La escena electrónica oscura, por utilizar una etiqueta genérica que sirva perfectamente para saber a lo que me refiero, goza de un estado de salud muy bueno. A las crecientes incorporaciones a carteles de macro-festivales alejados de dicho sonido como las habituales de Carpenter Brut o Perturbator, habría que añadir la creación de otros festivales más pequeños especializados en estos sonidos o la creciente popularidad entre audiencia y artistas de proyectos como HEALTH.
Dentro de este marco encaja perfectamente Priest, la banda sueca que nos visitaba por estas tierras con motivos de su gira europea. Sin ser para nada su propuesta algo que podríamos denominar como masivo, lo cierto es que el hecho de contar en sus filas con ex – componentes de los celebérrimos Ghost les permitió contar con una atención inicial que, más tarde, se vio reforzada por una carrera discográfica lo suficientemente sólida.
Y es que no sería desatinado afirmar que Priest vendrían a ser una versión cyberpunk y underground de la que fuera su banda madre en origen con un enfoque, eso sí, decididamente electropop. Su parafernalia, sin ser tan llamativa como la de Ghost, sí que conlleva una estética basada en outfits enmascarados a medio camino entre un giallo italiano y un carnaval veneciano, compartida por cierto, con la del cantante de los entretenidos y acordes teloneros Dead Lights.

Su carisma escénico, manifestado en su plenitud a través de su frontman Mercury, permitió meterse al público en el bolsillo desde el inicio de su actuación con la inapelable “The Pit”, arranque de su ópera prima, New Flesh (17), trabajo que compartió protagonismo con su último largo hasta la fecha, Dark Pulse (24).
Construido a través de un sonido nítido a la par que potente, el recorrido de los suecos no dejó ningún recoveco de su trayectoria sin representación, ya fuera desde coqueteos recientes con el breakbeat más ácido (“Wolrd in a wire”, “My Lonely Heart”, ambas de su recientísimo Chaos EP (25)) pasando por clásicos más cercanos a su alma synthpop tan los primeros Depeche Mode (“Neuromancer”, “The Cross”), hasta llegar a su veta más EBM (“Just a game”, “Your Devil” y, en general, el tono más sharpy de sus últimas composiciones) y sin olvidar los puntuales coqueteos entre el darksynth y el synthwave (“A signal in the noise” y “Beacon of light” sirve como perfecto balance entre ambos polos).

Por lo general, cabría destacar por encima de todo una ganancia de músculo y presencia de las canciones con respecto a su enlatado en estudio, lo que lejos de una carencia, siempre se convierte en una virtud del potencial real de una banda; potencial que estalló del todo con un trepidante fin de fiesta con la exuberancia de “Vaudeville”, broche a una velada que supo a triunfo.
Fotos Priest: Fernando del Río














