Resulta muy complicado explicar con palabras a cualquier persona lo que significa Mellon Collie & Infinte Sadness (95) para cualquier fan a muerte de The Smashing Pumpkins, casi lo mismo que resulta innecesario por completo hacerlo para quien lo es. Huelga decir, por tanto, que lo que fuimos a presenciar el sábado en la segunda de las dos noches en Madrid de Billy Corgan acompañado de una orquesta sinfónica, un coro de 40 voces y cuatro cantantes de ópera solistas no era un concierto de The Smashing Pumpkins. Y parece mentira que esto haya que aclararlo, pero, al parecer, había personas que no debieron enterarse muy bien acerca de dónde iban.
Se trataba de un tributo a la cumbre creativa del genio Corgan, realizado con toda la ampulosidad, solemnidad, devoción y entrega que merece tamaña obra maestra. Se trataba, en definitiva, de un tributo a nuestra propia vida y a lo que supusieron esas 28 canciones en nuestra existencia. Un monumento que habla, precisamente, sobre el paso del tiempo, la pérdida de la inocencia y el auge y posterior caída de todas las ilusiones que la existencia pudiera regalarnos no merecía homenaje menor.
Evidentemente, quien quiera una gira rindiendo culto al álbum, la tendrá con la banda al completo –bueno, menos quien ya sabemos-. Arranca el 30 de septiembre en USA y apuesto que ese Rat in a Cage Tour visitará Europa el próximo año. De todas maneras, es también del todo innecesario señalar el poder creativo, toma de mando e inspiración que le debe a la figura de Billy Corgan el propio universo The Smashing Pumpkins, casi son sinónimos, por mucho que nos caiga tan bien James Iha y sea un gran compositor puntual (coescribir, por poner un ejemplo, “Soma” y “Mayonaise” no es moco de pavo),Jimmy Chamberlin el mejor batería del universo y D’Arcy el icono inspirador de mi adolescencia máximo, por lo que no debe considerarse en absoluto, pienso, un acto de egomanía realizar estas veladas, sino más bien una consecuencia directa de la generosidad y la devoción que el creador siente por llevar su obra a otra dimensión del todo afín a los propósitos últimos de su idea primigenia.
Dicho lo cual, no negaré que me acerqué hacia el Palacio de Vistalegre con ciertas reservas. Si bien Billy Corgan, o The Smashing Pumpkins si se prefiere, ha demostrado en los últimos tiempos un caso de remontada y recuperación artística a todos los niveles, no menos cierto es que la banda o el músico nos ha atormentado con material del todo indigno de su prolífica obra durante bastantes años.

Pero mis temores no tardaron mucho en demostrarse como totalmente infundados. Un abrigo tan ampuloso como respetuoso y emocionante afloró desde el minuto uno en el escenario, acompañado de un sonido templado y nítido que ayudó sobremanera a disfrutar la velada. Evidentemente, bastaron los primeros segundos del instrumental “Mellon Collie and Infinite Sadness” para que las lágrimas afloraran (¿alguien esperaba menos?) y tras la muy adaptable al formato “Tonight, Tonight”, elevada por el coro de cuarenta voces en la parte vocal, tocó enfrentarse de primeras a la adaptación de un “Jellybelly” cantado por un tenor y con la orquesta jugando sobre filigranas que transformaban el explosivo tema en otra cosa. Fueron escasos minutos de resituación, para terminar del todo rendido ante uno de los más conmovedores momentos de la noche cuando la cantante soprano y la mezzo-soprano interpretaron a dúo un espeluznante “Galapogos”, acompañada de unos audiovisuales hermosísimos, muy apropiados, evocadores y llamativos a lo largo de toda la noche.
Fue entonces momento para la primera aparición escénica de Billy Corgan, serio, imponente y sobrio para interpretar a la voz “Thirty-Three”. Cinco veces saldría en total, lo que supuso el desconcierto para parte de la audiencia en su escasez, y que, para mí, no requería más dadas las características de la propuesta y que, además, suponía una manera evidente de no querer acaparar el protagonismo sobre su persona, sino implementarlo sobre la majestuosa adaptación de la misma. De las cinco, me quedo sin duda con la eclosión de “To forgive”, el que sería otro de los instantes más solicitados por el corazón de cualquier persona anegada para siempre interiormente por este doble álbum. Conmoción completa. Muy bien también le quedó la adaptación instrumental de “1979”, tan mágica como siempre.
En el transcurso del viaje, hubo canciones que se adaptaban como un guante a esta reencarnación, como la muy deudora de musical “Lilly (my one and only)” y la coqueta “Cupid de Locke”, ambas parecían concebidas para haber sido interpretadas así. Menos conecté con otras como “Stumbleine” o “By starlight”, muy alejadas de su concepción original y de cómo las descifra mi corazón, e igualmente no me pareció de lo mejor los, digamos, momentos más oscuros o amenazantes, ejemplificados por “Zero” y “Bullet with buttefly wings” (en ese sentido, barbaridades como “Ode to no one” o “Bodies” no gozaron de adaptación posible).
Otros momentos del todo imborrables lo fueron la vuelta tras el receso con una debilidad personal absoluta como “In the arms of sleep” tan frágil, fantasmagórica y doliente como en estudio y, por supuesto, las dos más grandes epopeyas que contenía Mellon Collie & Infinite Sadness, la indescriptible “Thru the eyes of ruby” y el broche antológico y elevado que fue “Porcelina of the vast oceans”, momento en el cual todo el pabellón se puso en pie para rendir una merecida y efusiva ovación al espectáculo que acaba de presenciar, mientras me resultaba inevitable fijar mis ojos en el asiento vacío que, curiosamente, me había tocado al lado, un hueco físico junto a un interior tan estruendosamente habitado. No se me ocurre mejor metáfora acerca de lo vivido y del significado de la epopeya protagonista.
Foto Billy Corgan: A Night of Mellon Collie and Infinite Sadness: Raúl del Olmo

















