El tercer álbum de Noémi Büchi puede entenderse como un nuevo piso dentro de una arquitectura en construcción que va adquiriendo forma de edificio complejo, con múltiples ángulos y capas de lectura. Exuvie hay que considerarlo un trabajo conceptual en la línea habitual de lo que acostumbra a ofrecer la franco-suiza, ya que es donde mejor plantea esa continua exploración de la relación entre lo material y lo mental.
Ahora da un paso más en la evolución de sus ideas con el desplazamiento parcial de su interés por la transformación del cuerpo —que había funcionado como eje central en su anterior Does It Still Matter (-OUS, 2024)—. Su propuesta material sigue asentándose en las posibilidades de la electrónica experimental sin renunciar a ciertos cimientos heredados del clasicismo. Estos funcionan aquí como una presencia subyacente más que como referencia explícita, como si la deconstrucción de esas influencias produjera el efecto de aglutinar la estructura musical con lo puramente sensorial en un único lenguaje.
El resultado se asoma como una contenida mutación sonora, donde lo orgánico y lo artificial conviven en un espacio de ambigüedad constante. Puede percibirse cierta atmósfera de desasosiego, aunque esa densidad parece ser aquí un objetivo deliberado. La sensación de la escucha se ve atravesada por reminiscencias vocales puntuales que, aunque emergen como elementos humanos, terminan integrándose en esa misma masa sonora de corte inquietante.
Y es que esa acumulación de capas y texturas es la que sostiene que la convicción de que lo artificial puede adquirir cualidades orgánicas capaces de construir y deshacer al mismo tiempo un camino hacia un final que Büchi parece estar continuamente tanteando.













