La atmósfera es importante, a veces lo es todo. Hay discos en que incluso importa más que las canciones. Y si no, que le pregunten a Brian Eno. Pero en todo caso, capturar “eso”, un ambiente que se respira en cada surco, algo intangible, pero a la vez poderoso, es quizás una de las aspiraciones más altas de cualquier artista que se propone grabar un álbum. Un sonido que capte el misterio, la tensión, la tristeza, el amor más profundo. Y que logre a través de ello comunicar su mensaje, que el oyente lo pueda paladear, sentir. Eso es toda una cima, vaya que sí.
En su cuarto disco, la cantautora, productora y multiinstrumentista procedente de Melbourne Carla Dal Forno se propuso hacer algo diferente a lo que había hecho en anteriores trabajos. Se mudó desde la ciudad a una localidad rural llamada Gilford y allí, entre los muros de un hospital parcialmente abandonado, en la soledad de sus largos pasillos y ese ambiente tenue y silencioso que parecía susurrar mil historias, empezó a reflexionar sobre sí misma y a profundizar en sentimientos que tenía soterrados.
En principio el plan era hacer un disco bastante experimental, para nada basado en el concepto habitual de canción, pero a medida que iba componiendo y estructurando lo que salía, más se daba cuenta de que un lenguaje sencillo iba a captar mejor esa atmósfera tan especial en la que todo se estaba gestando. Y así ha sido: bajo un título tan adecuado como Confession, su primer disco en cuatro años recrea a la perfección esa atmósfera casi surreal y solitaria que podemos imaginar que se respira entre los muros un hospital abandonado, de una forma bastante cercana, de hecho, a aquél Floating Into The Night que la desgraciadamente desaparecida Julee Cruise grabara en 1989 bajo los auspicios de dos cerebros tan poco comunes como los de David Lynch y Angelo Badalamenti.
No es extraño que éste recuerde a aquél disco, igual que en él Confession capta a la perfección la atmósfera de la noche, la soledad y cierta aura cinematográfica capaz de abrir de par en par nuestra percepción a medida que van sonando canciones como “Going out”, que inaugura la colección con un bajo eminentemente post punk, a la vez que una sutil base electrónica deja espacio para que la fantasmal voz de Carla se abra paso por la ingravidez para hablarnos del deseo obsesivo, de los celos, de sentimientos que deberían permanecer soterrados, pero ella tiene la necesidad de confesar.
Pasa igual con la titular, que de la misma forma -y con una base musical juguetona que contrasta con su argumento- trata de comunicar sentimientos románticos que se niegan a desaparecer por alguien con quien ya no se está. Esa ausencia, ese poderoso anhelo, persiste con ahínco en la narrativa de un disco que, pese a su atmósfera cero y su tempo inalterable, combina muy bien diferentes texturas como el pop, el dub o la dark wave a través de un conjunto que, curiosamente, no deja que riñan la oscuridad con el atractivo de unas melodías que fácilmente se quedan en la cabeza.
Es extremadamente fácil, tras un par de escuchas, encontrarse silbando la melodía de la instrumental “Drip drop” (con esa melódica tan dulce a lo Augustus Pablo que sobrevuela todo el disco), la lánguida línea vocal de “Nightime” o la burbujeante letanía de “I go back”, pero también quedar atrapado en los muros de hormigón de la asfixiante “Under the covers” (seguramente lo mejor del lote), la sombría procesión que parece fotografiar “On the ward” o el folk metido en el congelador de “Gave you up”. Mención especial, por cierto, para la revisitación de uno de los grandes clásicos del pop australiano, aquél “Alone with you” que The Sunnyboys grabaron en 1979 y que Carla reimagina aquí, respetuosa, pero llevando todo a su terreno. Un terreno que pisa firmemente en uno de esos álbumes que captan la atmósfera en que han sido gestados y, a base de eso, consiguen hacerte levitar.














