The Delines, ese grupo familiar estadounidense liderado por Willy Vautlin (Richmond Fontaine) y Amy Boone, no han esperado ni un año para darle un sucesor a su fantástico Mr Luck & Mrs. Doom (Decor, 2025). Parece ser que el nuevo álbum, The Set Up, nace a partir de algunos descartes de su anterior trabajo. Temas que fueron desechados por, parece ser, resultar demasiado sombríos y sus personajes demasiado maltrechos. Algo sorprendente, teniendo en cuenta que los paisajes sombríos y los personajes maltrechos representan prácticamente el 100% de su discografía hasta la fecha.
Bueno, escuchado el disco no hay tanta diferencia salvo una que es bastante importante. Aquellas historias de gente descarriada que tan bien se le dan a Vautlin eran más o menos inventadas, fruto de su díscola imaginación. Las del nuevo disco, según su autor, nacen de su propia experiencia en la carretera durante la última gira. Esos Estados Unidos escondidos que solo aparecen en alguna película indie: gente normal viviendo en caravanas, familias bien que lo pierden todo ante una situación complicada, rateros de poca monta intentando el golpe que les saque de la pobreza, enfermedades mentales, el azote de las drogas que en los últimos años está siendo brutal… Todo ello sirvió como inspiración a algunos de los nuevos temas.
A pesar de ser esa la fuente de inspiración, y de la capacidad de Willy Vautlin para tejer historias a partir de personajes descarriados, son varias las canciones totalmente instrumentales y algunas más las que cuentan con un recitado sencillo de Amy Boone. Del resto, destacar temas como “Can you get me out of Phoenix”, con su habitual historia de estafadores y daños colaterales, o una “The reckless life” que habla de adicciones. Canciones como “Keep the shades down” suena bellísima hasta que te fijas en la letra. Nada nuevo, eso es algo habitual en The Delines y también su mayor atractivo: la susurrante pero firme voz de Boone cantando sobre una desgracia tras otra.
Hay una especie de suite titulada “The set up”, dividida en tres partes, que le da cierta vertebración al disco. Su parte central puede recordar a una versión lo-fi de alguna banda sonora de blaxploitation. Básicamente por el sonido, aunque esas temáticas de perdedores, delincuentes de poca monta y aspirantes a alguien que se pierden por el camino siempre han estado bien presentes en las canciones de The Delines. Forman parte de su ADN artístico. Y seguimos sin cansarnos de escucharlas, sobre todo cuando el envoltorio musical con el que nos las entregan es, una vez más, exquisito. El contraste de esa maravilla sonora con sus dolorosas letras, tantos discos después, ya no sorprende pero sigue resultando impactante.

















