Un calor infernal recibió al legendario Lenny Kravitz en la centenaria Plaza de España. Empezaba el concierto más mediático con un sold out arrasador: somos tantos redactores que no cabemos en la zona de prensa. Tampoco hay gráficos ni teles.
Aunque esa incomodidad duró poco, básicamente hasta que salió al escenario esa leyenda viva acompañado de una banda imparable. Lo hizo como el que lleva toda la vida haciéndolo, fácil, sin grandes aspavientos. Sabiendo que 18.000 personas se han reunido en mitad de una ola de calor para verle a él.

Con su ecléctico estilo de vestir y de moverse engatusó de manera natural (o naturalmente integrada, después de tantos años) a la abarrotada plaza y la hipnotizó como si de un encantador de serpientes se tratara. Sigue siendo raro asumir que estamos viendo esto en directo después de llevar toda la vida escuchándolo por la radio, en disco o en los auriculares.
La banda es una auténtica joya comenzando por Kravitz que, como multiinstrumentista que es, se marca sus propios solos de bajo y después cambia a la guitarra eléctrica y a la clásica como si tal cosa. Comparte el protagonismo con su «hermano» Craig Ross a la guitarra eléctrica al que no le tiembla el pulso en unos solos deslumbrantes. El resto de la banda también se robaba el show. Jas Kayser fue la encargada de insuflar vida a la batería que coronaba la formación con un afro hipnótico, el bajo (más bien habría que decirlo en plural porque para cada canción utilizaba el instrumento necesario: fretless, cinco cuerdas, clásico…) perfectamente ecualizado quedaba en manos de Hoonch ‘The Wolf’ Choi. Los metales perfectamente compenetrados, en los labios de Big Daddy, Michael Sherman y Ludovic Louis. Y George Laks al mando de los teclados, en ocasiones sintéticos, que nos hicieron en su justa medida un viaje de ácido con sus modulaciones.

Con «Always on the Run» recuperó la atención del público que estaba disfrutón y pasándolo como nunca. Era imposible no moverse al ritmo de semejante groove. También demostró su dominio del español, ya que usó nuestro idioma para hacer llegar su agradecimiento al respetable. Se deja querer y se deja gustar, entregándose arrodillado mientras flirtrea con todos nosotros a la vez tras sus gafas de sol. No necesita hacer grandes gestos para subir aún más la temperatura de una ciudad que ya estaba ardiendo a todos los niveles.
Llegados a este punto del concierto, es la tercera vez que los hispalenses coreaban su nombre, poco antes de «Beyond the 7th Sky» y, haciendo honor al título, nos elevó hasta el séptimo cielo. El neoyorquino reconoció que Circus, el álbum que recoge este tema, entre sus inicios en los años noventa, es de los mejores.
En «Low» vino el funk con los slaps del bajo y la locura guitarrera. No había más que mirar alrededor para ver lo bien que se lo estaba pasando todo el mundo, y es que incluso en los paseos al baño o a la fuente de agua se les veía bailar.
Y en mitad de un concierto así de espectacular, pasaba “lo de siempre” en el Icónica: un gato asustado que se había metido entre la gente y tardó un rato en encontrar una salida a lo que para sus oídos es un infierno y, paralelamente, un puñado de patos en el lago de la Plaza que no entienden qué narices está pasando en el patio de su casa.

También tuvimos la aparición de Israel Fernández pero un fallo técnico impidió que pudiéramos escucharlo a través de su micrófono. Una pena, ya que la ingeniería de sonido era espectacular, permitiendo una escucha perfecta en todo el recinto con unos instrumentos perfectamente ecualizados, exceptuando ese momento.
Llegados a este punto, ya les tocaba el turno a sus grandes hits: » It Ain’t Over Till It’s Over”, “Again”, “American Woman”, “Fly Away” y “Are you gonna go my Way”. Qué decir de unas canciones que llevan más de 30 años en el imaginario colectivo y que forman parte de la historia y la memoria de la mayoría de nosotros. Para mí, particularmente, representan momentos muy especiales en esos pequeños viajes de coche en verano. Para otros seguramente sea un viaje a sus primeros amores o fuera la puerta de entrada en el funk. No queda otra y nos volvemos locos, por fin estamos viviendo esto en vivo.
Para finalizar la velada, un bis: “Let Love Rule”. Es absolutamente emocionante cómo tantísimas personas corean las letras con la mano en alto. No cabe duda de que siempre nos acordaremos del concierto que vivimos ayer, en una noche épica culminada por todo lo alto donde el ayer, el hoy y el mañana de la música se unen en son del rock y el funk.
Fotos Lenny Krawitz: Óscar Romero y Mauri Buhigas


















