Hay algo muy honesto en el camino que Carlos Pereiro ha decidido emprender tras dar carpetazo definitivo a Novedades Carminha. Si su debut homónimo fue una un efervescente e imaginativo mosaico donde cabían el funk más elegante, la cumbia o la electrónica de verbena ilustrada, este Universo Paralelo (2026) funciona como un necesario regreso hacia las texturas más guitarreras de sus orígenes. Lejos de acomodarse en una fórmula de pop bailable que le daba grandes resultados, el compostelano parece hacer aquí uso de todo lo aprendido por el camino para, sin olvidar la fiesta, apretar las tuercas a base de electricidad y sinergia de banda.
El disco late con una pulsión que remite incluso a la crudeza noventera de la escudería alternativa o shoegaze. No es casualidad que las líneas de bajo y determinadas tensiones rítmicas miren de reojo el legado de Sonic Youth o The Breeders. En cortes como “Familia S.L.”, el gallego desabrocha una crudeza inédita en su cancionero en solitario, firmando una de sus entregas más viscerales. Como bien confesaba el propio artista en la reciente conversación que mantuvimos en esta revista —donde admitía estar experimentando sensaciones creativas que no le habían sucedido con sus anteriores entregas—, el proceso de concepción de este álbum ha respondido a la pura necesidad de encontrar un espacio propio, desmarcado de las expectativas de la industria y firmemente dirigido al pulso del directo.
Esa búsqueda de identidad no diluye, afortunadamente, su innata capacidad para tejer alianzas provechosas. Pero las colaboraciones aquí se integran de un modo mucho más orgánico y menos efectista que en el pasado. El aire apesadumbrado pero infeccioso de “Podría ser peor”, apuntalado por la guitarra y la presencia cómplice de Leiva, convive a la perfección con la delicadeza melódica de “Problemas”, donde las voces de Dear Joanne aportan un contrapunto magnético. Lo que en manos de otro creador podría haber resultado un pastiche inconexo, bajo la batuta de Carlangas se transforma en un trayecto muy coherente que dibuja una suerte de cartografía emocional tan desencantada como a la vez, vigorizante.
Resulta fascinante comprobar cómo conviven la ironía marca de la casa y la vulnerabilidad más descarnada en temas como “Gran Vía” o “DNI”. Es ahí donde se percibe el verdadero triunfo de Universo Paralelo: el equilibrio exacto entre la acidez del cronista urbano y el peso específico de las vivencias que dejan cicatriz. Las canciones ya no buscan únicamente la gratificación instantánea del sudor y la pista de baile, sino que aspiran a perdurar a través de un armazón de pop clásico, envuelto en un celofán de distorsión elegante y tempos perfectamente medidos, con mención especial a esa preciosidad de corte intimista y ritmo sugerente que cierra el álbum y lleva un título tan resolutivo como “Lo quiero todo”.
En resumidas cuentas, Carlangas ha esquivado aquí con mucha solvencia el peligro de acomodarse y convertirse en un artista predecible. Demuestra, una vez más, que es capaz de cambiar de piel todas las veces que haga falta sin perder un ápice de personalidad. Al volcarse en este sonido más áspero, directo y guitarrero, entrega el que probablemente sea su trabajo más sólido y complejo hasta la fecha. Una obra personal que exige escuchas atentas para desentrañar todas sus capas y que, sobre todo, consolida a su autor como un creador indispensable para entender el estado de salud de nuestro rock actual. Hay vida inteligente más allá del confort de la pista de baile, y este disco es la prueba irrefutable de ello. Hay Carlangas para mucho, mucho rato.





















