Adam Green (Sala El Sol – Inverfest) Madrid 04/02/26
Entradas agotadas desde hacía días, expectación nerviosa en la calle Jardines y esa sensación previa que solo aparece cuando sabes que no vas a ver un concierto cualquiera, vas a ver algo grande. Dentro, la sala El Sol se iba poniendo hasta arriba de fans de toda la vida, los que crecieron con el romanticismo torcido y el humor absurdo y naif de Adam Green, o los que llegamos a él con el mítico y genial Friends of Mine (Rough Trade 2003) – del que hubo una generosa representación en el setlist – mezclados con un público nuevo, curioso y joven. Respetable variado, transversal y completamente entregado incluso antes de que sonara una sola nota. Inverfest sabe lo que hace en cuanto a programación.
Abrió la noche su amigo Turner Cody & The Soldiers of Love, que no es que fueran presentados casi como de tapadillo, es que directamente no estaban anunciados en ninguna parte, algo que – desgraciadamente – se repite últimamente en bastantes conciertos con los teloneros.
Pero el neoyorkino, tranquilo e impasible, agarró una de sus guitarras y se dispuso a dar un concierto en la tradición del folk y el country norteamericano, mezclado con rock y electricidad. Jugaba con la confianza del que entra en casa ajena con las llaves prestadas. No es casual, compartía casi la misma banda de acompañamiento que Adam Green.
El barbudo cumplió con creces, no fue un simple telonero, su folk de autor, la voz grave y esas guitarras entrelazándose con el teclado, dejaron el ambiente dispuesto. Temas como: “We Need Each Other”, o “Recognize a Friend” hicieron el resto.
Cuando Adam Green aparece en escena no “entra”, ocupa todo, sonríe, mira al público como a viejos amigos y, sin demasiadas ceremonias, se adueña del escenario con esa combinación tan suya de ternura punk, carisma desbordante y una fragilidad aparente que parece a punto de hacerlo caer… pero que lo sostiene hasta en todo momento; y eso fue lo que hizo en El Sol.

Violín incluido en la formación, detalle nada menor, aportando ese tono entre lo circense y lo melancólico marca de la casa, retrotrayéndonos en algunos temas al recuerdo de The Pogues en directo. Arrancó con “Intro (Gallop)”, en plan advertencia de que esto iba a ir rápido y sin frenos y de inmediato cayeron “If You Want Me To” y “Blackout”, que funcionaron como un golpe de optimismo y amor directo al pecho.
El bolo (una hora clavada) fue breve en duración, pero intensísimo en emociones. Green no necesita alargarse, va directo al grano como los Ramones (paisanos suyos), puede que, en apariencia, no comparta estilo, pero sí esa inmediatez punk y la economía de minutaje en las canciones.
Canciones como “Falling Around” de su último trabajo; Chop Off Heads with Me (Average Cabbage Records 2026), “Emily”, “Cigarette” o “Gemstones” se fueron encadenando con naturalidad, alternando melancolía y ese humor suyo que parece un chiste privado, pero que lo acaba compartiendo con casi cuatrocientas personas.

Uno de los momentos más sentidos llegó poco después que la inevitable “Friends of Mine”, con dos canciones en formato acústico, bajando revoluciones y subiendo cercanía, tomando Adam una vieja guitarra Danelectro, con los controles totalmente destrozados, por cierto. “Bluebirds” y “Popcorn Town” dejaron la sala en un silencio sepulcral (y mira que es difícil eso) con Green demostrando que, cuando quiere, puede desnudar una canción con sinceridad y sin atisbo de bromas en este caso.
Y sí, hubo guiño a su pasado, una canción de su primer grupo, The Moldy Peaches (“Dowloading Porn”) recibida como lo que fue, un pequeño regalo para los fieles, un tren directo a los años del anti-folk, cuando todo parecía más torpe, más sucio o libre, si se quiere. La recta final fue un desmadre glorioso con canciones como “Novotel”, o la preciosa y triste a la vez “We’re Not Supposed to Be Lovers”, cantada a pleno pulmón por toda la sala y empujando el concierto a punto de no retorno.

Para ese entonces ya había ocurrido lo inevitable, Adam Green se había lanzado al público, literalmente. Crowdsurfing sin impostura, como quien confía ciegamente en su gente. Algo parecido a esos ridículos ejercicios de confianza corporativos de algunas empresas, solo que aquí la confianza era real, había canciones, bebidas y ningún jefe mirando.
El cierre fue directamente demencial y precioso: “Buddy Bradley”, “Carolina” y “Jessica” como detonantes finales, con Green tal y como estuvo todo el concierto; chocando manos, tocando al público, dibujando sonrisas y borrando por completo la barrera entre escenario y sala, con la sensación constante de que el suelo no importa demasiado. El epilogo y lo que debieran haber sido los dos temas de encore, se enlazaron rápidamente, transformando “Drugs” y “Dance With Me” en risas y músicos mezclados con asistentes y El Sol convertido en un salón compartido, una fiesta sin jerarquías.

Puede que Green no ofrezca conciertos perfectos, de hecho, hubo una equivocación en el setlist, presentando una canción que no era (lo que provocó bromas parte de la noche) o alguna entrada a destiempo con miradas cómplices entre la banda. Pero en una época obsesionada con el control, la excelencia y demás zarandajas, el bueno de Adam nos recuerda por qué nos enamoramos de la música; porque conecta, rompe barreras, porque una canción nos recuerda a esa persona…porque durante una hora te hace sentir parte de algo grande.
El pasado miércoles en Madrid Adam Green volvió a demostrar que el amor entre artista y público existe. Y que, cuando es recíproco, eso puede acabar con todo el mundo subido a un escenario cantando como si fuera el último día de sus vidas. Y eso, amigos, no ocurre todos los días.
Fotos Adam Green + Turner Cody & The Soldiers of Love: Fernando del Río

