A día de hoy estamos completamente acostumbrados a los conciertos homenaje a un determinado disco clásico de una banda concreta. No faltó mucho tiempo para comprobar que era un reclamo perfecto para los artistas de hacer caja y, también y quizá no tan expresado, una manera muy eficaz de pasar de puntillas por la falta de inspiración paulatina que, por desgracia y ley de vida, acusan la mayoría de formaciones, con honrosas excepciones, por supuesto.
En el caso de Band of Horses, creo que no admite demasiada discusión que la falta de brillantez en estudio les viene acompañando desde hace una buena temporada. Desde mi punto de vista, el bajón experimentado con su cuarto trabajo, Mirage rock (12), es algo de lo que no han conseguido reponerse con sus lanzamientos sucesivos hasta el día de hoy; eso sí, si nos atenemos a su gloriosa trilogía inicial culminada con Infinity Arms (10), es incontestable la capacidad de Ben Bridwell y los suyos para facturar canciones del todo brillantes.
En esta ocasión, tocaba rendir tributo a su primer trabajo, el excelso Everything All the Time (06), que cumplía 20 años. Ni siquiera yo estoy seguro de que sea el mejor de la triada original, personalmente prefiero Cease to Begin (07), pero sí que es motivo suficiente para que la madrileña sala La Riviera presentase una nutrida entrada.
Cabe añadir que en la composición del debut se encontraba también Mat Brooke, el cual formó al poco los recomendabilísimos Grand Archives los cuales fuimos a ver hace muchos años en esta casa y, además, compartió proyecto algún tiempo con el actual y único líder de Band of Horses en los sacrosantos Carissa’s Wierd (no creo que deba gastar mucho tiempo en desgranar las virtudes de Songs About Leaving (02) porque no es el momento, pero si algún mortal no ha escuchado esta gema, que sepa que no debe dejar esta vida sin hacerlo).
Desde el arranque cautivador con “The First Song”, Band of Horses dedicaron la primera parte de la velada a tocar en riguroso orden las canciones de su debut, y en la segunda, más larga a la postre, de rememorar algunas de sus más grandes composiciones. Destacó un sonido fornido, pleno de músculo, casi diría que demasiado, lo que ayudó a resaltar las grandes cimas de su ópera prima, la célebre e increíble “The Funeral” y la intensa “The Great Salt Lake”, los mejores momentos del repaso junto a la maravillosa y tan internamente emo “Monsters”. Bellísima.
Tras un descanso considerable, los músicos volvieron al escenario con todo el derroche de entusiasmo y vida que otorga una canción tan invencible como “Is There a Ghost”, otro de los momentos estelares de la fría noche madrileña, incluso tuvieron a bien presentar un nuevo single, “Lil’ Suspect “ que me pareció presenta un interesante desarrollo de guitarras, pero si me tengo que quedar con algo, sin duda lo hago con la faceta más intimista, doliente y a flor de tierra de Band of Horses, manifestada a la perfección con el encadenado consecutivo de “No One’s Gonna Love You”, “Factory” e “Infinite Arms”. Y es que los corrimientos de tierra ventriculares siempre los provocarán las personas tristes y bonitas: las únicas tocadas con el don de la esperanza.
Foto Band of Horses: Raúl del Olmo.


















