La inquietud de Guille Galván le lleva más allá de esas dos décadas componiendo y girando junto a Vetusta Morla. En 2015 se destapó como escritor con Retrovisores (Bandaàparte), que dio continuidad con el poemario Desconocernos (2020). Y hace un par de años hizo su primera incursión en la composición de bandas sonoras con La Virgen Roja junto a su compañero de banda Juanma Latorre, que amplió el pasado año firmando en solitario la de MADRID EXT. de Juan Cavestany.
Una actividad creativa que aprovechando el parón de su grupo, ha dado como resultado su proyecto más personal con Nadie con ese nombre vive aquí, un disco íntimo que difiere del músculo sonoro de Vetusta, pero encuentra ciertas conexiones. Producido por el propio Galván junto a Héctor G Fazzo y con colaboraciones de Campi, David Soler, Marcel Bagés y Pablo Martin Jones, presenta once composiciones de tono confesional en su propia voz.
Un trabajo que no renuncia a texturas y pequeños detalles electrónicos, conformado por canciones que pueden parecer pequeñas en apariencia, pero desbordan urgencia emocional. Desde la creciente “La botella”, pieza folk nocturna apoyada en una armónica, pasamos a «Los Motivos» que con un aire más rítmico ahonda en las causas que propician nuestros días. Nadie con ese nombre vive aquí contiene momentos que buscan redención como «En qué momento dudé de ti» o la historia de superación «Desenladrillando el cielo» («Estoy moviendo el mundo entero, para no caer de nuevo»).
También nos quedamos con «No me dejes quieto» o «Hay un coche ardiendo”, con esos sutiles arreglos y esa sensación de inquietud no dejan de recordarnos a Vetusta Morla. Con esa «Túnel de la M-30» escrita para sus hijos, que reflexiona sobre el miedo a crecer y la pérdida de la infancia o con «Canción muralla» y protectora que cierra un disco tierno y honesto que nos desvela una faceta más, de uno de los compositores más valiosos de su generación.


















