La irregularidad de Weezer y su peculiar hiperactividad hace que nos tomemos con muchas precauciones cada uno de sus nuevos lanzamientos. Los de River Cuomo llevan muchos (demasiados) años dando muchas de cal por muy pocas de arena, pero hete aquí la sorpresa: su nuevo disco no está nada mal.
Después de años de probar conceptos, géneros y formatos, los norteamericanos han tomado la mejor de las decisiones, volver a sonar como Weezer. El resultado no es una vuelta a 1994, sino un álbum que recupera buena parte de la identidad más reconocible. Esa que nos conquistó con guitarras potentes, melodías inmediatas y enormes estribillos.
Este The Gold Album (realmente se llama Weezer como otros seis de sus álbumes, pero su portada es dorada) atesora un enfoque más orgánico, sin el exceso de producción que había caracterizado algunos de sus trabajos recientes. Desde el arranque con “Say Yes”, que empieza contenida para terminar desembocando en un festín pop, hasta “Shine Again”, “Don’t Make It Weird” o “Nowhere”, vuelven a confiar en aquello que mejor saben hacer, convertir una canción de rock relativamente sencilla en algo totalmente reconocible.
Producido por Klas Åhlund y Kenneth Blume, que adelantaron que su intención era crear “el disco más violento de Weezer” haciendo al grupo grabar algunas de sus partes en directo, cuenta con unos cuantos puntos a su favor, como esa “CEO” en la que Cuomo se enfrenta a la paradoja de una banda a la que se le exige constantemente que vuelva a ser la que fue: «Ojalá pudiera hacer algo nuevo / Pero nadie quiere oír eso / Solo quieren los clásicos».
Otro punto álgido es esa “We Might as Well Be Strangers”, junto a Karly Hartzman de Wednesday, probablemente el momento más logrado del álbum, canción sobre el desgaste de las relaciones en la que las voces de dos generaciones distintas aportan una dimensión que Weezer no suele alcanzar cuando se limita a reproducir sus propios clichés. El disco no deja de dar alegrías a sus fans, desde “The Show Must Go On” que rescata la energía de sus directos, a una “The LA Sound” final que mira al pasado para dejarnos toda una declaración de principios y a recordarnos que ya no son aquella banda.
Al final nos dejan un notable disco que suena a fresca actualización de su estilo más reconocible, que si bien nunca hará olvidar a The Blue Album o a Pinkerton, pueden defenderlo con la cabeza bien alta.


















