De las bandas que a finales de los setenta y principios de los ochenta encarnaron la quintaesencia del post-punk hubo muchas, pero las hubieron sin suerte como es el caso de The Monochrome Set. El grupo liderado desde sus comienzos por Ganesh «Bid» Seshadri ha pasado por diferentes idas y venidas, aunque después de varias separaciones llevan un tiempo en el sello Tapete entregando notables discos bajo la más absoluta indiferencia del respetable, aunque su insobornable independencia nos hace pensar que poco les preocupa. Para ellos no es nuevo esto de que no les hagan demasiado caso, y al final han quedado como un grupo de culto seguido por acérrimos seguidores que en su día disfrutaron de grandes trabajos como Strange Boutique (1980), Love Zombies (1980) o Eligible Bachelors (1982) -se dice, se comenta, que Johnny Marr se encandiló de ellos gracias a la colección de discos de Morrissey-, y que, pasados los años, ven con orgullo como su legado es reivindicado por grupos como Franz Ferdinand o Graham Coxon.
Y siguen muy vivos los londinenses, y en estos últimos años están entregando grandes discos al que se viene a unir este excelente Lotus Bridge (Tapete, 2026). Pop de cadencias psicodélicas que ensalzan su poso folkie sin dejar de lado las texturas sonoras tan sofisticadas.
En la web del sello Bid comenta que para este disco se dejó llevar, en lo lírico, por sus sueños frecuentes: «Me parecía, mientras escribía estas letras, que toda esta historia era una metáfora de una civilización en ruinas, y sobre si la dejaría atrás si se me diera esa oportunidad. El otro lado del puente representa lo que parece ser un futuro desconocido que se me pide aceptar sin explicación, y las otras canciones representan un viaje de regreso al pasado y, a veces, una (re)evaluación alegórica del mismo. Creo que logré mantener un hilo narrativo cercano en las letras, y deliberadamente mantuve las estructuras musicales subyacentes en un tempo y tonalidad similares. Incluso la poesía antigua es atemporal, si trata sobre experiencias personales.». Música que tiene unas robustas raíces en el pasado, pero que a la vez tiene un poso de atemporalidad que es capaz de proyectarse al futuro con la cabeza bien alta.
Las guitarras voluptuosas y la orquestación dan cuerpo a joyas como “Diaphanous”, ciertos ecos a los primeros The Smiths alumbran preciosas canciones de infalibles estribillos trenzando voces con Alice Healey en “Jenny Greenlocks”, un órgano y unas guitarras saltarinas dan cuerpo a los ritmos vigorosos que alumbra “Athanatoi” que me recuerda a The Soft Boys, un hammond acolcha los acordes urgentes de “Leander”, y en la última canción del lote, “Our Sweet Souls”, se recrean en un medio tiempo de tonalidades claroscuras que, a bien seguro, Paddy McAloon daría su bendición. De nuevo, un gran regreso.














