Es importante hablar del quinto disco de un músico ya veterano, con una carrera envidiable como batería, letrista y cofundador de una de las bandas más importantes nacidas y criadas en la capital cordobesa, Estirpe, junto al malogrado MART. Y es incluso relevante, porque a Javier Estévez, el artista en cuestión, le han sucedido muchas y variadas cosas a lo largo de su trayectoria en solitario, y todas o al menos un buen número de ellas ha dejado esparcidas entre los surcos de sus trabajos. Siempre con un perfil bajo, sin hacer demasiado ruido pero sin dejar que su voz se apague nunca, incrustándose en la memoria de unos seguidores fieles que ven reflejadas vivencias, avatares y desvaríos existenciales en las letras de unas canciones entregadas a la resistencia emocional casi desde el primer minuto de su concepción. El proyecto al que encomienda sus sentimientos se llama Subtónica y repite producción y comandos con Javier González, encargado de los arreglos vocales, y un grande que poca gente sabe que lo es: Pachi García Alis, responsable de una carrera igual de discreta pero repleta de momentos brillantes.
En los cuarteles generales de Úbeda y Baeza –plazas ya suficientemente atractivas para quedarse a vivir en ellas por tiempo indefinida- y con la maquinaria requerida para la ocasión aunaron esfuerzos y reformaron el material para redondear Salvarnos, un álbum en el que recupera parte del pulso rock del que adolecía su producción como solista, eso sí, camuflado de banda y amparado en un proyecto grupal del que sigue siendo responsable absoluto.
Hay que hablar de canciones por encima de todo, y aquí hay unas cuantas reseñables. No sólo por el hecho de que parezcan planteadas desde un prisma conceptual y resuman una temática común, que no es otra que la de la incomunicación y la incapacidad del ser humano para protegerse del desarraigo emocional al que nos somete una sociedad donde la empatía y los sentimientos de comunidad empiezan a brillar por su ausencia. Esa necesidad de pausa, de análisis interior y recuperación de la identidad perdida es el motor que empuja piezas como la noventera “La belleza de ser normal”, en la que suena la guitarra de su hijo Gael (por cierto, una bonita forma de hacer cantera), o “Líneas rojas”, inundada de teclados y con esa falsa nostalgia que incorpora en la melodía.
Pero la lucidez de Estévez toca techo en la exuberante “Jueces en Berlín”, el detonante del mensaje global, en la que desata una crítica en toda regla, entonada de forma casi dramática, contra la transitoriedad de la belleza y el estatismo que todo lo desocupa. Sin renunciar a los medios tiempos habituales, más cercanos al pop estandarizado, de “Brindemos muy alto” y “Cuando todo arde”, el epílogo y reposo necesarios, se encomienda a pequeños himnos de urgencia como “Bajo el suelo” o a la potencia no exenta de conciencia de “Y si diluvia”, y exhibe el consabido músculo roquero en “Es hora de cambiar”. Otra vez poniéndonos a todos y al mundo en general en estado de alerta ante lo que se viene, extrayendo conclusiones certeras en “Para creer que estamos muertos” y advirtiendo que sólo a través de la concienciación, la observación descreída y el diálogo podremos encontrar algo de alivio, porque la solución definitiva se antoja más que dudosa.
Subtónica continúa siendo algo más que un proyecto alternativo a la personalidad multidisciplinar de su líder. Investigador, catedrático y coordinador del Aula de Rock y Cultura Underground de la Universidad de Córdoba, además de impulsor de diversos proyectos educativos y activista en el ámbito del cambio climático (Poetas Por El Clima es un colectivo dedicado a promover la acción ciudadana en ese ámbito), el caso de este músico vocacional es todo un ejemplo de amor por la música y las canciones que se encuentran en cualquier rincón de nuestra mente. El corazón ya lo pone él.


















