Pocos festivales recientes celebrados en suelo español han sufrido una preparación más accidentada y colmada de percances que la actual edición del Blockparty. Previsto como en anteriores ediciones en Madrid Río, al aire libre, la visita del Papa León XIV obligó a la organización, por no disponer del permiso del Ayuntamiento, a habilitar las actuaciones en la sala Mon. Ahí llegó, con todas las implicaciones que ello conlleva, el primer revés, pero la audiencia también podía afrontar esta limitación como una oportunidad: poder disfrutar de Die Spitz en sala, en la distancia corta, con la virulencia riot girl de Ava Schrobilgen, mujer que posee el aullido del momento, pasando a todos por encima.
Pues bien, a pocas horas del inicio del certamen llegó no sólo el mayor jarro de agua fría imaginable, sino una de las peores noticias relacionadas con el ámbito de la música en directo de este año, por lo esperado, por lo especial y por lo novedoso: Die Spitz, cabeza de cartel y reclamo principal, no podría tocar en la capital debido a problemas con la ruta de vuelos. La organización, a la vez que anunciaba a Case Oats como recambio, aducía en redes sociales que acababan de enterarse. Por su parte, no pocos asistentes, movidos casi únicamente a comprar su entrada por esta gira de debut de las estadounidenses, expresaban su disgusto, reclamaban la devolución del importe e imploraban por una mayor eficiencia comunicativa al respecto.

Con esa fatal merma y ambiente convulso hubo que afrontar el festival. Evidentemente el elemento diferencial desaparecía de la ecuación, pero, con todo, el elenco de artistas que conformaba el cartel restante resultaba bien medido y escalado, hecho con gusto y coherencia. Hubiera sido absurdo, por género y perfil de banda, ocupar la franja principal dejada por Die Spitz con Case Oats, así que, con buen criterio, se decidió que esta interesante banda de country alternativo iniciara las actuaciones.
Un disco trufado de sensibilidad y buenas melodías como Last Missouri Exit (25) y la presencia de Spencer Tweedy, hijo de Jeff, líder de Wilco, a la batería parecían alicientes suficientes para empezar, poco a poco, a elevar el ánimo de la abatida parroquia. Y el concierto, aunque resultara algo plano por momentos, no decepcionó y deslizó interpretaciones muy atinadas de canciones con una chispa muy particular, como “Nora” o “Bitter Root Lake”. Y sobre todo permitió lucirse a su cantante, Casey Gomez, seguramente lo mejor que tiene esta banda, con ese timbre tan hechizante y juguetón y que puede remitir a Waxahatchee o, salvando las distancias, a Suzanne Vega.
A continuación, Sandré pisó el acelerador y elevó los decibelios y la intensidad. Paciencia Infinita (26), álbum recién publicado, ya confirmaba, en mucha medida, la tendencia al pulimiento, la sofisticación y el enriquecimiento estilístico que este cuarteto dejó insinuar en Gestiones Fáciles (22). La crudeza psicótica y enfermiza de su cénit hasta la fecha, Ave Muñón (19), parecía difícil de sostener disco tras disco, y a esta banda no se le puede negar la inquietud por evolucionar artísticamente.

Así, si bien los pildorazos pretéritos de punk y hardcore directos a la yugular, como “Perro”, “Presión” o “Bullying”, con Rosa Pagès desatada y la bajista Stefania Luisini acompañándola en los coros, siguieron resultando los lances más efectivos y estimulantes, esos tintes progresivos y hasta de math rock que pueden encontrarse en algunas canciones nuevas como “El Pou” o “Pijama De Fusta” sonaron bien asimilados, con Marc Torrent, a las baquetas, y el guitarrista Carles Pons dando un paso adelante y luciendo, tal vez más que nunca, sus virtudes como músicos.
Fast Kids, por su parte, deparó la gran sorpresa del festival, una auténtica revelación que no parece que muchos vieran venir. Fast Kids Forever (25) es un disco de power pop resultón, simplemente, pero que ni por asomo desprende la incandescencia que los neoyorquinos desprendieron sobre el escenario. Una maquinaria engrasadísima que sublimó su único lanzamiento hasta la fecha tocando prácticamente todas sus canciones, entre las que no cabe destacar ninguna por encima de otra por el constante buen tono de las ejecuciones, pero donde quizá, por su energía y capacidad de contagio, puede señalarse ”My Advice” O “Walk Out The Door” como motivos más que suficientes para no dejar de seguir la pista a esta banda.

Su líder, Mike Brandon, también componente de The Mistery Lights, de la que sonó “Too Many Girls”, se llevó el título de frontman más carismático, con diferencia, de la jornada, con su porte desarrapado, sus llamativas gafas de pasta y ese aire al primer Elton John. Notable sorpresa, en fin.
Uni Boys, en cambio, y acto seguido, no rayaron a tal nivel. Aquí, curiosamente, los mimbres parecían más prometedores, con una trayectoria oscilante entre el power pop y el jangle-pop y unos coros de querencia 60’s muy estimulantes. El disco homónimo de este año contiene un puñado de bonitos cortes, y que por momentos pueden recordar a unos Lemon Twigs con una marcha más. En cambio, el concierto, y a diferencia de todos los demás, que contaron con una ecualización y una nitidez más que certeras, sonó algo apelmazado, con unas líneas de bajo inexplicablemente poderosas y dominantes, una preponderancia que ni en los arrebatos más impetuosos y narcisistas de iconos del instrumento como Les Claypool con Primus o Steve Harris a los mandos de Iron Maiden se recuerda.

Pese a todo, “Maybe I’m Wrong”, “Look On The Brightside” o “Victim Of Myself”, composiciones indiscutiblemente inspiradas en lo suyo, se sobrepusieron a los escollos y refulgieron. Imposible, además, estar en contra de una banda con un integrante (Reza Martin) que parece un clon del Slash kinki y primerizo de Hollywood Rose.
Del mismo modo, difícil es no volcarse con un grupo como Mujeres, con su admirable activismo actual por el formato físico y su cada vez más sólida y encomiable trayectoria. Si alguien merecía rellenar el hueco dejado por Die Spitz y ejercer de formación estelar eran ellos. Existen pocas en la actualidad, además, que combinen pop, rock y garage con su sensibilidad, finura y pulsión melancólica, en buena medida gracias a esas letras tan agridulces y a menudo esquivas de su cantante, Yago Alcover. Presentaban, además, uno de los mejores trabajos nacionales editados últimamente, Es Un Dolor Inexplicable (26), donde, de una manera particularmente precisa y directa, exhiben tanto continuismo como voz propia. “Caen Imperios” y “Besos” fueron las que encendieron la mecha y pronto se percibió el oficio, la compenetración y la espléndida madurez que ha alcanzado esta banda. Dejaron además la pista de que el flamante álbum y el soberbio Siento Muerte (20), probablemente su pico de genialidad, serían los que dominarían la función.

Con una base rítmica inapelable a cargo de Arnau Sanz y Pol Rodellar, modélicos de principio a fin, el set fue muy regular y constante, como fiel reflejo al nivel y al patrón creativo del grupo. Todo fluyó y respiró a la perfección, y los fans celebraron con fervor temas antiguos muy valorados como “Un Sentimiento Importante”, “Un Gesto Brillante”, “Tú y Yo” o “Cae La Noche”, mientras algún tema recién estrenado, como “Cristales”, con su filo y trepidancia, apuntan a colarse en ese privilegiado casillero.
Con este buen sabor de boca dejado y un público finalmente rendido se clausuró el Blockparty que, pese a todas las agitaciones previas referidas, esperemos que en el futuro continué vigente y ejerciendo de contrapunto y oxigenante alternativa a toda la oferta de faraónicos macrofestivales. Con Die Spitz, a poder ser. Y, puestos a pedir, si vuelven a topar con la Iglesia, que sea al menos con el papa adecuado: Tobias Forge, líder de los venerables Ghost.
Fotos Blockparty: Pedro Rubio Pino


















