Algunos conciertos se relatan como quien vuelve de una batalla, con la camiseta sudada, los oídos zumbando y la sensación de estar allí todavía, por muchas horas que pasen. Lo del pasado viernes en La Riviera fue algo así: hubo mucha celebración popular, algo de “verbena” (atendiendo a la acepción positiva de la palabra) punk y el sentir general de estar ante un capítulo importante en la vida de Biznaga.
Como hubiera dicho Rajoy: dos sold out consecutivos en Madrid en una sala como La Riviera no son cosa menor o, dicho de otra manera, son cosa mayor. Máxime si hablamos de una banda de sus características, levantada desde la independencia y la constancia, también de The Holy Cobra Society, management y promotora de sus conciertos. Como quien dice, sin padrinos, pero con un ejército popular.
Abrieron Amor Líquido y lo hicieron con ese nervio que solo da la juventud y la falta de red de seguridad que esta otorga. Hubo problemas técnicos al inicio, cosas del directo, que a veces muerde, pero en cuanto se recompusieron, aquello comenzó a rodar muy bien.
Venían a defender su debut homónimo en La Castanya (2024) y dejaron claro que hay relevo generacional con temas como “A ver quién miente más”, “Me quedo contigo” o “La chica que me gusta”. Tienen parroquia fiel, a juzgar por las primeras filas entregadas y las letras coreadas, y dejaron esa sensación de estar viendo una banda en plena eclosión.

Y llegó la hora. Sin más dilación que la justa, tras el necesario recordatorio político previo, coherente con su discurso, en el que cedieron el escenario al Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, que lo abordaron con una pancarta para recordarnos, entre otras muchas cosas, que el avance hacia una sociedad más justa se consigue a base de unión y moviéndose. Terminaron su pequeño discurso con un “¡Vivan los sindicatos de inquilinas y viva Biznaga! ¡Madrid nos pertenece!”.
Y entonces, los que tomaron esta vez el escenario fueron Biznaga y lo convirtieron en una maquinaria precisa, de esas en las que cada pieza cumple su función sin aspavientos y sin liderazgos individuales: Álvaro García (voz y guitarra), Jorge Navarro (bajo), Milky (batería) y Torete (guitarra) funcionan como un engranaje donde nadie destaca por encima, porque precisamente ahí reside su fuerza: en esa idea de comunidad a la que no solo cantan, también ejecutan.

Arrancaron con “El futuro sobre plano” (¡Ahora! BMG/Montgrí 2024), como quien abre una puerta a patadas, ayudados de un sonido apabullante y una puesta en escena totalmente cautivadora. Le siguieron “Imaginación política” y “Las afinidades eléctricas”, ambas también del mismo disco, dejando claras las bases de lo que iba a ser el concierto. Sí, hay más melodía y más trabajo en los arreglos de guitarras, así como en la base rítmica y en las líneas de bajo, pero lo afilado de su sonido y lírica sigue intacto. “Espejos de caos” y “Agenda 2030” terminaron de dibujar ese nuevo cancionero que presentaron en 2024 y que ya no es promesa.
Apenas hubo paradas. “Divino fracaso”, de su primer LP, Centro Dramático Nacional (2014), apareció como ese fantasma que se presenta en una vieja mansión para recordarte quién eres, antes de encadenar “Contra mi generación” y “Domingo especialmente triste”, dos cortes de Bremen no existe (Montgrí 2022) que no han perdido ni un ápice de vigencia; más bien al contrario.

“Benzodiazepinas” cayó un poco como un jarro de agua fría en mitad del pogo, haciendo que este se contuviera, seguida de “Mediocridad y confort” y “Una ciudad cualquiera”, que volvieron a poner la tensión en todo lo alto. Ya no quedaba nadie a salvo: la sala entera estaba dentro, entregada, convertida en un coro y un cuerpo en movimiento.
Y entonces, encarando la recta final, todo se convirtió en algo casi litúrgico. “2K20”, “Ocupar el AHORA” y “Líneas de sombra” fueron encadenándose como capítulos perfectos de un mismo libro, ese que está escribiendo el cuarteto a base de bolos y entrega con los suyos.
“Espíritu del 92” fue uno de esos momentos que, a buen seguro, se van a convertir en parte del imaginario de Biznaga en directo: la aparición de Covi (con ese “Emo sido engañados” sobre el pecho) y Curro Gigantes convirtió la nostalgia olímpica en un esperpento crítico marca de la casa. Valle-Inclán, si levantara la cabeza, igual pedía entrar en el pogo.

Y claro, la inevitable (y ahora más que nunca necesaria) “Madrid nos pertenece”. Aquí la sala ya no era sala; más bien podría haber sido una plaza tomada. Un himno generacional que se canta con rabia y con cariño, como quien defiende bailando lo poco, o nada, que queda de una capital tomada por las grandes corporaciones y marcas.
La sala, de manera espontánea, empezó a corear aquello de “Madrid será la tumba del fascismo”, en una de esas escenas donde la música y la calle se confunden sin necesidad de dar explicación. En ese contexto, el gesto de Milky, sacando una bandera de Acción Antifascista, terminó de dejar claro lo evidente: Biznaga, aunque combativos y comprometidos, no son panfletarios en sus letras, pero tampoco se esconden en directo. Ahí su posicionamiento no admite segundas lecturas y se expresa con la claridad de quien no necesita ser críptico. “La gran renuncia” y “El entusiasmo” cerraron el concierto con ese aire entre combativo y emocional que define a Biznaga, constatando una vez más que su épica no es grandilocuente: es épica de barrio y de resistencia diaria.

En lo sonoro, todo funcionó con precisión y a prueba de bombas. En la puesta en escena, la banda ha dado un salto evidente: un escenario con flores en el frontal (sorpresa: no eran biznagas típicas de Málaga), cuerdas marineras recorriéndolo todo, el gran cartel de “¡AHORA!” presidiendo como una consigna más y telones con juegos de luces ideados para resaltarlo todo.
Y aquí merece la pena pararse un momento, porque hay detalles que suman. Si bien es cierto que cada uno tuvo palabras de agradecimiento, fue Milky quien detuvo el concierto en una ocasión para pedir “ruido” (reconocimiento) a todos y cada uno de los que trabajan en las sombras de Biznaga, haciendo posible ese escenario, sonido, etc. Un detalle humano que refuerza esa idea de colectivo que atraviesa todo lo que hace la banda.
En La Riviera, el viernes, hubo música, sí, pero también comunidad, conciencia y un motín emocional. Biznaga no solo tocaron: arrasaron, y lo hicieron sin perder el norte, porque no es poca hazaña juntar tanta verdad en hora y media sin caer en lo repetitivo. Biznaga nos pertenece: a ti y a mí.
Fotos Biznaga + Amor Líquido: Fernando del Río


















