pop tropicalista con un riff marca de la casa y los fantásticos coros de Sandra Rubio, también encargada de los teclados, una reincorporación al menos temporal a la alineación titular a la que perteneció en aquellos primeros tiempos.
El apocalipsis al que parece apelar en diversos momentos del disco viene marcado por el advenimiento de los nazis en el mediterráneo, cantado a los cuatro vientos en “Cantautor foráneo”, pero a la vez con un deseo implícito de huida y un humor ácido apto para el oyente más avispado en la chinarriana “El burro de la plaza de España”, con un estribillo simplemente perfecto, quizá la conexión más evidente con el pasado, salvando las distancias melódicas.
En “Mi palmera” se recrea en esquemas de rockabilly con acento andaluz sin caer en el abismo del folclore, y se deja imbuir por el espíritu de los primeros The Cure a los que antaño tuvo como referentes en “El viaje que puede esperar”, con el mensaje de un poeta y las huellas de un primate como leit motiv para otra llamada a la (in)acción popular ante la que se nos avecina. No faltan referencias cinematográficas, no solo por un título como “La reina de África”, sino porque también se pasean entre estos surcos las figuras de Indiana Jones, Katharine Hepburn o Catherine Zeta-Jones. No podemos obviar el lado combativo que siempre esgrimió, más o menos camuflado, exhibido en “¿Qué verde?”, donde entre referencias lorquianas alude a su adorado Betis Balompié, al Racing de Santander y hasta al capitalismo de manga larga representado por El Corte Inglés. El tema más falsamente costumbrista de su discografía.
Y en el otro lado, un excelente “Minuto de silencio” nada solemne en el que rememora entre patrióticos “lololos” y “lalalas” a Jorge Martínez y Robe Iniesta, probablemente dos de los músicos de mayor relevancia social y artística en la pequeña gran historia de nuestra escena, en la que el propio autor de estas canciones ya merecería idéntico lugar de privilegio.
Tendríamos que sentirnos identificados casi obligatoriamente con alguien que asegura no entender nunca a los demás (“Si digo qué pienso”), que no sabe si las pompas buenas son las fúnebres o las que acompañan al boato (“En pompas”) y que pone en tela de juicio un mundo a punto de derrumbarse. Para salir corriendo, sí, pero no sin antes prestar atención a miradas tan lúcidas como la suya.


















