Nievla – Miradas (Lunar Discos)
El talento de algunos músicos acaba siendo de dominio público o llegando al destino indicado de un modo u otro. Hay quien dirá aquello de que más vale tarde que nunca, o incluso hasta quien opine que de injusticias está el mundo lleno, y más en los tiempos que corren. Justamente para eso, para olvidarnos de que existe un universo cada vez más contaminado a todos los niveles y de que los seres inhumanos que lo rigen muestran cada vez más sus garras despiadadas, existen discos como este. No por la evasión que provocan, sino por la capacidad de transportarnos hasta constelaciones paralelas y en nada cercanas a la estulticia que nos rodea. Hay en estas Miradas una forma de mirar al mundo en diagonal, con la reflexión y la pausa como base y el desapego vital como excusa.
El currículum de Toni Jiménez, el alma mater de Nievla, incluye el orgullo de sentirse “el quinto Mutante”, después de haber acompañado y participado en algunas grabaciones de la mítica y añorada banda granadina; pero también las labores de mercenario ilustre en las filas de Lori Meyers o las de lugarteniente aplicado con el gran Carlangas. Son sólo referencias mínimas en la carrera de alguien cuyas múltiples referencias lo hacen, más que expandirse en sonidos e influencias, echar el cable a tierra y componer con sus compañeros de aventura –otro grupo de músicos bragados en proyectos de diversa suerte- una serie de temas relacionados con su propia visión del mundo, la profesión y las emociones que todo ello conlleva.
Ya es el segundo disco editado con tan confuso nombre (por la aparente mala ortografía, en absoluto por la rotundidad de las canciones) y de nuevo se ampara en la producción de Jaime Beltrán, habitual de los estudios locales y pieza clave en la configuración del sonido. Una conjugación de espasmos noventeros, trazos de rock alternativo y caricias a la psicodelia moderna con la rabia y el escepticismo como centro. Lejos de personificarlo en música urgente y volcánica, se ciñen a las medidas justas para expresar lo que pretenden sin un acorde más alto que otro. Incluso la música de club, la que se escucharía en una rave de resaca, se asoma por algún que otro corte para que la abstracción se equipare a la melodía.
En esa concepción del pop independiente que ponen en práctica, las letras se hacen preguntas de controvertida respuesta (“En realidad no”) o ahondan en conflictos generacionales en los que aún se sienten implicados (“Juventud”), como si trataran de escribir un tratado sociológico o recurrir a someros análisis psicológicos para explicarse. También se adentran en cuestiones más rítmicas y despreocupadas, como en “SAL!”, y en la densidad melódica de “Un poco más”, habitando un bosque sonoro algo más cerrado que lejos de impedirnos el paso nos aumenta el deseo de descubrirlo poco a poco. “Todo el tiempo”, por ejemplo, la más larga del lote, está llena de rincones y claroscuros por los que pasearse sin encontrar una salida, ni desearla; y en “Hielo”, donde la progresión eléctrica nos pilla casi por sorpresa, hallamos nuevos motivos de interés.
Tanto como para empezar la escucha de nuevo justo por donde lo dejamos, que no es otro sitio que el mismo al que queríamos llegar desde el principio sin que lo supiéramos. Hay miradas que matan, otras que lo dicen todo y algunas, quizá las más interesantes, que nos transportan a un tiempo imaginado donde seguramente ya no podamos habitar. De momento, con escucharlo nos basta, y eso se lo debemos a discos como este.

