Guille Galván

Guille Galván: «La búsqueda de este disco ha sido encontrar la verdad en cada canción»

En el escritorio de mi habitación tengo un gato chino de la suerte. Al cambiar de casa, la luz dejó de entrar por la ventana  de la nueva estancia y me resigné a que su zarpa no volvería a moverse. Sin embargo, un día descubrí que, al encender el flexo mientras escribía, la luz de la bombilla rebota lo suficiente para que el brazo recuperara la inercia. Fue una pequeña victoria, un recordatorio de que, a veces, solo hace falta cambiar el enfoque.

Al leer el librillo que acompaña el debut de Guille Galván, Nadie con ese nombre vive aquí, encontré una confesión que encajaba con ese sentimiento y con el proceso de este disco: “Poco a poco, empecé a sentirme ajeno al universo oscuro que yo mismo estaba creando. Lo que al principio me ayudó a explorar el dolor acabó siendo una piedra pesada. Lo urgente era estar bien, así que cambié el foco y la cámara pasó a enfocar las relaciones humanas a mi alrededor que me ayudaban a sobrellevarlo todo”.

Mi sorpresa fue absoluta al escuchar “Pulso y Belleza”, una de las canciones más hermosas del miembro de Vetusta Morla: “El gato chino tiene roto el motor, perdí ese trébol que pusiste a secar, como un estraperlista desmontando su plan. No hay más, solo pulso y belleza. No hay más, solo instinto y amor”.

Estas canciones nacen desde un lugar incómodo: el de quien deja de esconderse detrás del ruido para mirarse de frente. Sin grandes aspavientos, sin la necesidad de convertir cada herida en un himno, Galván nos entrega un cancionero atravesado por el duelo, la incertidumbre y esa extraña luz que aparece cuando todo parece resquebrajarse; un trabajo sobre el amor, la familia y los destellos inesperados que cambian el enfoque.

Son once canciones grabadas en voz baja, como si hubieran sido escritas para sobrevivir al silencio. Al final, solo queda alguien enfrentándose a las preguntas que solemos esquivar: cómo despedirse de las versiones que ya no somos, cómo convivir con la duda o el duelo o cuánto amor cabe en una vida. Quizá ahí reside la clave de este disco: en una verdad que, aunque incómoda, le era necesario mostrar. Y, en un mundo con tantas caretas, este trabajo nace, al menos, con esa victoria.

«Desde que empecé con Vetusta tuve la suerte, o la desgracia, de tener a un cantante descomunal como es Pucho»

Es un placer hablar contigo Guille. Tras más de dos décadas de trayectoria, uno podría pensar que ya estás más que habituado a los lanzamientos, pero este disco parece haber aterrizado de una forma distinta. ¿Cómo estás viviendo este proceso?

Estoy recibiendo mucho cariño y, sinceramente, nunca había sentido esta sensación de cercanía tan grande, y eso que llevo veintipico años editando álbumes. Muchas veces, cuando te preparas para presentar un trabajo, especialmente cuando vienes de grabar una banda sonora, existe esa presión de construir los famosos argumentarios; muchas veces tienes que fabricarlo para que la narrativa sea sólida y congruente. Con este disco me da la sensación de que ocurre algo distinto: me ha resultado imposible separar lo musical de lo personal y de las vivencias que he acumulado. Creo que esa honestidad es la que hace que todo fluya de una forma muy natural, y eso es, precisamente, lo que me está ayudando tanto a la hora de contarlo. 

Al realizar tantas entrevistas y enfrentarte a tantas preguntas, ¿estás descubriendo facetas nuevas del álbum? ¿Te está sirviendo este proceso para reflexionar sobre cosas que quizás no habías contemplado antes?

Es un disco del que soy bastante consciente, pero aun así, ayer me hicieron una observación muy acertada en la que no había reparado. Me señalaron la correlación entre la banda sonora de MADRID EXT., en la que estuve trabajando durante tres años, y este nuevo disco. Es algo que yo nunca había hilado, porque este álbum es, prácticamente, un disco de habitación, mientras que en Madrid Exterior me propuse contar a qué sonaba la ciudad y componer desde ahí.

Sin embargo, al haberse gestado ambos de manera casi paralela, hay elementos que conectan inevitablemente. El periodista me decía que es como si uno fuera el interior día y el otro el exterior noche, o viceversa. Me resultó una conclusión curiosa; no lo había imaginado así, pero tiene mucho sentido.

Es cierto que a menudo se debate sobre el origen de la creación: ¿es la música la que genera una imagen mental o es una imagen previa la que dicta el camino musical? En ocasiones incluso, ambos elementos se dan de forma simultánea. ¿Cómo funciona esa «inteligencia visual» en tu proceso creativo?

La música te lleva a crear imágenes. En las bandas sonoras, generalmente, partes de una imagen y tienes que crear otra cosa. En Nadie con ese nombre vive aquí, la idea era hacer un trabajo que fuera hacia la unidad mínima de la canción para que el oyente, al escucharlo, sea quien imagine esas escenas y construya sus propias secuencias. En cambio, con MADRID EXT el proceso fue totalmente el inverso: partía de esas secuencias ya dadas y tenía que construir el imaginario sonoro. Fueron caminos de vuelta.

Quería preguntarte por la presentación en la Sala Sol el pasado 4 de mayo. Fue un evento exclusivo para invitados, rodeado de prensa y compañeros de profesión. ¿Cómo te sentiste al enfrentarte a ese escenario, siendo tú el centro de todas esas miradas?

Fue la primera vez que me subía yo solo al escenario a tocar, aunque solo fueran unas pocas canciones. La idea era celebrar la salida del disco esa misma semana, juntar a amigos, gente de la industria y medios en un pequeño showcase. 

Normalmente, estos eventos suelen ser peligrosos porque la gente tiende a hablar y, a veces, sientes que el espacio no acompaña. Pero, curiosamente, hubo un respeto enorme. Me sentí muy afortunado por la convocatoria y por el ambiente tan bonito que se creó. Además, como el disco lo grabé solo en casa con Héctor G. Fazzo, y luego fui completando varias canciones con otros músicos y productores, quise que ellos también vinieran para poder tocar en directo los temas por primera vez. Fue muy especial precisamente por eso, por la oportunidad de juntarnos a presentar las canciones justo antes de que vieran la luz.

El equipo de colaboradores que te rodea es impresionante: Héctor G. Fazzo, Campi Campón, David Soler, Marcel Bagés, Pablo Martín Jones y Carlos Raya. Es una alineación de compositores de lujo para un proyecto que, por lo que cuentas, nació de una forma mucho más recogida.

Héctor y yo producimos el disco base y luego fuimos dando canciones a distintos productores. Campi coprodujo “Los motivos” y “Desenladrillando el cielo”; David Soler y Marcel Bagés trabajaron en “No me dejes quieto” o “Pulso y Belleza”; con Pablo Martín Jones hice “Huellas en el aire”, y todo el disco lo terminamos de mezclar y pulir con Carlos Raya.

El trabajo se dividió en dos fases muy claras. Primero grabé todo en casa, solo con guitarra y voz. Quería hacerlo así porque era la primera vez que cantaba en solitario y necesitaba que el tono y la forma de cantar marcarán el pulso de la producción. No quería hacerlo como suele hacerse, con una base instrumental armada para luego añadir la voz, porque sentía que las canciones se habrían ido por un camino menos narrativo y más «musculoso», algo que no estaba buscando.

Como este disco lo hice en el anonimato más absoluto, apenas lo sabían mi mánager, mi familia  y mis compañeros de Vetusta Morla, fui grabando y viendo qué necesitaba cada tema. Hay canciones que se quedaron tal cual, por eso decidí salir con “En qué momento dudé de ti”, porque es la canción más desnuda y la que mejor representa esas sesiones iniciales. A partir de ahí, les pedí a los colaboradores que fueran, más que productores o músicos, «decoradores de esa habitación». No quería que llenaran el espacio, sino que acompañaran el mood que yo había creado con la guitarra y la voz. 

Me llevé sorpresas muy agradables; gente con tanto talento hizo cosas increíbles. Mi función, en esa segunda fase, fue ir coordinando esas piezas a distancia. Por ejemplo, David y Marcel estaban en Barcelona y yo en la sierra. Para terminar poniendo todo en manos de Carlos Raya, quien le dio el punto final de coherencia sónica al conjunto.

Me ha sorprendido mucho lo que comentabas sobre tu voz. Dices que es la primera vez que te planteas cantar. Resulta curioso, porque cuando uno empieza con la guitarra a los 14 o 15 años, lo natural es intentar cantar. ¿Nunca habías sentido esa inquietud, ni siquiera en tus inicios con Vetusta Morla o en otros proyectos paralelos?

Desde que empecé con Vetusta tuve la suerte, o la desgracia, de tener a un cantante descomunal como es Pucho, que nos dejaba muy claro quién era el que cantaba: tiene una capacidad técnica y una transmisión que está muy por encima de la media. Supongo que, a partir de ahí, fui encontrando mi rol. Creo que la clave en un grupo es entender cuál es tu papel, y el mío tiene mucho más que ver con la composición y la escritura.

Para cantar, creo que debes tener muy claro qué quieres decir y cómo quieres transmitirlo, y quizás hasta este momento no había sentido esa necesidad de hacerlo de una manera tan comunicativa, sin intermediarios técnicos. Al principio, en las demos, intentaba esconder la voz con muchas reverbs o doblándose, intentando que no sonara demasiado a mí. Pero, a medida que grababa, me di cuenta de que debía hacer todo lo contrario: buscar la verdad. La búsqueda de este disco ha sido encontrar la verdad en cada canción. La verdad pocas veces se equivoca; puede gustar más o menos, pero si eres honesto …

Hablando de esa búsqueda de la verdad, me llama la atención que, a diferencia de otros artistas que a veces usan la producción como un escudo, tú has decidido poner la voz en primer plano.

Claro, al final hay distintas técnicas, doblajes o coros, pero todo está aplicado desde un lugar que no despista. No quería hacer el típico disco de un guitarrista que decide ponerse a cantar; quería hacer un disco de un escritor de canciones que tiene once historias que contar. Para eso, necesitaba una voz al frente. Me las tuve que ingeniar para ser cantante, no solo un guitarrista que canta. De hecho, la guitarra en este disco ocupa un espacio muy concreto: actúa como un vehículo para la voz. Es más, no hay ni una sola guitarra eléctrica en todo el álbum, o una en el medio. Es la primera vez en mi vida que grabo un disco sin usar ninguna.

Mi canción favorita del disco es “Pulso y Belleza”. Me encanta esa guitarra inicial; tiene un tono áspero que me recuerda mucho a la guitarra de Beck, aunque aquí la has llevado a un terreno muchísimo más relajado y pausado. ¿Cómo trabajaste ese sonido tan particular?

Es una guitarra que costó grabar por la afinación; es muy extrema, está en un do abierto, y eso genera una sensación de profundidad y oscuridad grande, pero también pone las cuerdas graves muy al límite. Es la canción donde la guitarra tiene una reverb exageradamente grande; está construida desde un concepto de efecto de guitarra natural, parece que estás en una cueva o en una habitación. El otro día me decían que recordaba a Ry Cooder o a esas guitarras que vienen de otros sitios. Está pasada por un ampli con un rack de reverb.

En realidad, todo el disco está grabado con dos micros para la guitarra, el micro de la voz, una línea de guitarra directa y otra línea que va a un ampli. Esas cuatro pistas son las que juegan en todo el disco: a veces solo suenan los micros, a veces sale el ampli en algunas partes. Pero sí, “Pulso y Belleza” es una canción muy especial. Culmina con un arreglo de cuerdas increíble que hicieron David Soler y Marcel Bagés, que me sorprendió mucho porque, aunque yo les propuse la base, lo llevaron a un sitio increíble. Esa canción iba a ser la que cerrase el disco; quería que, como despedida de esa habitación y de esa persona tocando, el final fuera como si te elevaras y salieras de allí, haciendo las veces de créditos finales. Al final decidí meterla quinta porque me parecía que dividía muy bien las dos partes del disco.

Es curioso cómo el disco no recuerda en ningún momento a Vetusta Morla. Quizá “No me dejes quieto” sea la única que, por su densidad de capas, se acerca un poco más, pero el resto me remite a otros autores. Supongo que para ti ha sido todo un reto: hacer música también implica desaprender lo que sabes. Después de dos décadas componiendo bajo una estructura concreta, ¿ha sido difícil salirte de tus propias formas y componer desde otro lugar?

Era algo totalmente buscado. Yo sabía que tenía todo esto dentro porque es un tipo de música y una forma de acercarme a las canciones que siempre me han gustado. Era una cuenta pendiente enfrentarme a este tipo de composición, a esta manera de entender la música que sabía que no podía imponer al grupo. Las canciones para Vetusta tienen que funcionar para Vetusta, y este material no encajaba ahí. Por eso, una de las claves durante todo el proceso ha sido ser consciente de que estaba haciendo algo que no tenía que ver con la banda; marcar esa distancia ha sido fundamental.

Más allá del proceso técnico, me gustaría saber qué has ido descubriendo sobre ti mismo durante la creación de este disco. Supongo que para ti ha sido un proceso de introspección importante, ¿no?

Lo que te comentaba de la voz es fundamental: el poder del disco residía en llegar a la verdad de lo que se contaba y en la manera en que se cantaba. He trabajado bajo la premisa del menos es más, con la obsesión de reducir la composición a su mínima expresión: crear canciones que pudiera defender en cualquier sitio solo con una guitarra, sin echar de menos arreglos ni pasajes complejos que no pudiera reproducir en directo.

La forma de encarar estas composiciones ha sido un descubrimiento, porque yo venía de trabajar de una manera completamente distinta. En un grupo, mi labor terminaba en una parte del proceso y luego el peso recae en Pucho; yo me quedaba en un segundo plano. Aquí, en cambio, entendí que no bastaba con escribir el guión: tenía que ser yo quien le diera forma, quien levantará las torres. Esa parte de la responsabilidad es un trabajo que nunca había hecho y, sinceramente, ha sido el túnel que tenía que atravesar.

¿Te ha dado vértigo asumir toda esa responsabilidad?

Al principio sí, un poquito. Pero, fíjate, me dio más vértigo contarles a mis compañeros que iba a hacer este disco y decidirme a arrancar, que el proceso en sí mismo. Una vez que te pones a trabajar y a hacerlo, el vértigo desaparece.

¿Y cómo se lo contaste? ¿En una cena, en una comida, en una reunión?

No, los fui llamando uno a uno. A ver, todos hemos hecho un parón, todos estamos haciendo cosas y nadie tiene que pedir permiso a nadie, pero me parecía importante que lo supieran por mí antes que por cualquier otro medio. Además, me ha servido mucho el apoyo y el ánimo que me han dado para empujar el proyecto.

Al ser un disco tan personal, donde todo el peso recae en la letra, la voz y la guitarra, ¿cómo te planteas llevarlo al directo? ¿Cómo quieres presentarlo?

Estoy viendo la forma. Ahora estaré de promoción hasta junio prácticamente. Evidentemente, no es un disco pensado para el verano ni para grandes festivales, y luego tengo octubre y noviembre ocupados con la gira de Vetusta Morla, así que me gustaría preparar algo para el invierno. Mi intención es mantener esa idea de intimidad y encontrar lugares que sean coherentes con el disco.

Otra de las canciones que más me han gustado es “Huellas en el aire”. El final es muy especial, porque intuyo que eres tú canturreando cuando eras un niño, ¿es así?

Sí, es de unas grabaciones que teníamos en casa; mi padre solía usar una grabadora antigua. Durante el proceso del disco, estuve digitalizando material familiar y me pareció muy bonito incluir este fragmento. Además, la canción conecta con “Túnel de la M-30”, que habla directamente de la infancia y de mis hijos, así que sentí que era el nexo perfecto conmigo mismo.

Lo más curioso es que, al querer acreditar el tema en el disco, me puse a investigar qué estaba canturreando aquel mocosillo de apenas dos años y pico, y descubrí que era una canción de José Luis Perales. Me hizo muchísima ilusión poder hablar con él y con su familia para comentárselo. Poder acreditar esa pequeña intervención, aunque fuera un chapurreo infantil, ha sido un detalle precioso.

Quería preguntarte también por la portada. Me parece que el minimalismo que transmite encaja perfectamente con el disco. Es una fotografía tuya, pero reconstruida sobre un fondo azul, con un tejido que recuerda al trenzado de una silla de ratán. ¿Cómo surgió esa idea?

La portada la hizo Susana Blasco, una artista que me encanta y que suele trabajar mucho con archivos familiares. En este caso, le pedí una foto a Laura Cebela y, al trabajarla, Susana vio que el disco trataba sobre la construcción de una identidad: alguien a quien crees conocer, pero que se presenta de una forma distinta, alguien que se ha reconstruido a sí mismo. La idea era que, a partir de sus propias cenizas o heridas, pudiera levantar algo hermoso. Lo que hizo con la fotografía fue cortarla en trizas y luego las fue cosiendo manualmente, entretejiéndolas como si fuera el telar de una silla.

Ha sido todo un placer hablar contigo Guille, por último: ¿Ha sido un proceso complicado para ti desnudarte así ante el oyente?

Sí, bueno, el disco nació de dos necesidades vitales: alejarme de la dinámica de las grandes giras y los grandes espacios del grupo, y transitar todo el periodo de enfermedad y duelo por la muerte de mi padre que viví durante estos últimos años. Fueron años donde fui trayendo al presente un montón de cosas sobre mi origen, mi infancia, mis hijos, mi pareja y toda esa gente cercana que me ha ayudado a ser quien soy. Me fui dando cuenta de que necesitaba escribir sobre ellos, sobre mi soporte. Esas canciones, hechas desde casa de una manera tan desnuda, me llevaron a la conclusión de que no podían ser para Vetusta Morla. Si las estaba escribiendo, era por algo, y me tocaba a mí cantarlas. Todo esto forma parte de un mismo proceso.

Entiendo perfectamente. Por cierto, de todo ese material inicial, ¿has tenido que descartar muchas piezas?

Sí, hice quince canciones y al final me quedé con once. Me parecía que con eso la historia ya estaba contada.

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