Hay muchas formas de llamar a una revolución; en consecuencia, cientos de maneras de afrontarla. Quienes suelen negar la mayor suelen abrazarla algún tiempo después, incluso atribuyéndose méritos y laureles que nunca llegaron ni a imaginar. En lo que a música se refiere, cada pedazo de historia queda representado para la posteridad por un hito, un pendón destacado en el camino, unas letras doradas repintadas cada ciertos años para que nadie olvide por dónde debe pasar antes de llegar a quién sabe qué incierto destino.
Para muchas de las casi 2.000 almas aposentadas en el cálido cemento del cordobés Teatro de la Axerquía, lo vivido una benigna noche de julio no era sólo el reflejo diagonal de un pedazo enorme de aquella revolución soñada hace tres décadas en un rincón perdido del Albaicín, sino la oportunidad única para que varias generaciones alumbraran un nuevo milagro, un brillante advenimiento de creatividad reinterpretada varias generaciones después por uno de los herederos, más bien el único posible, del patriarca que consiguió convencer a la industria de que los afluentes del rock y el flamenco no corrían tan lejos el uno del otro, y de que sólo se habría de hallar la savia poética y el vehículo transformador para que juntos caminaran hacia un mar eterno de frondosidad y piedras preciosas. Así, con la naturalidad con que los genios arman su obra, nació, creció y se perpetuó un proyecto llamado OMEGA, incomprendido como no debía ser de otra forma, vilipendiado como correspondía y finalmente venerado como acto de justicia poética. La vida es eso, un conjunto de idas y venidas sin demasiado sentido y dudosa razón.

A Kiki Morente, el niño asombrado de entonces, le ha perseguido la sombra paterna desde que a sus tiernos seis años su vida familiar diera un vuelco para siempre. Su padre, don Enrique, el más roquero de los flamencos de Granada, se había empecinado una noche de farra y conversaciones cruzadas en que Antoñito Arias, su otro niño chico, se juntara con sus compañeros, esos que hacían la música más rara del mundo, y empezaran a pensar en invitarlo a sus ensayos para que la revolución comenzara. Poco podrían imaginar él, Juan Codorniú y David Fernández que treinta años después iban a enmascararse sobre un escenario para que la base de aquella batalla creativa en la que quedaron varios cadáveres por el camino rugiera de rabia y orgullo en la inauguración de una gira universal (como Dylan) mientras guitarras eléctricas y flamencas (Marcos Gago y Nano del Amalio, manos de santo) copularan en acto febril con las teclas de Juan José Machuca, mil saltos de percusión y cuatro voces arrancadas entre palmas y jaleos. Era este el mundo soñado en el que Lorca y Cohen cohabitaban y dialogaban a diario, un mundo en el que Morente sólo tuvo que hacer de intermediario.
Contextualizarlo, adaptarlo a la dichosa modernidad y dotarlo de la teatralidad de la que antaño carecía era una labor que ahora correspondía al pequeño de la saga, consciente y mayestático en su papel de maestro de una ceremonia impregnada de dramatismo desde el inicio, con los compases de “Manhattan” imbuidos de psicodelia orquestal y su voz y la del padre entrelazadas en susurros y preguntas y réplicas apenas intuidas. Poco después las luces se apagan e Israel Galván, pura androginia de brazos rebeldes y tronco desencallado de la tradición, aparece tras la carne cruda de “La aurora de Nueva York” y percute con botines blancos en el dramatismo de la “Niña ahogada en el pozo”. Sus movimientos son anárquicos, casi espontáneos, relegando el academicismo al rincón del sentimiento puro e inquiriéndonos acerca de la pertinencia de su aportación.
En los varios mundos que habita la poesía caben miles de fantasmas, y Kiki ha aprendido a reconocerlos. Quizás por eso se refugia en la desnudez de su voz, larga y atemperada aunque lejos de las tesituras y el poderío del progenitor, y se arropa en la caricia flamenca que son el esqueleto de “Solo del pastor bobo”, “Adán” y “Sacerdotes”, gritando sangre y sudando lágrimas en la comunión con un público nuevo, viejo y perenne. “Balad, balad, caretas” cantan al unísono, ya sin máscaras que oculten lo que se intuye pero nunca se sabe, a las que vuelven para entonar “Kyrie eleison” en la suerte de liturgia cristiana para la que fue originalmente parido, y pedir piedad al señor de los espacios infinitos envueltos en los truenos de “Omega” y naufragar en el maremoto eléctrico que Lagartija Nick inventó para protegerse de los efectos de la lectura compulsiva del Poeta En Nueva York.

El mismo brío, al principio suave, que mece la base de “Vuelta de paseo”, impulsa, al final potentísimo, la belleza de “Asesinado por el cielo” y el orgasmo cíclico de “Ciudad sin sueño”, un espacio inconcreto donde nadie duerme y todo el mundo imagina otros mejor imaginados. En el zapateo de Galván se adivina entonces una síncopa de eternidad, y en cada golpeo de caja y pateo de bombo renace una esperanza de humanidad imposible para llamar por su nombre a monstruosidades humanas como Netanyahu y aseverar, como dijo Arias, que se tardan tres vidas en llegar aquí en el preludio maravilloso del “Pequeño vals vienés” que el canadiense inmortal compusiera y recompusiera en varios corazones ajados por el tiempo y las emociones.
“Esta no es manera de decir adiós”… Y tanto que no, porque tocaba sacar el ancla y ejercitarse en el noble arte del cuerpo a tierra, y para eso estaba y está la figura magnánima y omnipotente de Aurora Carbonell, mater amatísima depositaria de un legado inexpugnable por los siglos de los siglos. La Pelota, el pseudónimo con que la bautizaron, puso el amén y la silueta cimbreante en el último baile, descalza como vino al mundo, para que todas y todos los presentes recordáramos cómo, dónde y cuándo llegó a nuestras vidas un disco monumental, una obra que trasciende géneros y adscripciones, una pesadilla romántica de electricidad y jondura que treinta años después sigue conmoviendo y, sí, doliendo como un sueño húmedo a medio cocer. Dicen algunos que detrás del escenario, entre tragos de licor y risas arcaicas, se escuchaba a un tal Enrique Morente susurrar: “Antoñito, que sepas que esto es sólo el principio, ya verás tú cuando la gente se entere”. Vive Dios que quedan pocos por enterarse, y a esos hay que envidiarlos porque serán deslumbrados por primera vez.
Fotos OMEGA: Kiki Morente y Lagartija Nick: Juan Ramos



















