La frecuencia de MIKI no habla de canciones, habla de capítulos. De episodios clausurados, de precuelas emocionales, de personajes que mueren para que otros aprendan a caminar.
ZERO no es un disco que busque argumentos; es un artefacto de transición, una grieta entre lo que ya no funciona y lo que todavía no sabe nombrarse. No hay nostalgia cómoda ni manifiesto generacional escrito con plumón negro; hay ruido, folk, pop sin pedir perdón, punk filtrado por sintetizadores y una sensación constante de estar soltando lastre mientras el barco sigue avanzando.
Hablamos con MIKI de su disco llamado ZERO, donde ya marcó un punto de no retorno. Ya no suena a lo que hacía hace dos años. Ya no quiere sonar como nadie más. Y en un ecosistema saturado de música clónica y complaciente, es más que una evolución.
«Hay que soltar lo que piense la ‘escena’ del rock en México»
Cuando estabas creando ZERO, ¿hubo un momento en el que te diste cuenta de que el disco no solo hablaba de lo que habías vivido, sino de algo que todavía no entendías de ti mismo? ¿Qué descubrimiento te tomó por sorpresa?
Siempre que escribo trato de no hacerlo demasiado personal, con excepción de un par de rolas que sí están en el disco. Intento involucrar experiencias u opiniones de otras personas; que no sea 100% mío, porque siento que, si no, puede caer en algo demasiado íntimo. MIKI es la morrita de las portadas de los singles y del disco, así que, al final de cuentas, las canciones cuentan la historia de MIKI. Yo escribo muy literal: todas mis canciones son directas, no hay mucho que descifrar. Pero a veces las escribo por cualquier razón y los morros o las morras les dan un significado que ni yo había visto. Dejo que las hagan suyas y las interpreten como quieran. Eso es lo bonito de la música: yo escribo, pero tal vez para otra persona escribí otra cosa. Al mismo tiempo estoy contando la historia de MIKI, escribiendo para mí y narrando lo que pasa alrededor.
Todo artista tiene una sombra que intenta esconder y otra que está desesperada por salir. ¿Cuál de tus sombras se escucha más fuerte en ZERO… y cuál decidiste no dejar entrar al disco?
Creo que la sombra que más quiso salir fue la de “soltar”. Soltar lo que piense, y lo digo entre comillas, la escena del rock en México. Eso pasa mucho dentro del rock; el típico “eso no es rock”, “eso cómo va a ser”, “solo son sintetizadores”, “eso es pop”. Y sí, al final sí es mucho de eso. Tratamos de mezclar todos esos géneros. Quise soltar y plasmar todo lo que escucho y todo lo que soy. Hay rolas con folk, con sintetizadores, con beats. Hay una que se llama “Cambia de actitud”, que es súper punk, pero más bien punk británico. Metí todo lo que me gusta. La sombra que no salió en ZERO es que todavía no me siento cómodo, o no siento que lo haga bien, al menos desde mi percepción, con las barras más rapeadas, más habladas. Esa es la sombra oscura que aún no me permito explorar del todo. Todo lo demás sí está ahí: la sombra de no querer quedar bien ni con la escena, ni con el rock, ni con nadie, y simplemente hacer las rolas que nos gustan. Eso fue muy divertido y de ahí salió este disco.
En el proceso creativo, ¿hubo alguna canción que te costara emocionalmente porque sentías que estabas siendo “desmedidamente honesto”? ¿Qué te obligó a cruzar ese umbral y dejarla en el disco?
Hay dos canciones. Una es “Un minuto”, que es una rolita pop, tranquila, la más calmada del disco. Es muy personal y habla del autoperdón: de esa fase en la que ya pediste perdón a los demás, pero la pregunta es: «¿Cuándo te perdonas tú?». Esa fue complicada de escribir; mientras la hacía, pensaba en situaciones muy específicas. La otra es “Solo”. Son dos rolas que escribí de mí para mí. Cuando hablo más directamente de mí, esas canciones son las más difíciles.
Después de terminar ZERO, ¿sentiste que algo dentro de ti se cerró… o que algo apenas comenzaba? ¿Fue una despedida, un renacimiento o una reconciliación contigo mismo?
Es un limbo entre ambas cosas. ZERO no es el “UNO” todavía; siento que es una introducción a lo que viene. Es como si hubiéramos matado al MIKI viejito, todo lo que veníamos haciendo, y empezáramos uno nuevo. A la vez, siento que apenas va a comenzar todo. Me gusta verlo como un anime: ZERO sería la precuela antes de la primera temporada. Con este disco le dijimos a la gente: ya no sonamos como hace dos años, ahora vamos por aquí, este es el sonido que queremos que nos represente. Siento que fue la introducción perfecta para que en el segundo disco podamos amarrarlo todo mucho mejor y que la gente empiece a decir: “esto suena a MIKI”.
Cuando escuchas ZERO a solas; sin fans, sin prensa,sin staff, ¿qué parte te incomoda porque te recuerda algo que aún no superas?
Más que recuerdos, lo que me incomoda son detalles de producción. Me pasa que escucho una rola tiempo después y pienso: “le hubiera subido aquí”, “le hubiera movido allá”. Son cosas minúsculas, no algo emocional. Creo que siempre que escribo algo es porque ya está sanado o cerrado. La canción ya no es la herida, es el capítulo. Yo veo la música como una serie: cada rola es un episodio, como Black Mirror. Cada capítulo cuenta una historia distinta y listo. Así veo lo que estamos haciendo ahora.
Si te vieras desde fuera, como si fueras un personaje de Black Mirror, escrito por alguien más, ¿cuál dirías que es tu conflicto principal como artista?
Encontrarme. Ese es el conflicto central, tanto mío como del proyecto de MIKI. A veces pasan cosas en tu vida que no entiendes, y para entenderlas también tienes que entender a los demás. Encontrarte a ti, encontrar a la gente, encontrar tu lugar en un mundo donde sale música todos los días. Hallar tu personalidad, tu genuinidad. Mi meta es ser una referencia, pero ¿cómo vas a serlo si suenas a alguien más? Ese proceso de encontrarte es el conflicto principal; como persona, como artista, como compositor y como productor. Es lo más difícil, pero siento que va avanzando bien.
Cuando compones, ¿qué te guía más: el ritmo, la narrativa emocional o la intuición del productor que piensa en atmósferas?
La producción, 100%. Es lo que más disfruto. Cuando ya está la rola escrita y entramos a jugar con sonidos, sintetizadores, saturaciones, bajos directos, ahí es donde me río y la paso bien. La mezcla la sufro, la composición también tiene su peso, pero producir es lo que más he disfrutado este último año, justo después de tocar en vivo, que siempre será lo número uno.
¿Crees que existe un espíritu emocional que conecta a la generación actual con la del emo de los 2000, o es una sensibilidad completamente nueva?
Creo que sí conecta, pero depende mucho del receptor. Nos ha tocado abrirle a bandas como Insight o Thermo y siempre hay gente que conecta, que se acerca, que escucha. A partir de cierta edad es más complicado escuchar música nueva, sobre todo dentro de este género híbrido que estamos creando. No digo que no pase, solo es más difícil. Vivimos en un circulito, pero a la vez entramos y salimos de él. Estamos en un momento donde no hay reglas, y eso es lo más bonito. Imagínate hacer el mismo género toda la vida… yo no podría. Estoy disfrutando mucho esta etapa.


















