Sharp Pins (Sala 16 Toneladas) Valencia 04/02/26
Desde luego, lo que uno no puede esperar de un concierto de Sharp Pins es que suenen como en sus discos. Todas esas capas de mugre que, por elección propia, suenan sobre sus composiciones, evidentemente no suenan aquí. Es lo que tiene el Lo-fi, la querencia por grabar de forma casera y con un material muy, pero que muy vintage. Todo eso, en una sala, será otra cosa. Ni mejor ni peor, otra cosa.
Kai Slater, un chaval de Chicago con un sorprendente parecido al Johnny Thunders de los primeros New York Dolls, lleva tres pequeñas joyas en formato larga duración grabadas en su dormitorio con sus manitas y con ayuda de un Boombox y una Tascam 688. Y como ya dije en mi reseña de su último álbum, el gran Balloon Balloon Balloon, así logra sonar como si alguien hubiera descubierto en el desván las cintas de los ensayos de la mejor banda de garage-folk rock de los sesenta, a quien nadie, hasta ahora, había tenido el placer de conocer.

Pero eso es lo que hace sólo. Evidentemente, unas canciones tan potentes no las puede llevar por ahí en plan Juan Palomo, así que emplea ayuda. Pero no, esto no es “Kai Slater y los que le acompañan”. En directo Sharp Pins se convierten en una banda. Y sus canciones, sin dejar de ser las mismas, se trasladan a otro universo. El de la potencia, el nervio y el volumen.
Junto a Kai en Sharp Pins están el bajista Joe Glass y el batería Peter Cimbalo. Ambos son viejos amigos de Kai, muy destacados partícipes de la actual escena underground de Chicago, ambos tienen sus proyectos en solitario (Joe acaba de sacar disco en el sello de Kai) y ambos hacen unos coros que le quitan a uno el sentido. Kai los denomina “los jóvenes freakbeats de America” y tiene toda la razón del mundo. Son unos freaks, él incluido. Y a mucha honra.

De hecho, no sé si Kai ha leído Freaks Out, el excelente libro de Luke Haines, pero esa idea del “orgullo freak” en la música, que es básicamente el postulado del volumen, parece ser el leitmotiv de este trío. Así lo demostró ayer Slater, durante su actuación en Valencia, cuando nos preguntó al público si habían muchos freaks en Valencia. Muchos respondimos que sí con orgullo, por supuesto ¿Quién no va a querer ser freak?
Era su segunda visita a la ciudad del Turia. La primera había contado con la presencia de unas 20 personas. 20 personas que salieron boquiabiertas del concierto y que corrieron lo suficiente la voz como para que una tarde del peor invierno que se recuerda en la ciudad con partido de fútbol masivo de por medio la sala 16 Toneladas apareciera prácticamente llena y expectante. Típico concierto al que “hay que ir”. Estaba todo el mundo del musiqueo. O casi.

Los chavales no se hicieron esperar, que les queda mucho camino por recorrer en España y Europa y hay que acostarse pronto. Aunque eso no mermó, ni mucho menos, su actitud. Una actitud pletórica, cómo iba a ser de otro modo cuando ninguno de ellos pasa de los 23 años. Vestimenta entre beat, psicodélica y glam, maquillaje en la cara imberbe de alguno y ganas de comérselo todo crudo. Estaban tan entusiasmados que al pobre Slater le falló el sonido de la guitarra y tuvo que parar. Curioso que la canción que estaban tocando se titula precisamente “I can’t stop”…
Pero empezaron de nuevo y todo cuadró. El trío suena como un cañón. Todo a mucho volumen, sí, todo un poco saturado, sí, pero cómo suenan. Y cuando hacen coros armonizando los tres… guau. No paran ni para decir hola. Saltos, posturas rockeras que a cualquier otro le quedarían ridículas, pero a ellos les sobra cool, el batería que lo mismo toca como Keith Moon, que se levanta e imita a Moe Tucker, todo es espontáneo, brillante, con un talento que te estalla en la cara.

Y qué canciones. Que Kai sea tan buen compositor siendo tan joven da que pensar en un futuro que no conocerá límites. De momento, cuenta con un repertorio propio que ya quisieran para sí artistas consagrados. Aunque eso sí, recurre a un par de sabias revisiones para enervar un poco más al público: nada menos que el soberbio “She don’t care about time” que Gene Clark escribiera para sus Byrds, y un incendiario “Substitute” de los Who para acabar. Pero eso es, digamos, la propina.
Lo importante es que el repertorio que ha ido inundando sus tres álbumes suena en directo como si de clásicos se tratara. Maravillas beat como “I don’t have the heart”, píldoras psicodélicas como “All the prefabs”, el pop poderoso de “Ex-priest” o “Fall in love again”, excelsas incursiones en el jangle como, “Everytime I hear”, “Popafangout”, o “(In a while) you’ll be mine”, o incluso alguna incursión en el punk como una “Is it better” que sonó especialmente furiosa, precediendo al mencionado “Substitute”, que fue un remate de faena realmente inteligente. Nadie, nadie, quedó escéptico ante semejante despliegue de guitarras, juventud y actitud rock. Un rock del que hemos certificado la muerte ya varias veces, pero joder, se niega a quedarse en el hoyo.
Fotos Sharp Pins: Susana Godoy

