Hay que reconocer que la imagen tiene fuerza: Benidorm, finales de mayo, sol cayendo con ganas y una procesión de criaturas vestidas de negro desfilando hacia Penelope como si el Mediterráneo hubiera decidido abrir una sucursal de Leipzig. Pero más allá de la imaginación o el chiste, el Dark City Fest ha demostrado en su segunda edición que su crecimiento no es casualidad. Tras una edición anterior de un solo día, el festival organizado por Fantaxtiks Events se presentaba ahora en formato de dos jornadas y con vocación internacional real, de las que no se proclaman en un cartel, se sostienen con programación, horarios y público llegado de todas partes.
La distribución en tres espacios: la sala Penelope y su terraza, y la sala aledaña Privilege ayudó mucho a que la experiencia fuera cómoda. Hubo una entrada generosa, pero sin sensación de agobio, algo que en un festival se agradece. Se podía circular, ver conciertos, cambiar de escenario y pedir en barra sin esperar colas.
Así, el Dark City Fest que algunos comenzaron a ver como una rareza exótica en la Costa Blanca, se consolida ya como una cita imprescindible para quienes saben que, en lo oscuro hay un territorio musical amplio: postpunk, dark wave, EBM, industrial, synthpop sombrío y ramalazos góticos de distinta índole.
Los primeros a los que pudimos ver fueron Larva, dúo barcelonés que tuvo que batirse en duelo con ese enemigo natural de toda liturgia dark: el día y su sol. En el escenario Terraza, todavía con Benidorm haciendo de las suyas a eso de las siete de la tarde, Inquest y Anoxia se sacaron de la manga un set potente y con bastante mala leche.

Lo suyo se mueve en coordenadas de techno industrial y dark electro, con una puesta en escena donde el primero no paró de moverse, retorcerse e interactuar con el público mientras Anoxia estrangulaba bases y tramas desde su arsenal de cacharros. “The Devil Inside Me” y “You Are Alone” sonaron como dos buenos guantazos de bienvenida, directas, sudorosas y explotando contra las baldosas del escenario de la terraza.
Ya en el corazón de Penelope, Ash Code confirmaron por qué llevan más de una década escalando posiciones en la escena dark wave internacional. Alessandro Belluccio, Claudia Nottebella y Adriano Belluccio manejan con soltura una fórmula de apariencia clásica, guitarra envolvente, sintetizadores melancólicos, pulsión postpunk, pero con una diferencia fundamental: tienen canciones. Y cuando hay de eso lo demás puede fallar, que no fue el caso, pero la estética pasa a un segundo plano.

El concierto se apoyó especialmente en su reciente Synthome, trabajo del que cayeron piezas como “Ángel Oscuro”, “Nostalgia”, “Run In The Dark” o “Tear You Down”. En disco ya funcionan, pero en directo ganaron presencia. La banda napolitana sonó elegante sin perder pegada y con una actitud escénica muy bien medida. No extraña su ascenso, a esas horas tempranas la sala estaba casi llena y el público respondió como si el viernes acabara de pasar a sus mejores momentos.
Nos dio tiempo a disfrutar de un buen tramo del concierto de The Invincible Spirit, el ahora dúo alemán comandado por su fundador, Thomas Lüdke, junto a la teclista Anja V.. En apariencia, el planteamiento era sencillo: Lüdke recorriendo el escenario con actitud inquieta, mientras Anja sostenía desde los sintes y secuenciadores toda la arquitectura electrónica del directo.

Pero esa aparente austeridad jugó a su favor. Sin artificios, el grupo tiró de pulso, oficio y un repertorio con canciones de pegada inmediata como “Under Control”, “Hate You”, “Push!” o “Make A Device”, que funcionaron como pequeñas descargas de EBM y dark electro de vieja escuela. Un concierto sobrio pero que hizo bailar a los que soportaban el sol en el escenario de fuera.
Sin duda la gran aparición nacional del festival fue Ana Curra, presentada con toda justicia como “reina del postpunk”. Y lo cierto es que poca discusión cabe ahí. Su figura pertenece a la historia de nuestra música, pero lo importante es que sigue tendiendo vigencia, nervio y una banda consolidada capaz de convertir cada concierto en algo más que una revisión de patrimonio histórico.

En el escenario Privilege, Ana Curra ofreció probablemente uno de los conciertos más musculosos del viernes en cuanto a formación e impacto escénico. Guitarra, bajo, batería y ella en el centro, esquema clásico, resultado demoledor. La sala estaba entregada y sudando con himnos inevitables como “El Acto” o “Adictos a la Lujuria”, pero también hubo espacio para joyas como su lectura de “Ghost Rider” de Suicide y para temas ya plenamente integrados en su imaginario reciente, como “Afrodita la Monarca” o “Activista de la Idiotez”.

En “Esa extraña sonrisa” y “Quiero ser santa” el concierto contó además con dos invitados de lujo: José Battaglio a la guitarra y Rafa PPM Le Doc a la batería. Una vez más, Ana Curra demostró que lo de “reina” no es un título honorífico.
El turno de Kirlian Camera llevó la jornada hacia una oscuridad más cinematográficamente pop. El proyecto de Angelo Bergamini ha transitado durante décadas por distintos territorios del universo synth, entre la dark wave, el electro, el rock electrónico y una querencia europop que, en su caso, nunca ha estado reñida con el dramatismo. Con Elena Alice Fossi al frente e integrada en la banda hace años, Kirlian Camera gana una presencia magnética, que convierte cada gesto de la cantante en parte de su relato escénico.

Los italianos desplegaron todo su arsenal atmosférico con la teatralidad inherente a muchos de estos subgéneros, aunque aquí con oficio y no como algo de serie. “The Great Unknown”, “Kryostar” o la épica “Nightglory” funcionaron especialmente bien entre el público más afín a la vertiente más sintética y grandilocuente del goth.
Pero si hablamos de teatralidad industrial, Project Pitchfork jugaron directamente en primera división. Con Peter Spilles al frente, los alemanes llegaron como clásicos del dark electro europeo y ofrecieron uno de esos conciertos que explican por qué siguen siendo un nombre de referencia. La presencia de dos baterías sobre el escenario añadió una marcialidad perfecta a su música, reforzando esa sensación de maquinaria que te golpea en la cara según entras en la sala.

Spilles no paró de moverse de un lado a otro, dominando el escenario con energía de predicador eléctrico. El set fue una descarga muy bien compuesta con cosas como: “Conjure”, “K.N.K.A.”, “Acid Ocean”, “Memento Mori”, “I Am (A Thought in Slowmotion)”, “Souls”, “Rain” o “Timekiller” fueron levantando una intensidad que el público recibió con entrega total. En la recta final, “God Wrote” y “Rescue” remataron un concierto oscuro y contundente. Project Pitchfork no vinieron al Dark City Fest a cubrir expediente, vinieron a recordarnos que siguen siendo una apisonadora.
Otra de las cumbres del viernes llegó con Front Line Assembly. Los canadienses, comandados por Bill Leeb, son una institución del electro-industrial, y en Benidorm jugaron con un público que entendía perfectamente su idioma, ritmos secos, atmósferas opresivas, tensión y esa capacidad para hacer bailar sin que nadie tenga que sonreír demasiado. Lo cual, en según qué escenas, es prácticamente una declaración de principios.

Leeb ejerció de maestro de ceremonias con autoridad, alternando voz, presencia escénica y golpes sobre los toms colocados en el escenario. Lo suyo fue un set oscuro (además de por las luces, que no tenían ni una luz de frontal, señores) sí, pero también muy bailable, de esos que te van metiendo en trance sin que te des cuenta. “Resist”, “Bio-Mechanic” y “Mindphaser” fueron recibidas como piezas mayores por un público militante en las primeras filas. Front Line Assembly no necesitan reinventar nada, les basta con encender la fábrica y dejar que todo se mueva solo.
También hubo espacio para la escena estatal más reciente con Dunkelwald, dúo madrileño formado por Luna y Marco. Su concierto en Privilege tuvo algo de épica involuntaria por algunos problemas técnicos de sonido, de esos que pueden aparecer en un festival con muchas bandas, cambios rápidos y demasiados cables conspirando en la sombra. La diferencia es cómo se responde cuando la cosa se tuerce, y ellos respondieron creciéndose ante los suyos.

Su mezcla de coldwave, EBM, bajos ochenteros y oscuridad melódica funcionó incluso en condiciones poco favorables. “Kylmä”, “These Black Lies” y “Lobos Ciegos” (con la que cerraron) fueron ganando terreno hasta convertir su bolo en una pequeña gran victoria. Había público fiel delante, de ese que no está ahí por casualidad, ya que podrían haber estado en el final de los mencionados canadienses, pero prefirieron arropar al dúo y claro, la conexión fue evidente. Dunkelwald están ascendiendo en la escena porque tienen algo más que estética, tienen canciones, actitud y una identidad cada vez más reconocible.
En el escenario interior de Penelope llegó después el turno de Escape With Romeo, clásicos alemanes que mantienen una relación especial con el público español. Y eso es en gran parte porque, “Somebody” encontró aquí una segunda vida en las cabinas de finales de los ochenta y primeros noventa, especialmente en la Ruta donde convivían sin demasiado problema el postpunk, la electrónica, el synthpop y la oscuridad bailable.

Su concierto fue de menos a más. El arranque resultó algo desdibujado, como si a la banda le costara coger el pulso exacto de la sala, pero la cosa empezó a asentarse a partir de “Fear’s a Ghost”, “Black Jaguar in a Police Car” y “Refuge”. Ahí apareció la solidez melódica de una formación que se mueve con naturalidad entre el postpunk y la new wave más oscura.
El tramo final terminó de levantar el concierto con algunos temas como: “You Need The Drugs”, o la mencionada “Somebody”. No fue el impacto más inmediato del viernes, pero sí un bolo de oficio, repertorio y elegancia, de los que no te dan en el primer golpe, pero acaban encontrando su sitio.
Y mientras el viernes avanzaba hacia su tramo final, en Privilege tocaba rendir pleitesía a David “El Niño”, figura fundamental de la cultura de club en nuestro país. Su set tuvo algo de reivindicación y también de celebración, vinilos a la vieja usanza, combinación con recursos digitales, visuales potentes y una selección capaz de poner la sala patas arriba sin necesidad de caer en la obviedad. Existen DJs que pinchan canciones y DJs que hacen la historia, David “El Niño” pertenece claramente al segundo grupo.

Después de un viernes que había dejado el listón alto, el sábado del Dark City Fest tenía por delante una tarea poco sencilla: mantener la tensión, ampliar el mapa estilístico y confirmar que lo de Benidorm no era solo una postal curiosa de góticos al sol. La segunda jornada volvió a repartirse entre los tres escenarios, con ese trasiego constante de público que permitió saltar del neofolk al harsh EBM, del goth’n’roll finlandés a la dark wave mexicana, sin tener que andar ni cien metros entre salas.
Comenzamos el sábado en el escenario Penelope con Rome, proyecto luxemburgués de Jérôme Reuter, activo desde 2005 y convertido desde hace tiempo en uno de los nombres mayores del neofolk europeo. Se mueven entre la canción de autor oscura, el folk marcial, la literatura histórica, la melancolía acústica y un gusto por la atmósfera que evita las simplezas. En Benidorm ofrecieron un set cautivador, de los que no necesitan ruido ni artificios para imponerse. El reciente The Hierophant, (Trisol Music Group 2025), ha reforzado esa posición de Reuter como artesano de un dark folk solemne, pero no plomo.

Hubo guitarras acústicas, arreglos muy cuidados y canciones en las que uno podía sumergirse como en un océano de buen gusto, si se me permite la cursilería marinera, que para algo estábamos en Benidorm. Es inevitable que la sombra de Death In June aparezca como referencia inevitable, pero Rome no juegan a la fotocopia ni al cosplay, su lenguaje tiene una voz propia, más literaria y melódica. Fueron una de las sorpresas más elegantes del festival, todo un acierto que funcionó como ceremonia íntima antes de que empezaran los bombardeos electrónicos indiscriminados sobre la población civil siniestra.
En un territorio casi opuesto, en el escenario Privilege se libraba otra batalla con Diary Of Dreams. Hablar de la banda alemana es hablar de Adrian Hates, fundador y núcleo creativo del proyecto desde 1989, responsable de buena parte de su producción y acompañado por músicos cuando el grupo salta al directo. Su fórmula, entre dark wave, electro-industrial y dramatismo “metalúrgico”, tiene una personalidad reconocible y una parroquia fiel y melenuda que respondió desde el primer momento.

El concierto no estuvo exento de épica y momentos de claro poder escénico. “Sinferno”, “Epicon” o “Endless Nights” ayudaron a levantar esa arquitectura poderosa tan propia del universo de los alemanes.
Ahora bien, el set también tuvo tramos demasiado lineales. Diary Of Dreams saben construir atmósferas, pero cuando su potencia no encuentra contraste suficiente, el viaje puede acabar pareciendo más recto de lo deseable. No fue un mal concierto, ni mucho menos, pero sí uno que habría ganado con más cambios y menos poses estudiadas.
La elegancia tomó después forma de clásico con Pink Turns Blue, banda ante la que conviene cuadrarse, ya no solo por trayectoria, también por sus directos, como demostraron en su anterior visita, también propiciada por Fantaxtik Events.

Pioneros de la dark wave alemana, con Mic Jogwer como figura central, siguen siendo uno de esos nombres que explican el género mejor que cualquier escrito. Su mezcla de postpunk, new wave sombría y melancolía cinematográfica “noir”, conserva algo especial, incluso cuando las circunstancias no ayudan.
Y en Benidorm no ayudaron del todo. Algunos acoples en el escenario trabaron momentos de la actuación y evitaron que el concierto terminara de volar como debería. Aun así, Pink Turns Blue tiraron de oficio y de un cancionero a prueba de duendes eléctricos. No fue el mejor concierto que los hayamos visto por aquí, y precisamente por eso quedó una sensación clara: esta banda merece ser disfrutada sin las prisas de un festival con casi cuarenta artistas en el cartel. Necesitan espacio, respiración y una sala donde cada pare de las guitarras de Jogwer puedan hacer su trabajo sin competir contra el reloj. Aun con esas, imprescindibles en la noche del sábado.
Para entonces apareció la lluvia, como si el festival hubiera decidido encargar un extra de dramatismo atmosférico. Suelo mojado, luces, humedad, negro sobre negro, todo muy videoclip de la sección “no apto para turistas ingleses buscando sangría a las cuatro”. Pero no fue la lluvia la que llenó hasta arriba Privilege, fueron Molchat Doma, probablemente el grupo más mediático del cartel.

La ascensión de los bielorrusos ha sido tan meteórica como real. De su primer paso por salas pequeñas en nuestro país, como en su primera visita a girar por recintos de mayor aforo como en la Riviera, el grupo ha sabido convertir su postpunk soviético de temperaturas bajo cero en un fenómeno global. Ahora afincados en Los Ángeles, publicaron Belaya Polosa en 2024 a través de Sacred Bones, un disco donde ampliaban su sonido hacia terrenos más bailables, sintéticos y luminosos sin perder esa melancolía brutalista que los hizo reconocibles.
En el Dark City Fest basaron buena parte del set en ese último trabajo, pero sin olvidarse de piezas clásicas como “Toska” o “Sudno”. El magnetismo de Egor Shkutko volvió a ser fundamental, hierático cuando toca, bailarín cuando le conviene, capaz de proyectar una mezcla extraña de melancolía postsoviética y descaro de club. El momento en que abandonó el escenario para bailar entre el público terminó de romper la cuarta pared.

Molchat Doma pueden parecer fríos en superficie, pero sus conciertos tienen algo muy físico, son tristeza para bailar, derrota con caja de ritmos, oscuridad con estribillo.
Después, Penelope se preparó para una descarga de otra naturaleza con Suicide Commando. Los belgas, con Johan Van Roy al frente, son historia viva del electro-industrial más agresivo y del harsh EBM. Van Roy comenzó a experimentar con electrónica dura bajo ese nombre en 1986, así que hablar de cuatro décadas de carrera no es una frase promocional.

Su concierto fue rápido, bronco y pensado para hacer sudar la gota negra. “Bind, Torture, Kill”, “Hate Me”, “Cause Of Death: Suicide”, “The Devil”, “Die Motherfucker Die” o “Hellraiser” cayeron como una sucesión de latigazos. También hubo especial peso para Implements Of Hell, disco publicado en 2010, con temas como “God Is In The Rain” o “Come Down With Me” recordando por qué aquel álbum sigue siendo una pieza muy querida por su público.
La puesta en escena de Suicide Commando no busca precisamente la sutileza, busca impacto. Bases cortantes, voz desatada, atmósfera de club terminal y una agresividad bien entendida. A su directo no se le puede pedir la delicadeza de las acuarelas, son Suicide Commando.
Los vampiros finlandeses The 69 Eyes tomaron después el escenario Privilege con gran expectación y muchas camisetas propias en primeras filas. Sabemos que no tiene mucho sentido abrir el viejo debate sobre la norma no escrita de no llevar camiseta del grupo que vas a ver, pero a estas alturas de la civilización quizá discutir eso sea lo mejor que nos pueda pasar. La banda de Helsinki mantiene oficialmente su formación clásica con Jyrki 69, Bazie, Timo-Timo, Archzie y Jussi 69, aunque en Benidorm actuaron en formato cuarteto, sin Timo-Timo sobre el escenario.

Y se notó. No por falta de solvencia de Bazie, sobre el que recayó todo el peso guitarrero con total profesionalidad, pero sí se perdió algo de empuje.
The 69 Eyes son una banda de guitarras, de pose, de cuero, de melodrama rockero y de ese “goth’n’roll” que ellos mismos han convertido en marca de la casa. Con una pieza menos, el motor seguía funcionando, pero para mí no exactamente igual.

Aun así, Jyrki 69 acaparó la atención con esa presencia de frontman eterno, mitad vampiro de videoclub, mitad crooner de cementerio con presupuesto para laca. “Don’t Turn Your Back On Fear”, “Feel Berlin”, “The Chair”, “Drive” o “Betty Blue” hicieron de su concierto el más rockero del festival, algo que también se percibía en el tipo de público congregado en primeras filas, más rock and roll que languidez dark wave. Y eso, lejos de chirriar, demostró una de las virtudes del Dark City Fest, la escena oscura es mucho más amplia de lo que a veces se pretende. Caben guitarras, máquinas, folklore, vampiros y gente bailando con cara de haber leído demasiado a Emil Cioran.
También se alcanzó a ver parte del concierto de Blind Delon, formación francesa de Toulouse fundada en 2016 por Mathis Kolkoz y situada en ese cruce donde el synth-punk, la coldwave y el postpunk se dan la mano. Su trayectoria ha ido creciendo desde discos como Disciplineo Chimères hasta La Métamorphose y el reciente Blast, publicado en 2025, trabajos en los que han ido endureciendo su sonido hacia una vertiente más “metal”.
En Penelope les tocó una de esas papeletas ingratas que pueden ocurrir en un festival: actuar ante una de las asistencias más reducidas que vimos dentro de la sala. Pero lejos de venirse abajo, el grupo se creció ante el hueco, como si cada metro vacío fuera algo que superar. Directo seco y muy bien armado, Blind Delon dieron una pequeña lección de synth-punk oscuro.
Uno de los conciertos más atrevidos y sorprendentes de todo el festival llegó con La Bande-Son Imaginaire. El proyecto mexicano, originario de Oaxaca, nació de los hermanos Óscar Tanat y Heri Ángelo Tanat tras una experiencia teatral previa, y esa raíz escénica se nota a cada paso que dan. Su propuesta mezcla darkwave electrónica, referencias al folklore mexicano, teatralidad de cabaret macabro, humor oscuro y una estética muy trabajada.

En directo fueron justo lo que prometían, pero más contagioso. “Música d e s a s t r e”, “Synthesizer Magazine”, “Je sais pas papa”, “Macabre”, “Chez Toi”, “Magnétique”, “Disco”, “A gogoth” y “Mexican Wave” compusieron un set vibrante, raro y totalmente propio.
Todo parecía ensayado al milímetro, sí, pero sin caer en la rigidez de una actuación muerta. Al contrario: el trío levantó una energía capaz de resucitar cadáveres, algo que además escenificaron con gracia al final de la actuación. Hay que seguirles muy de cerca, porque tienen ese algo de los músicos mexicanos pero multiplicado por cien.

Con algunos artistas todavía en el tintero, para nosotros ahí terminaba una segunda jornada que confirmó la buena salud del Dark City Fest. La organización ya ha anunciado fechas para 2027, con los días 11 y 12 de junio en el horizonte, señal de que el proyecto no solo continúa, sino que empieza a asentarse como una parada fija en el calendario oscuro internacional.
Y puede que ahí esté una de las imágenes más bonitas que deja el Dark City Fest, en una carretera con discotecas (algunas de ellas abandonadas como la KM) que conoció noches más multitudinarias y excesos más luminosos, la oscuridad ha encontrado una nueva forma de vida. Benidorm, por un fin de semana, volvió a encender sus neones desde el lado oscuro.
Fotos Dark City Fest: Fernando del Río




















