Es complicado describir lo que hacen Abhorrent Expanse. Partiendo de la narrativa del death metal -unos esquemas en apariencia muy estructurados y que pareciera que no pueden violentarse-, los de Chicago van creando variaciones del género que lo llevan por terrenos de la improvisación, el free jazz o el drone, y que van ampliando la paleta cromática de un género que no se amedrenta cuando es llamado a experimentar con los elementos que lo conforman de base.
Con Enter the Misanthropocene (Amalgam, 2025) retoman lo andado en el anterior disco de la banda, el también notable Gateways To Resplendence (2022), con una banda perfectamente engrasada inoculando veneno sonoro a través de un lenguaje expresivo potente y lleno de aristas.
Abren el trabajo con toda la caballería sonora al galope frenético. La canción que da título al disco entra a lomos de guitarras espídicas, el traqueteo a las baquetas de Tim Glenn que parece salida de un frenopático, y algunos momentos de calma tensa que son intensificados por los drones de sintetizador de Jesse Whitney que acrecienta esa atmósfera desazonante. Un comienzo brutal que sigue con “Kairos”, esta vez aplicando un sesgo más free jazz con ecos a Sonny Sharrock en sus apenas dos minutos en donde se masca la tensión.
Los efectos de choque en el oyente permiten que entremos en un juego de contrastes y tonalidades varias. “Praise The Caos” se sustenta sobre la electricidad que gravita sobre un riff que actúa de resorte electrostático que va derivando en un majestuoso entramado de drone a la manera de Sunn O))), mientras que, por sorpresa, las guitarras van reptando hacia niveles de colapso. “Crystal Proliferation In Subharmonic Space” es una curiosa sinfonía en donde se pueden escuchar a los diferentes instrumentos dialogando a su aire mientras la batería impulsa sus notas en un segundo plano, mientras que “Waves Of Graves”, los sonidos de un contrabajo con arco, y los sonidos guturales de Luke Polipnick. El piano eléctrico en “Drenched Onyx” le da un toque casi noir al tema, y hay ecos a las bandas sonoras de John Zorn, y llegamos al final con la faraónica “Prostrate Before Chthonic Devourment”, una pieza de diez minutos a base de una densa trama de guitarras, drones desatados, una rítmica que, por momentos, recuerda a Boris o a King Crimson, y el pianista de jazz Craig Taborn colabora tocando el sintetizador para acabar de redondear un disco maestro, de aquellos a los que acercarse sin prejuicios, y con anhelo de experimentar con las subyugantes posibilidades del sonido.













