Debo estar soñando. Eso mismo deben haberse dicho gran parte de los integrantes del no escaso fandom de Alabama Shakes al saberles de vuelta. Han pasado once años desde que Sound & Color (2015) replanteara los cimientos del soul-rock contemporáneo para abrir una brecha entre la tradición sureña y la modernidad. Un hiato de más de una década en el que el silencio de la banda contrastó con el viaje en solitario de su cara más visible, Brittany Howard. Su travesía por Jaime (2019) y WHAT NOW (2024) no solo sirvió como desahogo confesional y exploración de nuevos territorios como el funk psicodélico o el spoken word, sino que operó como el campo de pruebas donde se ha gestado este esperado retorno.
I Must Be Dreaming no busca regresar al estado de las cosas previo al parón ni apelar a la nostalgia de quienes descubrieron a la banda con el ímpetu primitivo de Boys & Girls (2012). Reconfigurados definitivamente como trío —tras la marcha del batería Steve Johnson y el afianzamiento de la alianza fundamental entre Howard, el guitarrista Heath Fogg y el bajista Zac Cockrell—, el grupo regresa de la mano de Shawn Everett en la producción para certificar que el verdadero combustible de Alabama Shakes siempre fue la evolución.
El álbum se despliega como una suite de soul psicodélico donde la tensión ya no se resuelve mediante la catarsis o el desgarro vocal de toda una shouter como es Brittany, sino más bien a través de la contención y la creación de atmósfera. Si en su trabajo de 2015 la producción de Blake Mills buscaba el efecto inmediato del arrebato rítmico, aquí se trabaja la sutileza. Los sintetizadores analógicos, las capas de guitarra tratadas con fuzz líquido y los ecos de cinta sustituyen el otrora músculo de una banda muy de directo por un impresionismo de estudio donde cada silencio está milimétricamente pensado.
Esa búsqueda formal cristaliza desde la inicial «Tea Time», con un halo hipnótico y circular que establece las nuevas coordenadas del grupo. Es evidente que Howard huye de forma intencionada de la demostración de fuerza para explorar registros vocales más matizados. «Another Life», por contra, es algo más contundente, quizás la que más recupera a los Alabama Shakes de antes, pero llega la melancolía pop de «American Dream», en la que la guitarra de Fogg abandona los riffs directos para tejer arpegios limpios sobre el bajo de Cockrell, erigido en la auténtica columna vertebral del disco, y el argumentario del disco entra en una constante que no abandonará.
A medida que nos adentramos en terrenos más contemplativos como «Garden» o el single «I Feel Hope Coming», la interpretación de Howard se refugia cada vez más en un falsete contenido, deudor de la sutileza de Shuggie Otis o del Marvin Gaye de principios de los ochenta. Incluso en los pasajes más reposados del tramo central —»Time», «Easy» o «How Love’s Supposed to Go»— y en el bello cierre en suspensión que supone «Tied To You», la banda prescinde de la batería tradicional en favor de patrones rítmicos deconstruidos y ambientes flotantes, que invitan a la serenidad, pero sin abandonar el groove.
Temáticamente, el disco se adentra en un terreno melancólico, pero extrañamente reconfortante. Howard escribe desde la perspectiva que le otorgan sus casi cuarenta años, reflexionando sobre la existencia, el aislamiento de la era digital y la búsqueda de fe en tiempos convulsos. Hay una madurez reflexiva que emparenta esta obra con los grandes trabajos de madurez del R&B cósmico, allí donde el dolor no se grita, sino que se transforma en solemne oración.
Pero a pesar de todos esos cambios, la banda conserva intacta toda su intensidad y no ha perdido un ápice de la identidad que les hizo trascender. Firma así un trabajo maduro, complejo y profundamente elegante que rehúsa el camino fácil del encaje comercial para edificar un refugio sonoro de una belleza serena y cristalina. Su regreso, por tanto, no solo justifica la larga espera, sino que consolida a la reconstruida formación de Alabama como uno de los nombres imprescindibles para entender las mutaciones del soul en el siglo XXI.

















