Micah P. Hinson performing Trompe Le Monde´ – Heineken (Madrid)

Llevo toda la semana intentando hacerme una mínima idea de cómo el Trompe Le Monde de los Pixies (1991), tan visceral y salvaje, podía encontrar cabida dentro un artista con composiciones tan sobrias como las de Micah P. Hinson. Va a tener que escupir rabia por el micrófono, pensaba. Y después de un accidente como el que sufrieron él y su banda de acompañamiento (los grandes Tachenko), las dudas sobre su estado de forma quedaban en el aire. Pues señores, el disco pedía guerra y Micah se la dio.

Una gran sección de música surf amenizó el comienzo del esperado espectáculo (inicialmente montado para el 26 de julio) mientras que esos ligeros acordes me hacían recordar que el verano ya había acabado y por fin comenzaban los conciertos en salas, el frío y la gente vestida de forma elegante y no a base de chanclas brasileñas. Pasados veinte minutos de rigor salían a escena cuatro maños y un tejano (parece un chiste), sujetando este último su delgado brazo izquierdo con un cabestrillo azul.

Después de unas pequeñas complicaciones para poner en orden su micro, saltan a la palestra las guitarras de Sergio Vinadé y Sebas Puente. Suenan perfectas, claras y ligeramente sucias a la vez. Sólo con oír la intro de la canción que abre el disco, la homónima “Trompe Le Monde”, te das cuenta de la clase de esta banda, mucho más que una formación de acompañamiento.  Y es después de este fogonazo cuando entra la voz nerviosa y violenta que el tejano ha elegido para lidiar con este clásico, escondida detrás de un micrófono reverberizado y unas partituras que no dejará de leer en todo el show. Estos dos detalles, inicialmente secundarios, se llegarían a convertir en esenciales para el devenir del espectáculo.

La salvaje “Planet of Sound” se hace aún más salvaje en la figura de desgarbado Hinson. La imagen que tenía concebida de este cantautor de voz profunda se ha difuminado por completo, a través de una serie de alaridos y poses escénicas más propias de un Johnny Rotten. Al dar entrada a “Alec Eiffel”, el público celebra con gozo uno de los grandes éxitos del disco. Y ahí está otra vez el chico de las gafas blancas centrando las miradas del gentío (casi llena la sala con nombre de cerveza) peleándose con el atril para pasar las letras de las canciones cual mal estudiante del rock. Si tan enamorado estaba del Trompe, ¿cómo necesita tirar de chuleta para todos y cada uno de los temas? El uso excesivo de este aparatoso sistema está ensombreciendo la actuación. Menos mal que la banda lo está bordando.

En “The Sad Punk”, su vena punkarra sale más que nunca a escena. Mientras su brazo tocado agarra el micro, el sano parece que se va a desprender del hombro. Y llega el “Head On”, versión de los no menos míticos Jesus And Mary Chain. Es aquí cuando Sergio Vinadé comienza a soltarse y se embriaga del trastornó transitorio que está poseyendo al norteamericano esta noche. Eduardo Baos al bajo hace ya mucho tiempo que  se despojó de cualquier atadura y disfruta como ninguno de la contundencia del álbum de los de Boston. Siguen  “U-Mass”, “Palace to The Brine”, “Letter to Memphis”, grandes composiciones que suenan perfectas, pero creo que algunos comienzan a hacerse la misma pregunta que me hice yo, ¿va a soltar el reverb y dejar de disimular su voz a base de distorsión? Sí que lo hizo, pero en los bises, una vez acabado “The Navajo Know”, tema que cierra el disco. Una de las grandezas que contiene el LP de Frank Black reside en su riqueza vocal, muy alejada del tono monocorde y saturado que eligió Micah P. Hinson para esta noche. Una elección errónea, sin duda, que bajó el nivel de la actuación.

Para los bises ya estaba avisado, y sabía que desplegaría algunos temas de su discografía, circunstancia que haría de buen contrapunto a un contundente concierto. Parece que por fin ha decidido soltar su juguete y cantar con esa voz rocosa y sobre todo impropia de aquel chaval que con 24 años sacara una obra tan espléndida como P. Hinson and the Gospel of Progress. Una “Take off that dress of me” electrificada para el directo abre la veda para poder catar al gran Micah P. Hinson en estado puro, pero la voz no quiso acompañarle en esta pequeña aventura. La versión de “Our Darkness” de su amigo Richard Hawley intentó mejorar lo anterior, pero se le resistía, decidiendo rematar el bis con su ultra country “Diggin a Grave”, acelerándola hasta la locura.

Pero el artista norteamericano tiene aires de genio y así lo demostró cuando volvió a salir a escena cual llanero solitario en busca del todo o nada, y afrontó a capela una descomunal “Drift Off To Sleep”, como diciendo a su acólitos, por muy destrozado que esté, nunca dudéis de mi. Un grande sin duda.

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