Bryan Ferry – Live At The Royal Albert Hall, 1974 (BMG)

Si el Rey Midas convertía en oro todo aquello que tocaba, Bryan Ferry bien podría ser su equivalente musical en cuanto a la elegancia se refiere. Todo lo abarcado por el británico, desde la época de Roxy Music hasta sus últimos trabajos en solitario, ha sido siempre bendecido con su peculiar aureola de distinción. Una capa de solemne buen gusto que, además, en el caso de Ferry resulta inconfundible y posee el preciado don de la distinción sobre el resto de artistas. También es bien conocida la afición del vocalista a la hora de apropiarse del repertorio ajeno, para trasladarlo a terreno propio con unas formas de lo más naturales. Ambos conceptos resaltan en el concierto que el músico y su séquito ofrecieron en el mítico Royal Albert Hall de Londres en 1974, y que ahora se recupera en la presente edición. Un documento que destila buenas dosis de las mencionadas cualidades, con el atractivo extra que da el contacto con un escenario que parece pertenecerle en propiedad. Sucede a lo largo de un total de catorce temas ornamentados en base a elementos muy de la época, como vientos, arreglos clásicos y unas coristas que, por supuesto, encajan como un guante. 

El intérprete se despacha a gusto haciendo suyos temas ajenos, y sólo tira de repertorio propio para acometer la compleja “Another Time, Another Place” y la sedosa “A Really Good Time” (de Roxy Music). Entre las versiones destaca el monumental “Sympathy For The Devil” de The Rolling Stones que abre la referencia, la festiva “It’s My Party” de Lesley Gore, una exquisita lectura del “Don’t Worry Baby” de The Beach Boys o el rock ‘n’ roll del “Baby I Don’t Care” popularizado por Elvis Presley. Tampoco se quedan atrás el “The Tracks Of My Tears” de Smokey Robinson, el clásico “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” de su adorado Bob Dylan –al que dedicó el álbum completo Dylanesque (Virgin, 07)–, o el “You Won’t See Me” de The Beatles. A lo largo de cincuenta minutos, el inglés tira de encanto con aparente facilidad, ejerciendo su seductora capacidad como maestro de ceremonias. Es así como, de paso, Live At The Royal Albert Hall, 1974 (BMG, 20) deja a las claras la aureola de crooner atemporal del autor, con una grabación de hace cuarenta y seis años evidenciando la imposibilidad de que ciertos artistas pasen de moda.

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