Aquello que dijo hace un tiempo el sabio de Brian Eno de que el ritmo motorik es – junto al afrobeat y el funk de James Brown– uno de los ritmos que radiografía la década de los setenta sigue más vigente que nunca. Este ritmo que viene marcado por los compases repetitivos hasta la extenuación de bombo y caja de batería, y que pondría en lo más alto Klaus Dinger en Neu! y sus posteriores alineaciones, es el signo de identidad de muchos grupos a lo largo de las décadas.
Como escribió una vez el crítico musical Noel Gardner “Cualquier batería debería ser capaz de tocarlo; lo verdaderamente esencial para el concepto motorik es mantenerlo durante cientos de compases al servicio de una repetición prolongada, casi zen, y ahí es donde entran en juego la disciplina y el perfeccionismo”. Salvando unas distancias prudenciales, Michael Drummer, batería de BLKE ha mamado, de la misma forma que todo el grupo, de formaciones los sesenta y setenta que hacían del ritmo del motorik algo mágico.
Sin ir más lejos, tanto él como Steffen Kahles (guitarra y sintetizador) formaban parte de la banda Camera que ya brindaban unos sonidos muy arraigados en el “ritmo apache”, que así lo llamaban algunos por asimilarlo al ritmo percusivo de la canción de The Shadows “Apache”, aunque las diferencias era evidentes. Los primeros estragos con las etiquetas hasta que llegó Simon Reynolds.
El cuarteto de Berlín BLKE debutan con un notable disco de título homónimo que nos retrotrae a un pasado que es irreductible al paso del tiempo. Abren con “How I End Life” y la atmósfera saturada de guitarras y las cadencias armónicas hace recordar a The Chameleons, con la batería ordenando el paso, pero desde unos postulados no tan enérgicos como sí lo hacían los arriba mencionados Neu!. El motorik llevado por batería y guitarras ardiendo dan forma “Up Tight” que, también tiene bastante de la iridiscencia shoegaze. El rock anguloso de “Never Try” recuerda a The Jesus And Mary Chain atravesado por una melodía construida sobre una muralla de electricidad. Un sonido más pesado, con líneas de bajo robustos y voz gutural se abre paso en “So Do I” en la que sobre este agreste paraje de electricidad incandescente, Jakob Buraczewski declama letras de lo más encriptadas u opacas. Los ritmos repetitivos se encaraman hacia la psicodelia como en el caso de “Traffic” y “Heat”, el rock con ecos a The Cramps y Alan Vega proyecta luz mortecina en “Satellite”, y cierran con “Take It All”, otra envolvente muestra de rock fibroso que esta vez busca la abstracción de los The Velvet Underground más ásperos, y las cenefas de sintetizador le otorgan ese halo de kosmische.













