No hace mucho leí decir a Madee que el verdadero secreto para que siguieran juntos después de tanto tiempo no era otro que el de juntarse amigos a hacer lo que más les apasiona: tocar y componer canciones.
Pareciese que esta contestación tuviera algo de vulgar, de mundano. Nada parecido a esto. Es la consagración de conseguir en el afecto cotidiano y el reconocimiento humano de la afinidad la aleación posible para que cualquier otro elemento, controlable o no, importe mucho menos que esa unidad fraternal. Una victoria, vaya.
Completamente acostumbrados a su nueva reencarnación, y aunque ellos reconocen -lógicamente- encontrarse en otra etapa musical y humana a aquella en la que labraron una discografía en decidido crescendo desde su nacimiento con Songs from Cydonia (02) hasta ese por entonces final extraordinariamente personal y emocionante que fueL´Antarctica(07), había una sensación en el aire con sus nuevos trabajos de que algo no terminaba de hacer enlace con su primera etapa.
Sin embargo, Bury me in the craters of the moon, el nuevo trabajo de Madee, es decididamente la piedra angular perfecta para unir pasado y presente de los catalanes. No es casual que el arte ilustrado del disco pertenezca, como ocurrió en sus primeros tres trabajos a Anna Gallès. Esa primera asociación estética y visual se traduce en una musical.
Es verdad que las letras en esta nueva andadura corren a cargo de su amigo el fotógrafo y poeta Mark Swanson, pero la manera en que las canta e interpreta Ramón Rodríguez esta vez hace integrarlas con mayor cohesión que nunca y el resto de la banda también suena más engrasada y transmisora. No es de extrañar que a ello hayan contribuido los descomunales directos que está ofreciendo el combo. No tengo más que recordar el que presencié a principios de año en Madrid para sentir un escalofrío de los buenos con solo traerlo a mi mente de nuevo.
De esta forma, canciones como “In recovery”, “All my ghost friends” y “Mitigate the madness”, tripleta consecutiva en el desarrollo del minutaje y la más inspirada desde mi punto de vista junto a la sutil y concisa “Rose garden scars”, suenan convincentes, emotivas y desarmantes sin necesitar para ello de infligir la inflamación sonora de antaño, tan arrebatada como trascendente.
La obra apela a la ausencia y al recuerdo de aquellas personas y cosas que nos han acompañado y nos han convertido en lo que somos, pero, lejos de sonar abatido o doloroso, lo hace emanando una constante sensación de paz y agradecimiento, de preparar de manera serena la ausencia final en el atardecer de la vida, que será la de nosotros mismos, no con pena, sino con la seguridad y la verdad de que haber conseguido la auténtica libertad consiste en observar dentro de nosotros mismos y encontrar cada receptáculo compuesto por aquello que nos conforma en armonía, cauterizando las heridas que la pérdida inflige en los cuadritos de vida del player 1 que somos.
Escucha




















