Uno de los aspectos que más me impactan en este segundo disco de Gu Vo es la capacidad que tienen de reciclar sonoridades pretéritas sin sonar a experimento o pastiche trasnochado. Los sevillanos se mueven con soltura entre una marisma sonidos repetitivos, frondosos y palpitantes en los que se reflejan los movimientos tectónicos del krautrock, el postrock y los anhelos ruidistas a través de sintetizadores, loops que van a martillo pilón, y un ritmo marcial de una batería que trepana los oídos.
Alejandro Ruíz (voz y sintetizadores), Eduardo Escobar (batería) y Raúl Burrueco (bajo) ya dejaron el pabellón bien alto con su disco homónimo de debut, y ahora tocaba, de alguna forma y tirando de tópico, el clásico “difícil segundo disco” que, refrenda todo lo bueno revelado hace cuatro años, con el background que ya tienen a sus espaldas en grupos como Combray, Tannhäuser o Blacanova.
El inicio de este estupendo II (Sentencia Records/Repetidor, 2026) recuerda al viaje a los infiernos de Joseph Conrad puesto en imágenes en Apocalypse Now: “Sorcerer” tiene un andamiaje robusto de sintetizadores abrasivos y el aleteo de unos loops que asemejan las hélices de un avión; los sonidos se retuercen, reptando hacia las posibilidades de una narrativa en donde el drone y el arpegio repetitivo se dan la mano.
Un comienzo de gran fisicidad (una de las mejores características del sonido de la banda), que le sigue “Drill”, un tema que me recuerda a algunos grupos del sello de culto Amphetamine Discharge con toques EBM tipo Front 242.
Las ondas expansivas de “Yukio” se extienden hacia afluentes que nos conducen al sonido grasiento de Alan Vega o los ritmos sincopados de Neu!, y la psicodelia sideral de Silver Apples comandando un viaje interestelar; una mantra repetitivo en el que encontrar detalles escondidos en una producción que aplica una yuxtaposición de capas de sonido creando una armadura eléctrica de alto voltaje. “Martian Dust Devil” se recrea sobre un pentagrama de secuenciación oscura, en donde resonancias a la música industrial (sigan el rastro de Cabaret Voltaire, Severed Heads…) se enredan entre amasijos de ruido blanco a lo Trans Am. Los mismos patrones adoptan para esculpir “601”, el corte más largo del disco, y a mi entender, el que mejor representa la cosmovisión del disco: repetición, músculo en la base rítmica, psicodelia, y una insobornable talento de, a la vez, ser respetuosos con el legado al que se aferran, así como la necesidad de quebrantar esa sintaxis de alguna forma.
En la recta final, encontramos “Penguin Land”, otra rocosa muestra de rock ondulante y de una gran capacidad cinética; una más aguerrida “Frog Rug” que es una ráfaga de motorik que la atraviesa unas voces espectrales, mientras que “Ebb Tide” remata el elepé con un sinuoso juego de texturas y timbres entre la batería, y el sonido del sintetizador que crea una base rugosa, de atonalidades templadas cuyas reverberaciones abstractas me llevan a recordar a los primeros Sonic Youth, a Glenn Branca o a los sonidos de la No Wave.


















