La música de Jerkcurb (alias de Jacob Read) ha sido toda una revelación. Una delicia de disco para los que se dejan engatusar por memorables canciones pop. Este es el segundo trabajo de Read -el anterior, de hace seis años ya, se titulaba Air Con Eden-, y a la pregunta típica del porqué de este amplio lapso de tiempo sin saber nada de él, comenta que, curiosamente, han sido años de mucha producción: que si disco con su banda Horsey hasta publicar dos epés junto a la banda de punk Findom, pasando por la creación de una línea de moda y experimentar aún más su maestría como productor.
Jacob es hijo de artistas. Su madre es ilustradora y su padre, fallecido a consecuencia del COVID, era pintor. Los padres se conocieron en EE.UU. aunque pronto se afincaron en Londres debido a la enfermedad paterna cuyo coste elevado era inviable por aquellos lares. Así pues el mundo en el que se ha rodeado Jerkcurb está marcado por el arte, y esa sensibilidad queda prendada en sus canciones, y en las hermosas portadas de sus discos, que, huelga decirlo, se ha encargado él mismo de diseñar y pintar: en esta, de tonalidades azuladas, podemos ver una estampa naturalista, nocturna, y que es como un remanso de paz. Puro escapismo como su música.
Las canciones son preciosas. La inicial es una melodía sustentada por arreglos orquestales que remiten al romanticismo de Richard Hawley en donde la voz de nuestro protagonista llena todos los espacios. Las secuencias orquestales y con toques prog inoculan un dulce veneno en “Death Valley Morning Dew”, y los Prefab Sprout se dan cita en otra de las cimas del álbum, “Hungry”.
Los recovecos intimistas y nocturnos cercan la melodía comatosa de “Loss Dub” -con excelentes arreglos de caja de ritmos, y unos aires a la fantasmagoría de Angelo Badalamenti-, la perfección en la balada mecida por las cuerdas de una acústica y aires psicodélicos dan buena cuenta de su poder en “Help You”, mientras que para el final de este magnético disco, “Oh No”, un piano nos introduce en las vaivenes de unas armonías que tiene mucho de una Joni Mitchell abstracta con brotes de apasionamiento.













