Entrevistas

Exael Salcedo: «La autenticidad, como músico, es clave para que la gente conecte contigo»

Exael Salcedo presenta un EP íntimo, folk y confesional, grabado en soledad, atravesado por influencias que van de Nick Cave a la música latinoamericana.

En una escena fastidiada de algoritmos, métricas infladas y artistas convertidos en gestores de su propia visibilidad, la conversación revierte (casi como un acto de resistencia) a lo esencial: la música como obra, como huella, como verdad incómoda. Ese 2025, marcado por giras extensas, catarsis personales y una industria cada vez más hostil para quien no juega bajo sus reglas, el músico mexicano (hoy en plena etapa solista) decidió no negociar con el ruido externo.

En esta entrevista para Muzikalia, el artista repasa sobre el desgaste emocional de la industria, el nepotismo como tope estructural, la obsesión contemporánea por los números y la urgencia de volver al “back to the basics”. No es una queja: es una declaración de principios.

«Hemos dejado de lado la esencia de ser artistas y, sin darnos cuenta, nos están empujando a convertirnos en mercadólogos de nosotros mismos» 

¿Cómo has vivido, experimentado el 2025? ¿Cómo fue el año en términos de trabajo, gira y todo lo que implicó?

Fue un año muy revelador para mí. En diciembre se cumplió un año desde el lanzamiento de mi proyecto solista. No me gusta clavarme demasiado en estadísticas ni en números, pero sí hay datos que dicen algo: empecé el año con siete oyentes mensuales y ahora no he bajado de mil. Eso me da una lectura clara: estuve tocando mucho, haciendo mucha talacha, empujando el proyecto desde abajo para que, de alguna forma, llegara a ese punto. Mi naturaleza es hacer arte, hacer música, y no podía dejar de hacerlo.

 

¿Sientes que tu evolución de solista ha sido lánguido o vertiginoso?

Poco a poco se fue formando una especie de bola de nieve. De repente empecé a tocar en muchos lugares y eso terminó convirtiéndose en una gira. Acabé tocando en Querétaro, Puebla, Guadalajara, Toluca, Morelia, Texcoco y Coacalco. Tuve la oportunidad de abrirle a muchísimos artistas que admiro, de tocar con muchos amigos, y de abrirle en el Auditorio BlackBerry a una banda inglesa llamada Seafret. También terminé haciendo un EP de folk con Juan Sebastián, quien fue ingeniero de grabación de Zoé. Es un material que voy a editar en vinilo, que al final era la consigna con la que empezó todo. Todo ha ido sucediendo de manera natural, paso a paso, y al mismo tiempo ha sido profundamente retador.

Viniendo de otro proyecto donde compartías responsabilidades. ¿Cómo estás viviendo tu época como solista.?

Al ser un proyecto solista, quise empezar desde un lugar honesto. No diría que desde cero, porque romantizar esa idea tampoco es real. Toqué durante años en una banda con muchísimos fans; ahí hice contactos, aprendí el oficio y me llevé muchas cosas conmigo. Pero sí partí de una consigna muy clara: tocar mi música, decir mis propias cosas y hacerlo con mis propios medios. No me he colgado de la fama de mi banda anterior ni recurro a su repertorio. No toco canciones de ese proyecto.

¿Has ido midiendo, a través de tus shows en solitario, la reacción de esos fans del pasado?

Yo antes no cantaba. Empezar a cantar en vivo y hacerlo con una full band me dio la pauta para decir: “me rifo, sin temor”. Ha sido un crecimiento personal muy fuerte. Es una experiencia muy bonita enfrentarte a ese lugar, ver cómo reacciona la gente, sentir que el proyecto camina por sí mismo y, a partir de ahí, observar con calma qué nos depara el destino.

El año 2025 lo cerraste con ese EP que señalabas. ¿Qué versión de ti mismo tuviste que dejar atrás para poder escribir este EP y por qué decidiste grabarlo desde un lugar tan solitario e introspectivo?

Hice un EP de cuatro canciones que compuse entre 2024 y el año pasado. Fue parte de una catarsis personal, una forma de cerrar ciclos de vida: relaciones largas que se terminan, proyectos musicales que llegan a su fin, dejar de ser la versión que eras y que ya no quieres seguir siendo. Todo ese proceso quedó concentrado ahí. Es un EP muy bonito, muy honesto. Está fuertemente influenciado por Nick Cave, por Jim Croce, por la música folk y también por la música latinoamericana. Tiene cosas bastante peculiares. Para grabarlo me encerré solo en mi home studio, con mi guitarra acústica, voz, un par de guitarras eléctricas. Invité a un amigo a tocar el violín porque sentía que, para que fuera algo realmente fuerte, tenía que haber violines. Quería que sonara místico, que tuviera esa atmósfera. Pero al mismo tiempo apareció la necesidad de llevar esas canciones a una full band. Hay otros temas que aún no se han grabado, pero que ya estamos tocando en vivo, y eso me llevó a conocer a Pipe Ceballos, percusionista de Zoé y baterista de León Larregui en su etapa solista. En su estudio grabé esas canciones. He estado haciendo muchísima música. Siento que, más que nunca, me estoy guiando por la idea de hacer las cosas como yo quiero.

 

En esta jungla indie  —por llamarla de alguna manera—, donde todos quieren sonar “diferentes”, con sonidos raros, místicos, profundos, independientes… ¿cuándo sentiste que tú sí estabas diciendo algo real a través de tu música?

Cuando eres tú mismo. Yo hago la música que tengo que hacer. Nunca me he sentado a escribir una canción pensando: “a ver si esto pega” o “a ver si esto me hace parte de algo”. Y qué bueno que tocas ese punto, porque creo que una de las temáticas generales de mi EP va justo por ahí. Una de las consignas que veo hoy —y sobre todo en mi generación— es esa urgencia brutal por pertenecer a algo, al punto de dejar de pertenecerse a uno mismo. Estamos viviendo una era muy rara; durante años todo el mundo quiso ser algo, formar parte de algo, representar algo y en ese camino muchos se perdieron. La autenticidad, como tal, ya no está dada. Estamos buscándola. Buscamos ser personas auténticas, representar algo real, pero no hay nada más real que decir: “esto es lo que soy”, sin adornos ni estrategias.

Hoy que todo parece empujar a los artistas a parecerse entre sí, ¿qué valor tiene para ti defender una identidad propia, incluso sabiendo que eso reduce el público pero profundiza la conexión?

Yo te estoy dando lo que soy en la vida, lo que soy de verdad. Para mí es fundamental no perder ese hilo. Porque, siendo honesto, en algún momento de mi proyecto anterior llegué a caer en eso: en esa necesidad de querer hacer algo que te va desviando, y ahí es donde pierdes el rumbo. Siempre he dicho que la audiencia no es ingenua. Muchos artistas creen que pueden engañar al público, que “a la gente le va a gustar esto así”, pero no es cierto. La gente se da cuenta cuando un artista no está siendo honesto consigo mismo. Y sí, quizá siendo auténtico no le gustes a todo el mundo. Pero habrá un grupo que conecte profundamente contigo, y ahí es donde ocurre la magia. No hay nadie como Nick Cave, y Nick Cave no va a salir a ser Morrissey. No hay nadie como Oasis, y Oasis no van a querer ser Coldplay. La autenticidad, como músico, es clave para que la gente conecte contigo. Y más aún para alguien como yo, que está tratando de construirse su propio camino.

Hay artistas que hoy pueden volverse tendencia de golpe, pero precisamente porque no son auténticos, mañana ya nadie se acuerda de ellos. Les falta esa raíz, esa verdad que sostiene una obra con el tiempo.

Creo que tiene mucho que ver con un cambio generacional. De pronto, a muchos artistas les empezó a importar más seguir una tendencia que construir una voz propia. Todo parecía estar dictado por lo que estaba de moda: que si la tendencia en TikTok es hacer esto, que si ahora toca sonar así, que si hay que comportarse de tal manera en redes. Y mucha gente entró en ese juego sin cuestionarlo. Entonces empiezas a ver a toda una generación de músicos que, más que artistas, se convierten en creadores de contenido. Se enfocan más en producir clips, estrategias y números que en hacer lo que se supone que deberían estar haciendo: música. Pueden tener miles de seguidores, likes, gente que los admire, pero cuando intentas conectar con su arte… no pasa nada. No hay fondo. El otro día vi un meme de Kurt Cobain. Era una foto suya, rompiendo una guitarra, y el texto decía algo así como: “A ver, dile a este güey que se ponga a hacer contenido para que su música llegue lejos”. Y ahí te das cuenta de lo absurdo del momento que estamos viviendo.

Con una industria encaprichada con articular y replicar fórmulas, ¿qué tan dispuesto estás a asumir que ser genuino también implica no gustarle a todo el mundo?

Hemos dejado de lado la esencia de ser artistas y, sin darnos cuenta, nos están empujando a convertirnos en mercadólogos de nosotros mismos. Y eso, la verdad, está muy feo. Veo chavitos de 17, 18 años que todavía se sientan a escuchar música de verdad. Que escuchan un disco y dicen: no me importa qué haga este artista en redes, no me importa su personaje; esto me gusta por cómo suena. Y ahí es donde aparece una esperanza real, la idea de que todo esto pueda volver al lugar donde debería estar, donde la música sea lo más importante.

Vivimos un momento en el que parece más importante documentar el proceso que hacer la obra, ser visto antes que ser escuchado. ¿Qué te genera esa lógica y desde dónde decides decir: “esto sí, esto no”?

Todo este panorama me perturba bastante. Y ojo, yo también hago contenido, yo también subo reels. No soy ajeno a eso. Pero no estoy payaseando. Y no lo digo desde el juicio, hay gente que lo hace y está bien. Simplemente no es mi lugar. Yo no hago contenido desde el “mírenme, mírenme, aquí estoy, síganme”. Lo que hago habla de lo que soy y de lo que hago como músico, y punto. A veces la gente no entiende que eso es lo más importante. Porque al final, en cien años te vas a morir y a nadie le va a importar si fuiste influencer. Lo que va a quedar es tu obra. Alguien va a encontrar tu música en una fonoteca, en un archivo, en algún lugar donde lo único que importa es lo que creaste. Por eso creo tanto en la idea de perpetuar la obra, de volver al back to the basics: recordar que empezaste a hacer música porque te gustaba hacer música, no porque querías abrir un TikTok y tocar covers de artistas famosos, ni porque querías grabar videos de “así compongo mis canciones” o “este es un día conmigo”. ¿A quién le importa eso realmente?

 

¿Cuándo la promoción deja de ser parte del oficio y se convierte, como dices, en una forma de mendigar atención?

Gran parte de mi postura hoy va justo por ahí. A mí, francamente, no me interesa nada que no sea hacer lo que me gusta. No me voy a parar en un lugar a bufonear, ni a decir “mírenme”. Ahí está mi música: el que quiera entrar, que entre. Y eso no tiene nada que ver con no ser agradecido. Yo agradezco profundamente a quien se toma el tiempo de escucharme, de hablar de mi trabajo. Pero también creo que es fundamental saber cuál es tu lugar como artista. Predico mucho eso porque creo que hace falta decirlo en voz alta: el artista es esto. Yo soy esto. No me puedes pedir que haga un trend de TikTok, ni que suba un video haciendo bromas o memes con mi guitarra. No hay manera. Ojo: hay artistas cuya onda es esa y está perfecto. Pero que grandes industrias, compañías o plataformas te digan qué tienes que hacer para “ver si la pegas”, eso ya es limosnear atención.

¿En qué punto sientes que el arte se desvirtúa y deja de hablar por sí mismo?

A mí me interesa hacer arte. Y creo que es vital dejar que la música hable por nosotros. Porque cuando la música deja de hablar, cuando todo lo demás grita más fuerte que la obra, entonces sí: se pone feo.

Se me venía mucho a la mente el caso de Stranger Things, cuando un montón de gente se sorprendió al escuchar a Metallica y empezó a preguntarse quiénes eran, como si los acabaran de descubrir. Ahí hay algo interesante.

Pero siento que ese contexto es distinto. Porque también es cierto que, a veces, las plataformas digitales —TikTok, las series, los algoritmos— pueden jugar a favor de la música. Darle una segunda vida. Lo vimos con Bôa; una banda de los noventa que ya ni existía. De pronto, chavitos de 14 o 15 años empezaron a usar una de sus canciones, se volvió viral y el fenómeno fue tan grande que la banda tuvo que reunirse. Ya eran papás, ya estaban en otra etapa de la vida, y aun así regresaron. Acaban de tocar en el Corona Capital y llenaron su stage. Ahí está la diferencia clave; no es lo mismo que una plataforma adopte una canción a que convierta al artista en un bufón. Cuando el foco está en la música y no en el personaje, cuando el impulso nace de una canción que conecta, el fenómeno es genuino. También le pasó a Fleetwood Mac.

¿Eso es culpa de la industria, de los medios o de la era digital?

La industria de la música es muy rara. Imagínate una banda de los noventa que tuvo que separarse porque no despegaba y que, de pronto, en los dos mil —o incluso décadas después— termina pegando y girando por todo el mundo. Ahí es cuando dices: órale, qué extraña es la vida. Pero justo por eso hago tanto hincapié en algo: el enfoque tiene que estar en hacer lo que realmente tienes que hacer, que es tu arte. El día que decidí dejarlo todo para hacer música, nunca pensé: “voy a hacer contenido”. Pensé: “voy a hacer música”. Claro que eso implica aprender muchas otras cosas en el camino: grabarte, dar entrevistas, moverte, entender ciertas dinámicas. Todo eso forma parte del oficio. Pero sin perder nunca el eje central. Porque cuando pierdes ese centro, cuando el objetivo deja de ser la música y pasa a ser otra cosa, algo se rompe.

Tú que has estado estos años dentro de la industria y en una escena mexicana tan golpeada, cada vez con menos espacios para mostrarse: si pudieras eliminar un vicio de esta escena, ¿Cuál sería? ¿Cuál matarías primero?

Si pudiera eliminar un vicio de la industria musical, sería el nepotismo. Esta lógica de que, si no eres amigo de tal o compadre de cual, simplemente no hay oportunidad para ti. Creo que uno de los grandes errores de la industria musical en México es que dejó de desarrollar talento como industria. Antes ibas al Vive Latino y había muchísimas bandas nuevas: grupos que ahí mismo empezaban a construir una carrera o que, a partir de ese escenario, generaban algo real. Independientemente de que después hicieran bien o mal las cosas. Hoy eso ya no pasa. Vivimos una industria que se volvió más un negocio que una plataforma de desarrollo.  Somos prácticamente el único país donde nadie dice nada. El único país que no financia proyectos culturales desde el Estado como tal. Yo conozco bandas de Uruguay, de Chile, de Colombia, a las que sus embajadas les dan dinero para salir de gira. En Inglaterra, por ejemplo, se invierten cantidades reales de dinero para que una banda pueda irse de tour y crecer. Aquí no.

 

Con los años, ¿te diste cuenta de que el mayor obstáculo para crecer en la escena no es lo creativo, sino estructural; un sistema que premia contactos y métricas por encima de la música?

Lo que tenemos es una pared. Un tope artificial que no depende del talento ni del trabajo del artista, sino de a quién conoces, de quién eres amigo, de si tu papá es alguien o si tienes el contacto correcto. Hay tantas bandas increíbles que se deshacen o dejan de crecer no por falta de calidad, sino porque chocan contra ese límite invisible. Debería existir una forma en la que cualquier artista con talento y disciplina pudiera acercarse a un festival y no recibir un “no” automático. Que no todo se reduzca a cuántos boletos vendes, cuántos seguidores tienes o qué números manejas. He visto disqueras firmar artistas basándose únicamente en la cantidad de followers que tienen en TikTok, no en su música. Y entonces, luego pasa lo inevitable: el proyecto fracasa. No porque el mercado sea injusto, sino porque ahí nunca hubo un artista. Solo había números.

¿Cuál es la huella que tú quieres dejar en todo esto?

La música. Que la gente recuerde mi música por encima de cualquier otra cosa. Que escuchen la obra y digan: esta música es chida, pero sobre todo que les represente algo atemporal. Me gustaría que alguien pueda poner una de mis canciones dentro de cincuenta años y que todavía conmueva a alguien. Que siga diciendo algo. Creo que eso es lo más importante. Todo lo demás, francamente, no me interesa tanto.

Escucha a Exael Salcedo en Bandcamp y Spotify.

WP-Backgrounds Lite by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann 1010 Wien