Mayúscula sorpresa. Si es cierto que el techno, una música de baile no necesariamente despreciable, vive un impass, hay que decir que todavía hay mucho margen para la frescura y las citas. Ellen Allien, la Berlinette que lleva un par de años dando que hablar, encarna el espíritu techno de una ciudad que tuvo demasiado de ese espíritu –Berlin-, y que ahora lo pierde. Bien por el undergroud, que persiste en sus trece cuando la moda se agota. Esta DJ cita e insiste en una vieja conexión (Berlin-Detroit: el correo cósmico) cuya receta no caduca, porque sencillamente es buena música. En un set muy entretenido, ligero, hipnótico pero no demasiado (el apego a la realidad es característica de la buena electrónica, que huye del escapismo barato), Ellen Allien hizo honor a la pequeña fama que la precede. Sin recurrir al electroclash, pero sí al acid-house, sin abusar del bombo, pero tampoco del empacho melódico, la berlinesa vibró con su público, selecto aquél día, merced a la calidez del pequeño club Moog. A ratos recordó a Model 500. Sus cristalinas mezclas, tan claras como sus ojos, transparentaron una música de baile excelente para las noches de verano, de vino tinto y cigarrillos, de miradas cruzadas en la pista de baile y alegría vital. Ellen Allien, con discreción y trabajo, se ha hecho un hueco por meritos propios en la escena mundial. Y que continúe. Solo gente como ella podrá acabar con la “prepotencia DJ” del mundillo techno más adinerado y falso. ¡Viva!



















