En mi casa, de niño, yo no tuve la suerte de contar con hermanos que me guiaran en mi periplo de iniciación musical. Tampoco tuvimos, por motivos económicos, equipos de música hasta que tuve unos doce o trece años de edad. Tampoco gozaba, por mi introversión infantil, de demasiadas amistades como para absorber bastantes influencias musicales hasta mucho más tarde.
En ese entorno, era yo mismo, en mi soledad e introspección mientras escuchaba las emisoras de radio, la manera en la que comencé a percibir música y descubrir la importancia que tendría hasta el fin de mis días como banda sonora de cada momento en este mundo.
Fue entonces cuando descubrí la voz limpia, esperanzada y tocada de una sensibilidad singular de Manolo García acompañada de las influencias entre árabes de las composiciones pop rock de Quimi Portet. Y, así, con catorce años, ir tan contento a comprarme el casete de Nuevo Pequeño Catálogo de Seres Y Estares (90) como una de las primerísimas adquisiciones que me llena de añoranza musical. Así, El Último de La Fila se convertía en uno de los cuatro grupos que siempre decía de chaval que eran mis preferidos, junto a Héroes del Silencio, Guns N’ Roses y Nirvana.
Y esta introducción personal no es gratuita. Sirve para posicionar emocionalmente la crónica del concierto que iba a vivir el pasado sábado en Madrid, viendo a la pareja de músicos catalanes por primera vez en vivo gracias a esta providencial gira de reunión, todo un Last Dance en el que sumergirse, por supuesto y sin complejos, en aras de una nostalgia íntima de cuando todo el horizonte era el sueño de explorar la vida, lejos de las abolladuras que, inevitablemente, el deambular existencial va cosiendo en nuestro ADN.
Poco importa que esté más pendiente de algún lanzamiento de drone music o de blackgaze que de otra cosa hoy día, ahogado, también, por esa curiosidad infatigable que me lleva a tratar de descubrir más y más bandas nuevas, poseído por una sed del todo ya insaciable por nuevos estímulos cuando has tenido la fortuna de tocar el cielo con los dedos por muy abajo que, inevitablemente, las enseñanzas de Newton nos hayan llevado. El pasado sábado tocaba recordar, más que nunca recordando a través de la etimología latina recordari, esto es, “volver a pasar por el corazón”. Y vaya que si lo atravesó el camino marcado por El Último de la Fila ese día.
Un estadio Metropolitano notablemente concurrido, que no lleno, se disponía a disfrutar ese repertorio tan clavado dentro con una media de edad, como podrán imaginar, más que notable. El inicio hacía presagiar algo muy grande: una introducción con el escenario todavía vacío con los acordes de esa belleza absolutamente conmovedora que es su versión instrumental de “Mar Antiguo”.
Tras este evocador arranque, el dúo de artistas, acompañado por una banda notable y ricamente cromática, donde no faltaban coristas o una guitarra flamenca exquisita, acometían su clasiquísimo “Huesos”, guiño de justicia a su propia historia, perteneciente a su pretérita carrera como Los Burros. La siguió otra hermana de esa etapa, “Conflicto armado”, momento en el que ya pudimos apreciar el tremendo estado de forma de la banda, con una prodigiosa voz de Manolo García a sus 71 años, acompañado de un derroche escénico más que digno y un fluido y contento Quimi Portet, muy comunicativo y enchufado durante toda la tarde-noche.
Acto seguido, comenzaron a asomar los primeros clásicos imperecederos como lo son “Querida Milagros” y “Mi patria en mis zapatos”, vibrantes y celebradas por todo lo alto ambas. Pero lo que no me podía imaginar era una selección de repertorio tan apabullante y profunda, capaz de emocionarme hasta las lágrimas, especialmente en un concatenado que me llevo a la tumba como uno de los momentos más conmovedores para mí en un concierto, parece mentira, tantos años después de exponerme a tantos y tantos shows.
Me refiero al que abarcó desde una sobrenatural “El loco de la calle” (no me costó entender la conexión ventricular que me llevó desde El último de la Fila hasta Sunny Day Real Estate, puro midwest emo en mi cabeza), seguido de un entramado deliciosamente downer con rescates magnos para las almas sensibles congregadas, el tridente compuesto por “No me acostumbro”, “Dios de la lluvia” y “Soy un accidente”.
Con todo ese recital, ya estaba en completo éxtasis, pero la cosa no quedaría ahí, aportando otros tantos momentos de conmoción con himnos de mi adolescencia del calado de “Mar antiguo”, con la que no pude evitar llorar como de mozalbete, cuando me compré la cinta de Astronomía Razonable (93) al mismo tiempo en que liaba a un amigo para que me regalara el casete original del Siamese Dream (93) que se había comprado, argumentándole maléficamente que era mucho más mío que suyo; así como otras dos canciones radiantes y opulentas como “Cuando el mar te tenga”, tan trepidante como siempre me pareció y “Canta por mí” (Canción con la que recuerdo conocerles y cantar con mi difunto padre en la terraza descamisados compartiendo achicharrantes veranos de barrio sin vacaciones a la vista).
Con un Manolo tan tierno, real y puro como siempre en sus intervenciones con el público y un disfrutón Quimi contando anécdotas de su carrera, los músicos regresaron para ofrecer un bis ganador por completo, iniciado por “Ya no danzo al Son de los Tambores” y “Los ángeles no tienen hélices”, colosales ambas, la primera como pirámide egipcia del desamor y la segunda como ejemplo prístino de enamoramiento arrasador para después terminarlo, muy a las formas de The Cure, pensé, en ese recorrido de lo más oscuro a lo más pop en sus conciertos, con dos canciones gran formato, tremendamente efectivas, “Como un burro amarrado a la puerta del baile” e “Insurrección”, testificando ésta que el gran protagonista de la velada fue su indiscutible obra maestra Enemigos de lo Ajeno (86). Un segundo bis anecdótico con la banda al completo agradecida despidiéndose con la interpretación previa de “El Rey” de José Alfredo Jiménez, sirvió de broche para un día en el que sentí inconscientemente la capacidad de imaginar que la misma vida podía ser del todo reversible a través de las canciones que pusieron los primeros cimientos para construir lo que soy.
Foto El Último de la Fila: (Instagram de la banda)















