“Bryan Small quizá no sea tan conocido como Steve Earle, Mike Ness o Lucinda Williams, pero tiene algunas canciones tan buenas como las de ellos (…) The Hangmen no sólo es una de nuestras bandas favoritas de culto… es una de nuestras bandas favoritas, a secas”. Las líneas escritas a continuación intentarán hacer justicia a una formación tan colosal como la que nos ocupa (y a su eterno estado de gracia escénico), pero será difícil expresarlo con la precisión con que Javi Diesel lo hizo mediante este par de sencillas frases. Las espetó con ardorosa convicción durante la actuación telonera de The Diesel Dogs, instantes antes del trueno que se llevaría por delante la Sala El Sol.
A veces resulta complicado admitir, incluso advertir, nuestra indulgencia con las trayectorias dilatadas de las bandas que más nos importan. Un exceso de cariño, y hasta de sentimiento de deuda, nos empuja a mirar con generosidad sus inevitables declives, lo que no pocas veces redunda en un estado de acomodamiento y peligrosa autocomplacencia, tanto del artista como del propio admirador. The Hangmen difícilmente podrían encajar menos con esta descripción. Ya en giras anteriores evidenciaron un estado de forma insultante y una vigencia plena, hasta el punto de transmitir la sensación de estar igual o mejor que en sus inolvidables primeras visitas a nuestro país en los albores del nuevo siglo. Y álbumes como Cactusville (19) o Stories To Tell (23), que tal vez no epaten de primeras como sus deslumbrantes primeras obras, poseen un recorrido y una diversidad de matices que, con paciencia, revelan a una banda en permanente plenitud.
La singularidad de su carrera, especialmente de sus inicios, también ayuda a explicar esta inusual conservación. Formados en Los Ángeles a mediados de los 80’s, se descolgaron con un debut homónimo en 1989 que ya era una maravillosa anomalía. Mucho más oscuro, subversivo y anticomercial de lo que las compañías y medios pretendían potenciar en esa era de efervescencia hard-rockera, el disco se quedaría, obviamente, a años luz en términos de popularidad de los lanzamientos más icónicos de aquella época, pero también sentaría las bases musicales y actitudinales, de cara al futuro, de Bryan Small y los suyos. Ese puñetazo en la mesa llegó, tras una década de los 90’s de aparente ostracismo, con el sobresaliente Metallic IOU (00), el disco que sublima todas las virtudes apuntadas once años atrás, expande registros sonoros y legitima ya, por sí solo, a The Hangmen como una de las mejores bandas desconocidas del planeta. Fue a partir de entonces cuando el grupo se consolidó y comenzó a publicar con regularidad. Y, tras sus exitosas giras españolas, cuando cimentó su condición de especie protegida entre sus fans, de tesoro a cuidar.
En esta ocasión no había disco que presentar, pero la expectación en la citada sala madrileña era muy alta. Los citados The Diesel Dogs, por cierto, y más allá de su puntería hablando de The Hangmen, ofrecieron un aperitivo muy estimulante. De origen madrileño y con mucho gusto a la hora de componer temas con gancho y sensibilidad, lucieron un buen tono de principio a fin, por encima de la media en este tipo de coyunturas. Muy dotados para la melodía, destacaron canciones como “Stay Gold” o “The Year John Ford Saved My Life”, título éste, además de magnífico, muy acorde al espíritu a contracorriente tanto de la banda principal como de ellos mismos. Tras ellos, los de California ocuparon sus posiciones, abrieron fuego con “Broken Heartland”, notable apertura de su último álbum, y, casi desde los primeros acordes, no necesitaron mucho más para obrar nuevamente el milagro e impartir otro clinic sobre el arte de conservar espíritu y colmillo, de saber envejecer.

Más afable que de costumbre y alimentando la sinergia con las enfervorizadas primeras filas, Small, que empezó con camisa y chaqueta y acabo despojándose de todo, visiblemente afectado por el voltaje generalizado de la actuación, paseó en todo momento su estampa de siniestro predicador underground de la América profunda con mucho estilo. Y mordiente, sobre todo. Fueron, de hecho, sus canciones más primerizas las que descollaron en el arranque. Esa explosiva combinación de glam, punk y romanticismo de cloaca que las distinguen tuvieron una impecable defensa sobre las tablas con “Loners, Junkies & Liquor Stores”, “Broke, Drunk And Stoned” o la hipnótica “Rotten Sunday” y su inolvidable riff asesino, que terminó ya de poner al público en órbita.
“Real Blues”, flamante tema recién estrenado, no desentonó en mitad de esta lluvia de meteoritos, lo que tiene mérito. Con “Downtown”, superlativa composición que condensa todas las virtudes de estos músicos, fue cuando la actuación si cabe metió una marcha más en términos de intensidad y entusiasmo, de capacidad de contagio, y ya hasta el final secuestraría a todos los allí presentes, atónitos hasta la circunstancia de que una banda, cuarenta años después de su gestación, parezca mejor cada vez que la ves, más engrasada, rotunda y talentosa. Ya no sólo sorteando el declive, sino en insólita tendencia alcista. Destacar también el extraordinario sonido de la sala de principio a fin, tanto en ecualización y nitidez como en volumen, y que no sólo no empañó el resultado como por desgracia es frecuente, sino que si cabe lo potenció. “Bent”, a continuación, y tal vez lo más cercano que hayan estado nunca de tener un hit, fue modélica en su progresión y en su capacidad evocadora, un medio tiempo de hard-rock con tintes de música de raíces verdaderamente soberbio.
Esa inclinación hacia el espectro de sonidos del rock americano que se percibiría en su segunda entrega y, en mayor o menor medida, continuaría en las demás marcó el siguiente tramo, que tuvo algo menos de colmillo, más pausa y sutileza y prácticamente la misma calidad. Ahí se enlazaron “Railroad Man”, “Bayou Moon” y “Man In Black’s Hand”, con unos Jimmy James (guitarra) y Angelique Congleton (bajo) sumamente inspirados y dotando de mucho sabor y empaque a las canciones. Curioso el momento en el que Small subió a uno de los integrantes de su comitiva de gira para tocar el cencerro. La incendiaria “Coal Mine”, a renglón seguido, recuperaría el vértigo y la ferocidad para rematar con “Russian Roulette”, extraordinaria versión de The Lords Of The New Church, y donde unos asistentes en su mayoría obnubilados tal vez alcanzaran su punto de máxima ebullición.

Un generoso bis, donde destacó la espléndida “Walking In The Woods”, puso el broche a una excelsa velada. Mención especial, obviamente, para “Blood Red”, con un superlativo trabajo de batería de Jorge E. Disguster, y desde luego una de sus canciones más memorables. Abría aquel reivindicable Loteria (04), y quizá la escasa incidencia en el setlist de ese disco pueda desconcertar, pero desde luego habla bien de la cantidad de material de alto nivel que The Hangmen puede permitirse obviar en sus repertorios. Señal de grupo grande, siempre ha sido así. Y más con conciertos como éste, donde uno sale con ganas de pinchar sus discos, lucir sus camisetas y sentirse, si fuera posible, aún un poco más orgulloso de ser fan de una banda así.
Fotos The Hangmen + The Diesel Dogs: Pedro Rubio















