Conciertos

¿Quién decide lo que vemos? La dificultad de fotografiar conciertos

Son cerca de las seis de la tarde. El sol cae sobre la explanada del Espacio Iberdrola y la sensación térmica supera los cuarenta grados. Es sábado, la última jornada del Mad Cool. Mientras el público busca un hueco frente al escenario principal, nosotros revisamos el equipo y comprobamos por última vez las tarjetas de memoria. En mi caso, el ritual dura poco. Tengo suerte. Soy el más novato de todos los presentes en la fotografía de conciertos y eso también significa cargar menos peso: apenas una cámara y dos objetivos, un 35 mm y un 85 mm.

En unos minutos tenemos acceso al foso para fotografiar a Jalen Ngonda. Todavía no lo sabemos, pero será la última vez que muchos crucemos esas vallas en todo el día. Después llegarán The Black Crowes, Nick Cave & The Bad Seeds y Pulp. Casi ninguno volveremos a fotografiar desde allí.

La noticia nos la comunica el equipo de prensa del festival. Para Nick Cave solo podrán acceder diez fotógrafos. Los elegidos, además, tendrán que trabajar desde un lateral. Con David Byrne solo podrán acceder cinco. Pulp directamente no permitirá entrar a nadie. The Black Crowes sí, pero únicamente desde el Front of House, la plataforma de sonido situada a unos veinte metros del escenario. Con un 85 mm aquello es casi un ejercicio de fe, pero cualquier fotografía parece mejor que ninguna. Hasta que nos llega un nuevo mensaje: «Hoy también hay muchas restricciones«. Donde antes podían entrar todos los fotógrafos acreditados para el concierto de The Black Crowes, ahora solo pasarán tres.

Aquello no fue una excepción. Fue la rutina de los cuatro días que duró el festival.

—¿Sabes que Halsey no deja entrar a nadie?

—Sí, igual que Swimming Paul.

—¿Has entrado en la lista para Kings of Leon o A Perfect Circle?

—Qué va, tío…

Las conversaciones se repetían una y otra vez. Igual que las restricciones. Lorde solo permitía el acceso a cuatro fotógrafos. Renée Rapp no autorizaba ninguno. Lo mismo ocurría con Florence + The Machine o Zara Larsson. Después estaban quienes sí permitían realizar el trabajo, pero obligaban a esperar una validación antes de publicar las imágenes. Fue el caso de The Blaze. Mientras escribo estas líneas, con la crónica ya publicada, todavía seguimos esperando un correo que confirme si podremos utilizar las fotografías que hicimos.

El problema va mucho más allá de perder una foto. Con cada nueva restricción, con cada lista diezmada y con cada negativa arbitraria, la ilusión va dejando paso a la resignación. El fotógrafo deja de pensar en hacer buenas fotografías y empieza a pensar en si le dejarán hacer alguna. Y esa es la pregunta que me acompañó durante todo el festival: ¿quién decide realmente lo que vemos?

De todos los artistas del cartel hubo uno que me dolió especialmente: Foo Fighters. No porque me quedara fuera. Esta vez había conseguido entrar en la lista de los medios seleccionados. Lo que no esperaba era el contrato que llegó a nuestro correo unas horas antes del concierto:

«Reconozco que vosotros seréis los propietarios de todos los derechos sobre las Fotografías, incluidos todos los derechos de autor sobre las mismas. En consecuencia, cedo, transfiero y asigno irrevocablemente a vuestro favor todos mis derechos, títulos e intereses sobre las Fotografías en todo el mundo y con carácter perpetuo…»

«Acepto que tendréis derecho a explotar total o parcialmente las Fotografías en cualquier medio existente actualmente o que pueda desarrollarse en el futuro […] sin necesidad de obtener mi consentimiento adicional ni de abonarme compensación económica alguna. Entiendo que haréis esfuerzos razonables para incluir, cuando sea posible, el correspondiente crédito fotográfico

Lo leí dos veces. A la tercera ya sabía que no iba a firmarlo.

Llevo más de siete años escribiendo para distintos medios. Nunca he estado dispuesto a renunciar a la autoría de mis textos. Ahora que también llevo una cámara para acompañar mis propias crónicas, esa frontera sigue estando en el mismo sitio. Por suerte, cuando comuniqué mi decisión a Muzikalia, no solo la respetaron desde el primer momento, sino que además trasladaron el contrato a la PAM (Periodistas Asociados de Música) para ponerlo en conocimiento de la asociación.

Y aquí conviene hacer una aclaración. Yo no soy fotógrafo profesional. Nunca me he presentado como tal ni pretendo ocupar el lugar de quienes llevan décadas dedicándose a este oficio. Soy periodista de prensa escrita y hace poco más de dos años empecé a hacer fotografías para acompañar mis coberturas porque también soy aficionado a la fotografía. Precisamente por eso esta reflexión no pretende hablar en nombre de los fotógrafos. Pretende hablar de un problema que afecta al periodismo musical en su conjunto.

Mientras yo aprendía dónde colocarme en un foso, a mi alrededor trabajaban profesionales que llevaban media vida haciendo exactamente eso. Fotógrafos que habían recorrido festivales por toda Europa, publicado en algunos de los mejores medios y construido una trayectoria admirable. Sin embargo, cuando llegaba un nuevo correo con restricciones, la experiencia dejaba de importar. Todos esperábamos la misma autorización. Todos podíamos quedarnos fuera por una decisión que podía cambiar de una hora para otra. Y, cuando llegaba la autorización, si es que llegaba, todos nos encontrábamos con un contrato como el expuesto anteriormente.

Sería injusto convertir esto en una pataleta contra el Mad Cool. Durante las cuatro jornadas vi al equipo de prensa del festival hacer todo lo posible por facilitarnos el trabajo. Avisaban de cada cambio de opinión de las bandas, negociaban cuando aparecía un nuevo veto de la nada e intentaban que el golpe fuera lo menos duro posible, incluso pidiendo perdón por decisiones que no estaban en su mano. El problema no nace en los despachos de la organización. Ellos tampoco imponen estas reglas; de hecho, las sufren y las pagan igual que nosotros, lidiando con las exigencias de los artistas tanto para sus fotógrafos contratados como para la gestión diaria de un evento de esta escala. Lo verdaderamente preocupante era que esas órdenes llegaban blindadas e innegociables desde los equipos de management, las agencias internacionales y los propios músicos.

El cada vez más habitual veto a los fotógrafos en conciertos

Un problema que va mucho más allá de un festival y que vemos repetirse una y otra vez desde hace años. Mientras se celebraba el Mad Cool, Bruno Mars tomó la misma decisión. “Permítanme empezar por algo ajeno a lo musical. Bruno Mars prohibió la entrada a fotoperiodistas al estadio. No es algo nuevo. Ocurrió en recitales celebrados en España de Harry Styles, Beyoncé, Sabrina Carpenter o Rosalía. (…) A cambio, el equipo del artista proporciona imágenes a los medios. La consecuencia es que no permiten desarrollar su trabajo a los fotógrafos profesionales. Y el perjudicado no es otro que el lector, al que se le priva de información de calidad del medio al que está subscrito. Una derivada más que surge en el caso de Bruno Mars: estas imágenes controladas y aprobadas por el músico las envían “24 horas después del concierto”. Mientras, las redes sociales se llenan de vídeos y fotografías del recital captadas a tiempo real por los asistentes. Difícil de entender”. Así comienza la crónica de Carlos Marcos en El País.

No son casos aislados, lo vivimos cada poco tiempo. Hace apenas un mes, mi compañero Fernando del Río acudió a cubrir el concierto de Pennywise en La Riviera. Como es habitual, fotografió las tres primeras canciones desde el foso. Hasta ese momento, las condiciones de la acreditación eran las de siempre: terminado ese tiempo, los fotógrafos podían guardar el equipo y permanecer en la sala como público acreditado. Sin embargo, al finalizar la tercera canción, la producción comunicó, por sorpresa, que todos debían abandonar el recinto. Entre ellos había varios compañeros que, además de hacer las fotografías como él, eran también los encargados de escribir la crónica para sus respectivos medios. El resultado fue que algunos conciertos se quedaron sin cobertura, no porque faltaran periodistas, sino porque las condiciones cambiaron cuando ya era imposible decidir si aceptarlas o no.

Siempre ha habido normas de convivencia. La vieja regla de «las tres primeras canciones y sin flash» forma parte del folclore de los directos y puede llegar a tener una lógica técnica y de respeto al artista, discutible también. Pero lo que estamos viviendo de unos años para acá es un cambio de paradigma radical y bastante más siniestro. Ahora los despachos deciden cuántos ojos tienen derecho a mirar, desde qué esquina exacta se nos permite hacerlo, si el resultado supera la validación previa de su equipo de marketing o si, directamente, el fruto de nuestro trabajo pasa a ser propiedad gratuita de una multinacional a cambio del privilegio de haberles hecho una foto.

Y quizá me sorprenda especialmente porque vengo del periodismo escrito. Después de años entrevistando a músicos, tengo la sensación de que hoy resulta bastante más sencillo sentarse media hora a hablar con algunos de los artistas que pasaron por el Mad Cool que conseguir permiso para fotografiarlos durante tres canciones. Es una paradoja difícil de explicar. Puedes preguntarles por su nuevo disco, por sus miedos o por su carrera. Lo complicado empieza cuando intentas documentar su concierto. Durante años el control se ejercía sobre las palabras. Hoy, en un mundo cada vez más visual, se ejerce sobre las imágenes.

No sé si somos del todo conscientes de lo que eso significa. La fotografía nunca ha sido neutral. Siempre ha construido un relato. Pero cuando ese relato deja de depender de una mirada periodística e independiente y pasa a estar condicionado por intereses comerciales y de comunicación, dejamos de hablar únicamente de fotografía. Entramos en el terreno del simulacro. Y, entonces, la respuesta a la pregunta del principio deja de ser incómoda para convertirse en evidente: ya no basta con controlar el escenario; también se intenta controlar cómo será recordado.

Foto Pixies en Mad Cool: Víctor Terrazas

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