Lo llevan en la sangre. Si, como dijo Brian Eno, todos los que compraron el disco del plátano de The Velvet Underground acabaron formando una banda, los miembros de The Standby Connection, directamente, cayeron en la marmita, cual Obélix, de ese caldo de cultivo que representó la ópera prima de Lou Reed y compañía para el rock alternativo. Un tipo de sonido urbano, seco, eléctrico y profundamente poético que ha ido pasando de mano en mano hasta llegar a nuestros días, en que se mantiene saludable gracias al hacer de bandas como ésta, que sigue cultivando una pasión que nunca muere.
Lo demuestra este disco homónimo que edita ahora la disquera catalana No Alohan Records y que lleva por cubierta una fotografía (obra de Juan A. Pardo) de un edificio brutalista. Como siempre, el hormigón, el blanco y negro, el sonido silencioso de la ciudad. Uno podría decir que parece Nueva York, pero no, se trata de Valencia, una ciudad que guarda pocas similitudes con la gran manzana, pero que perfectamente puede servir de inspiración para unas canciones que parecen hechas al otro lado del océano.
The Standby Connection, la banda, nació de las cenizas de otra. Su nombre era Polar, y durante los últimos años del pasado siglo, representó el papel de ser uno de los pilares de la escena alternativa en la ciudad del Turia. Teloneros casi obligatorios de muchos de los artistas relevantes que se pasaban a tocar por allí y con un cancionero lo suficientemente potente como para que su nombre aún hoy resuene. Con un cambio de nombre por medio, varios de los integrantes de Polar se convirtieron en la banda de la que ahora hablamos y que recogió el testigo de su buen hacer.
Así, Miguel Matallín, Jesús Sáez, Paco Grande y Ramón Manzaneda se unieron para seguir dando rienda suelta al amor que tienen en común por todos aquellos viejos discos de The Dream Syndicate, Sonic Youth, Luna, Galaxie 500, Modern Lovers, Feelies y un largo etcétera que pueblan las estanterías de sus casas y que sirven de influencia a un sonido que elaboran en sinergia y que, sin desatender todas esas influencias, tiene una marcada personalidad, como demuestran las 11 canciones que aquí nos presentan.
Estas canciones se mueven entre melodías nítidas y ensoñadoras, medios tiempos y pildorazos pop en los que el verdadero motor son las guitarras: profundas, magnéticas e hipnóticas, dialogando en un cruce de cables que evoca de inmediato el pulso de antihéroes de las seis cuerdas como Lou Reed, Sterling Morrison, Lee Ranaldo o Tom Verlaine. Desde el arranque con «2024» hasta la clausura con «My Friends», el minutaje muerde y reconforta a partes iguales.
La gran joya de la corona llega a la altura del ecuador con «MB», una pista que cuenta con la participación estelar de Dean Wareham metiendo guitarras y Britta Phillips en los coros, elevando el tema a una categoría de ensueño eléctrico. El disco se ha cocinado a fuego lento en un itinerario de estudios locales de la mano de técnicos como Xavi Muñoz, Sergio Devece y Carlos Ortigosa , para acabar rematando la faena en el prestigioso Chicago Mastering Service bajo la mano de Matthew Barnhart.
Al final, este álbum de The Standby Connection no busca inventar la rueda del indie rock, ni mucho menos, sino recordar por qué nos enamoramos de ella en primer lugar. Es un artefacto impecablemente hecho que esquiva la nostalgia barata para reivindicar la vigencia de las guitarras con alma, convirtiendo el legado de los Velvets y el slowcore en un refugio de resistencia frente a la deshumanización de la era streaming. Con su publicación fijada para este 12 de junio de 2026, las 200 copias en vinilo negro que pone en circulación No Aloha Records huelen a objeto de culto instantáneo: un disco nocturno, magnético y necesario para cualquiera que siga creyendo en el poder redentor de las canciones hechas con el corazón.















