¿Quién lo iba a decir? Es muy probable que tanto Amelia Fletcher como Rob Pursey, los dos vértices de Heavenly, tuvieran muy pocas expectativas con esta reunión. Al fin y al cabo son ya 30 años desde el último disco de la banda. No me cabe la menor duda de que ambos andan desconcertados con tanta expectación como ha despertado tanto la gira mundial anunciada (y que recaba en España en pocos días), como el disco que nos ocupa.
Corría 1996. El cuarto disco de la banda, Operation Heavenly, acababa de llegar a las tiendas. Y entonces, el mazazo. Matthew Fletcher, batería y hermano de la vocalista se quitaba la vida con tan sólo 25 años. Matthew era un elemento integrador, básico para el sonido y espíritu de la banda y el efecto de este hecho fue tan devastador que ni siquiera con un disco recién publicado por presentar el resto de integrantes de Heavenly banda se planteó seguir. Al menos bajo el mismo nombre.
Durante un tiempo intentaron reflotar como Marine Research, pero no era lo mismo. Aunque sus miembros jamás dejaron el ámbito cultural o musical (Rob y Amelia con The Tender Trap o Catenary Wires, Peter Momtchiloff como editor o Cathy Rogers en la televisión) sí que es cierto que la herida era demasiado profunda como plantear un retorno de la banda sin tener a Matthew sentado detrás, el mero hecho de pensar en ello era totalmente absurdo.
Pero el destino es caprichoso y planeó que en 2023, coincidiendo con la reedición de sus cuatro primeros discos y el libro que sobre su mítica discográfica, Sarah Records, acababa de publicarse, la banda se reuniera para dar un par de conciertos en el Bush Hall londinense. A eso se unió el hecho de Ian Button que el batería de la banda de Rob y Amelia, los reivindicables The Catenary Wires, sí que respondía a las expectativas. De alguna forma, entendía a la perfección el concepto que había detrás de Heavenly. Y también, supongo, treinta años son un período más que suficiente para que ciertas heridas cicatricen.
Con todo eso en marcha, además, el fenómeno tik-tok y las redes sociales se encargaron de que todo aquello del twee pop, de Sarah Records o las letras feministas aplicadas al anarco-pop, conectaran de una forma totalmente inesperada con la generación Z. Algo que terminó de convencer a los cuatro miembros originales, con el añadido de Ian Button, de que era plausible volver a meterse en un estudio y generar entre todos algo nuevo. El problema es que estas cosas, después de tanto tiempo, pueden ser un quiero y no puedo.
Pero no: la consecuencia de toda esa alineación de planetas es de todo menos una simple e insulsa maniobra nostálgica. Highway To Heavenly, publicado el pasado febrero por el sello fletado por Rob y Amelia, Skep Wax, es todo lo que cabría esperar de una banda cuyos cuatro primeros discos son algo así como una enciclopedia del indie pop. No sólo vuelven a sonar como en los buenos tiempos, parecen una versión mejorada.
De hecho, hay quien podría decir que estamos ante su mejor álbum. Aunque eso es prematuro, bien es cierto que estas canciones tienen, a la vez que una chispeante combinación de pop, punk y fina ironía lírica, cierto grado de madurez que las hace cobrar una enjundia que quizás los discos que la primera versión de Heavenly no tenían. Desde “Scene stealing”, canción que abre este trabajo y de la cual, por cierto, la banda ha hecho una versión en castellano que encontrarán en streaming, queda plenamente probado que su encanto sigue intacto, como el primer día.
El pop burbujeante y las letras desinhibidas aciertan de pleno en canciones tan inmediatas como “Portland town”, “Press return” o “Excuse me”. Rápidas, urgentes, ácidas y hechas con un entusiasmo que uno raramente espera de gente que ya está en su sexta década de vida. Y no, repito, no es como si no hubiera pasado el tiempo, es mejor. Dudo que unos chavales de 25 años puedan ser tan certeros como ellos lo son en la disco-friendly “A different beat”, la dulce “The neverseen” o esa sentida oda a la pérdida y la ausencia que es “The last day”.
Con ella cierran un álbum al que no deberíamos llamar retorno, porque no lo merece. Es una continuación de la historia, como si no hubieran pasado 30 años, como si este disco hubiera estado en barbecho desde el día siguiente al que se publicó el anterior. Y no justifica las expectativas. Las supera. Ahora, a ver si en directo suenan igual de bien. Seguro que sí.













