MONO

MONO – Snowdrop (Temporary Residence Ltd.)

Todavía recuerdo la primera vez que vi en directo a MONO. Corría el año 2010 y un bonito y redentor viaje me llevó hasta Bilbao para disfrutarlos en la Sala Santana, enclavada en un polígono industrial de la ciudad vasca. También recuerdo cómo me llamó la atención ver su discreta furgoneta negra aparcada en la puerta de la sala. Imaginar a esas cuatro personas nacidas en Japón trasladarse gira tras gira recorriendo las cuatro esquinas del mundo infatigablemente me conmovió. Tanto tiempo después, su objetivo sigue siendo el mismo: crear, transmitir y llevar su bella música con humildad, trascendencia y generosidad a lo largo y ancho del planeta.

Snowdrop (26), exceptuando bandas sonoras y colaboraciones, supone su decimotercer disco de estudio. El leitmotiv del mismo consiste en erigir un monumento de agradecimiento a las personas que han pasado por nuestra vida y nos han dejado, focalizando dicha idea sobre la pérdida del afamado productor Steve Albini, fallecido hace un par de años, con el que les unía una fraternal relación humana y que, en bastantes ocasiones, produjo sus trabajos más destacados. El papel a los mandos lo ocupa en esta ocasión Brad Wood, que contribuyó a la publicación de discos tan importantes como Diary (94), el debut de Sunny Day Real Estate, o Adore (98) de The Smashing Pumpkins.

Centrándonos en la naturaleza y sonido de su nueva colección de canciones, cabe destacar que nos encontramos en una línea continuista de lo ofrecido en sus dos inmediatas obras anteriores, Pilgrimage of the Soul (21) y OATH (24), especialmente hermanado con esta última, contribuyendo a lo que daré en llamar “Trilogía de la Luz”, puesto que su música tiende a elevar el alma desde la serenidad y la iluminación humanista, suponiendo una clara confrontación con su oscurísima etapa anterior, la que abarca desde la publicación doble de Rays of Darkness (14) y The Last Dawn (14) y llega hasta el abisal Nowhere Now Here (19), pasando por Requiem for hell (16), donde se alojaba prácticamente el único atisbo de esperanza a través de la hermosa “Ely’s heartbeat”, cuya base rítmica sobre la que se construye es el sonido real del latido del corazón de un bebé en el útero materno que tendría su amigo y fundador del sello Temporary Residence Ltd., Jeremy devine, encargado de publicar sus discos fuera del País del Sol Naciente.

Ahondando en su reconocible tendencia a elevar sus piezas a través de arreglos, el disco destaca por la inclusión de una orquesta de diez músicos y un coro de ocho voces, pero, a diferencia de la solemnidad que imprimía a su obra capital Hymn to the Immortal Wind (09), estos asoman con mayor sutilidad y temple, aportando esa creciente paz que parece fluir con naturalidad del corazón de MONO a estas alturas otoñales de su existencia.

De hecho, los reconocibles crescendos y despliegues de distorsión y pedaleras se reducen prácticamente a los dos primeros temas que abren su reciente creación, “Snowdrop” Y “Winter Daphne”, dando paso posteriormente a un sosiego hipodérmico constante e inspirador. “Gerbera” aflora como el nuevo posible clásico de los nipones, en lo que podría ser por intenciones y estructura su particular “Hoppípolla”, el purificador y bonito tema más popular de Sigur Rós.

A partir de ese momento, el disco se sumerge en una querencia que, por momentos, linda con el new age, propiciada por la conjunción de cuerdas y coros, especialmente apreciable en la preciosa “Statice”, resultando interesantes sus destellos novedosos. “Hedera” y “Shion” adolecen de cierta linealidad algo mansa que hacen resentirse esa parte del trayecto.

Pero el viaje vuelve a traernos otra de esas joyas que guardar en lo más profundo de nosotros mismos para siempre de la mano de “Bells of Ireland”, canción en las que se aparcan las guitarras para moldear una reliquia de hermosura evocadora e infinita, compuesta al albor de un piano, unos maravillosos arreglos de cuerda y, por supuesto, unos tañidos de campana que nos conectan a través del hilo invisible que es la música con los rincones más trascendentales que protegen los momentos, personas y lugares que han permitido dar sentido y significado a lo que somos.

“Farewell to Spring” sirve de despedida discreta; una línea de fuga que parece surgir de puntillas, sin la necesidad de hacer especial ruido, porque hace ya mucho tiempo que el silencio cómplice es el material imperecedero sobre el que se forja aquello que no conoce muerte.

Escucha MONO – Snowdrop

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