Si hay algo que sorprende en las presentaciones de Ethel Cain, es ese halo litúrgico y embriagador que expande su particular universo hasta convertir cada concierto en un trance cercano al rito que ya quisiera el Papa.
No es solo la música, sino cómo ese imaginario que se construye desde el trauma religioso, el gótico sureño, la culpa, el deseo y una redención imposible, acaba siendo absorbido por un público que termina habitando ese mundo creado por la cantante. Donde cada silencio, cara mirada cómplice o cada guiño es celebrado con una devoción digna de estudio.

Ethel Cain venía a presentar su reciente Willoughby Tucker, I’ll Always Love You (2025), precuela de Preacher’s Daughter (2022) y ambos acapararon una actuación entre el slowcore, el post-rock y algunos arrebatos pop. Adoración y devastación que arrancó con un viaje al pasado con la frágil «Sunday Morning», punto de contacto entre ecos pastorales y una química instantánea que saltó por los aires con la celebrada «American Teenager», ese hit agridulce que sigue siendo su canción más popular, provocando el primero de los éxtasis colectivos de la noche.
Las íntimas «Janie» y «Nettles» fueron un bálsamo que siguió tomando forma con la instrumental «Willoughby’s Interlude» y una conmovedora «Dust Bowl» -nuevo éxtasis del respetable-, que abrió las puertas al fantasmagórico universo de esa locura llamada Perverts (2025), con una breve intro del tema de apertura que se fundió con la belleza gélida de «Vacillator». El momento más epatante y sobrenatural llegó con «Ptolemaea», una pieza apocalíptica, siniestra y descomunal tan inquietante como hermosa. El sonido, las luces, la entregada interpretación y la solvente banda acrecentaron la experiencia.

Continuó con el pop contemplativo de «Gibson Girl», ese single de su disco de debut, que habla de problemas de autoestima, y con la inversiva «Tempest», que volvió a hacernos viajar entre capas de guitarras. Con los crescendos de «A House in Nebraska» y ese «I’m so alone out here without you, baby» cerró una primera hora tan intensa, como redonda.
Hubo tiempo para un bis con la esperada «Crush», que levantó al público de las gradas, y la balada country «Sun Bleached Flies» con la que despedimos la pasión según santa Cain. Toda una misa negra propicia para un mundo roto.
Fotos Ethel Cain: Fer González (Noches del Botánico)




















