Hijos de la diáspora, de las guerras civiles y del extremismo religioso. Muchos músicos tuareg crecieron en campamentos de refugiados entre Argelia, Malí, Libia o Burkina Faso; otros, en familias nómadas donde el pastoreo y el comercio dictaban el ritmo de vida. En esa franja entre el Sahel y el Sáhara, la guitarra eléctrica dejó de ser un objeto importado para convertirse en una herramienta de identidad. No se trataba de replicar el rock occidental, sino de adaptarlo y domesticarlo a una realidad atravesada por el desplazamiento, la pérdida y la necesidad de reconstrucción de un mundo que, como las dunas, está en constante movimiento.
De esa semilla nace el desert blues o, como ellos mismos lo nombran, Tishoumaren. El término proviene del francés chômeur (desempleado) y durante años sirvió para definir a toda una generación. Más allá de la etiqueta, lo relevante es cómo ese lenguaje traduce el rock a un contexto tuareg desde la forma musical, basado en la repetición, desarrollos circulares y una clara dimensión coral en la voz. Sus canciones no buscan tanto el clímax o el estribillo pop, sino la permanencia y la narración. Un estado de trance que remite a tradiciones centenarias como las de The Master Musicians of Jajouka.

En el origen de esta tradición contemporánea, asentada desde la década de los ochenta, se sitúa Tinariwen, cuya trayectoria condensa buena parte de la historia reciente del pueblo tuareg. Liderados por Ibrahim Ag Alhabib, marcado desde la infancia por la violencia de la rebelión de 1963 en Malí, el grupo comenzó a tocar en campamentos de refugiados antes de pasar por la Legión Islámica de Muammar Gaddafi, donde tuvieron acceso a instrumentos y referencias externas. Desde entonces, su evolución ha ido en paralelo a la del propio género, convirtiendo sus canciones en un espacio de memoria, odas a su tierra y sobre todo de resistencia.
Su regreso a Madrid después de más de una década llegaba, además, en un momento concreto. El pasado 13 de marzo publicaban Hoggar, que vuelve a poner el foco en las formas más esenciales de su sonido, reforzando esa idea de comunidad, repetición y raíz que atraviesa toda su trayectoria. Con ese punto de partida, la cita en la Sala But, con el cartel de sold out colgado desde días antes, se entendía como una extensión de este nuevo material. Había ganas, más aún tras el recital de Bombino hace dos años o la cancelación de Mdou Moctar en diciembre de 2024.

El concierto, de noventa minutos y alrededor de dieciséis temas, confirmó esa idea. Tinariwen no plantea sus directos desde la acumulación de momentos, sino desde la construcción de una continuidad. El arranque con “Alkhar Dessouf”, “Imidiwan Takyadan”, tema en el que colaboran con José González, con quien hablamos hace poco sobre la influencia de estas sonoridades en sus últimos trabajos, y “Le Chant des Fauves” estableció un patrón claro. Las guitarras funcionan como capas que se van entrelazando sin imponerse unas sobre otras, mientras las voces desarrollan estructuras de llamada y respuesta que refuerzan la dimensión colectiva. No hay una jerarquía evidente, sino una distribución del protagonismo que remite a su origen comunitario. De ahí que el septeto intercambiara vocalistas o que, en ciertos momentos, algunos miembros entraran o salieran del escenario según lo pedía cada tema.
En comparación con otros nombres actuales del género, como Bombino, a cuyo concierto acudimos en noviembre de 2024, donde el peso recae en la guitarra y su capacidad para generar clímax, Tinariwen desplaza el eje hacia la repetición y la coralidad del canto. El trance, que en ambos casos aparece, no se alcanza por aceleración o virtuosismo, sino por insistencia.

Esa lógica marcó un concierto que fue de menos a más, aunque sin rupturas bruscas. El público, lejos de exigir picos de intensidad, se integró en esa dinámica de movimiento sostenido; incluso las explosiones de percusión, las palmas o el baile, tanto por parte de los músicos como de los asistentes, se sentían como parte de un mismo flujo, totalmente integradas. En ese contexto aparecían las ululaciones (esas que Sabrina Carpenter criticaba hace apenas unos días), que surgían al terminar las canciones a modo de celebración y que, sin buscarlo, lograban engrandecer el ambiente.
En la recta final, temas como “Tahalamot” y “Assàwt” elevaron la intensidad dentro de ese mismo marco, mientras que “Soixante Trois” funcionó como uno de los puntos más significativos del repertorio. El título, que remite al levantamiento tuareg de 1963 en Malí, conecta directamente con esa dimensión histórica que atraviesa toda su música.

Puede que se echara en falta la presencia de canciones más reconocibles como “Nànnuflày” o “Toumast Tincha”, sobre todo en los últimos compases. Aun así, la lógica que planteaba Tinariwen, mantener un estado, se cumplió. Y es ahí donde todo vuelve a su origen. Porque, al final, lo que ocurrió en la Sala But no fue tan distinto de lo que sucede desde hace décadas en medio del desierto: un grupo de voces, unas guitarras y la necesidad de seguir contando una historia que, aunque cambie de escenario, sigue representando a un pueblo.
Fotos Tinariwen: Víctor Terrazas
















