Qué le vamos a hacer. El rock, tal como lo conocimos, es, aunque nos empeñemos en no reconocerlo, un dinosaurio agonizante que interesa únicamente a quien lo vivió de primera mano cuando aún coleaba su halo transgresor (años ochenta, noventa, primeros dosmiles incluso). Tal vez por eso una banda tan consagrada y preservativa del espíritu primigenio de este rollo como son los suecos The Soundtrack Of Our Lives sólo consiguió convocar medio aforo en una sala de por sí no muy grande – La discoteca Moon Valencia, en la calle San Vicente Mártir- integrado por un público que, en su mayoría, ya no iba a cumplir los 45 nunca más.
Pero no nos pongamos pesimistas. Al fin y al cabo estas cosas son ley de vida. Y lo bueno aquí es la actitud, tanto de los de abajo como de los de arriba del escenario. De eso fuimos sobrados: si la supervivencia del rock depende del entusiasmo de quien la administra, desde luego, a vista de lo que pudimos vivir y sentir ese puñado de pelos canosos, teñidos, calvas, permanentes y extensiones, queda mucho para que exhale su último aliento.

Allí éramos los suficientes y estos gigantones suecos, comandados por esa especie de inmenso gurú nórdico llamado Ebbot Lundberg, uno de los mejores frontmen que una banda de rock and roll haya tenido jamás, lo sabían perfectamente. Son una banda que nunca ha dado su brazo a torcer: están en esto porque les gusta, por el placer de electrificarse cada noche a base de riffs de guitarra, melodías infinitas y subidones intensos de volumen que estallan en tu cara. Son hermanos, tanto entre ellos como de su público. Y tratan a la familia como se merece, dándole una caña que nadie más les dará en mucho tiempo.
Calentar el ambiente para algo así es difícil, pero los suecos escogieron bien: Spiders es una potente banda sueca originaria de Gotemburgo, formada en 2012 y liderada por la carismática vocalista Ann-Sofie Hoyles, que se destaca como uno de los nombres más relevantes del resurgir del rock escandinavo. Tienen ese toque glam, garajero y con briznas de psicodelia que conecta directamente con los cabezas de cartel y que es completamente adecuado para jalear a un público que, aunque especialmente escaso a esa hora, agradece enormemente el entusiasmo que despliegan canciones como “Love yourself to death”.

Y con la anticipación tan bien caldeada, poco rato tuvimos que esperar para que el sexteto sueco, sonriente y entusiasta, accediera al escenario. Primero los cinco que empuñan instrumento y, un poco después, a modo de ceremonia, esa especie de sumo sacerdote gigantón y con cara de parranda infinita que es Ebbot, ataviado con una de sus ya clásicas túnicas y un vistoso collar de flores, que despertó el más cariñoso de los saludos por parte de una afición que enseguida iba a recibir lo que esperaba.
Sin dilaciones ni demasiados saludos protocolarios los seis arrancaron tirando de sus orígenes: “Mantra slider” y “Fermament vacation”, dos robustas piezas de su primer álbum como The Soundtrack Of Our Lives, Welcome To The Infant Freebase, sirvieron de cañonazo de salida para un show que, amigas y amigos, ya os digo que se quedará en la cabeza y el alma de los presentes durante mucho, mucho tiempo.

Y es que, ¡cómo tocan!. Con todo el cuerpo, con toda el ansia del mundo. Ebbot se desgañita, Martin Hederos agita su flequillo mientras toca el teclado como si le fuera la vida en ello, igual que Mattias Barjed maltrata su guitarra como si ya estuviera en los bises, o esa especie de Keith Moon nórdico que es Fredrick Sandsten machaca los parches de su kit de batería haciendo que todo estalle por los aires de una manera a la que nadie está demasiado acostumbrado, puesto que esto, decididamente, no es algo que se vea todos los días.
The Soundtrack Of Our Lives son ya una banda intermitente, que ya no crea nada y vive de rentas, de girar de vez en cuando y arrasar festivales, pero cuando lo hacen se aseguran de capturar toda su esencia. No hacen prisioneros. Aquí se viene a lo que se viene, ellos a dar y la gente, a recibir. Recibir canciones tan infinitas como “Mind the gap”, “Confrontation camp” o la preciosa “Broken imaginary camp”. Muchas de ellas, como esta última, empiezan con tempo relajado, de forma muy melódica, pero en seguida, sin necesidad de acelerar nada, cobran tal intensidad que se convierten en rock. Un rock que deberíamos escribir así: ROCK. En mayúsculas.

El repaso por la discografía del sexteto es realmente completo: si bien álbumes clásicos como Behind The Music (2001) reciben tratamiento preferente, prácticamente ninguno de los demás resulta olvidado. Suenan “Galaxy gramophone”, “Grand Canaria”, “Instan repeater ’96”, “You are the beginning” o, por supuesto, la cadena de hits que forman “Nevermore”, “Bigtime”, “Second life replay” o las siempre imprescindibles “Sister surround” y “21st century rip off”, que hacen botar hasta al más matusalén de la sala.
La energía que desprende esta gente desde el escenario es harina de otro costal, como decía: no puede compararse a nada que uno haya visto, aunque quizás haya cosas que has visto con una intensidad similar. Hablo de personalidad. Son tan insólitos todos ellos por separado (cada uno, un personaje, no sólo Ebbot) que juntos dan forma a una rara avis que transmite algo muy genuino, que era eso que solía transmitir la música rock cuando era relevante y que parecemos haber olvidado. Ellos nos lo recuerdan con toda contundencia. La banda termina su set con dos bises: “Independent luxury” y “The passover”. Y ya nada importa realmente, si el rock ha muerto, si está vivo, si tú estás vivo… nada, porque todo lo que importa es que aquí y ahora, lo que has vivido es una experiencia de tal intensidad que todo lo demás, se puede ir al carajo.
Fotos The Soundtrack Of Our Lives: Susana Godoy













