La teoría de la hiperrealidad y el simulacro de Jean Baudrillard siempre viene a colación a la hora de reflexionar sobre la influencia que las redes sociales (IG y TikTok, sobre todo) tienen en las nuevas generaciones de artistas. Todos ellos utilizan estas plataformas que, casi se impone pasar por su peaje este sistema dominado por el capital, para hacerse viral. Infectar con imágenes hiperreales en donde se confunde al espectador creando una ilusión de realidad, en donde la verdad y la mentira confunden el subconsciente; la realidad y su representación se yuxtaponen de tal manera que atomizan las mentes, en cuanto son dispositivos que canalizan los signos de comunicación, nuestros sentidos y deseos libidinales.
El dúo norteamericano Haute & Freddy son responsables de un espejismo que tiene la habilidad de captar nuestra atención -casi secuestrarla- a partir de una estética circense impostada, divertida, desprejuiciada, y que no intenta abrir ninguna grieta en el status quo de la música pop comercial. Más bien al contrario, ellos alimentan esta hiperrealidad -o realidad vampírica- para forjarse una cohorte de fans que, desde que se hicieron famosos con el tema “Anti-Superstar” y “Shy Girl” arrasan en visualizaciones en TikTok.
El virus ya está extendido, así que ahora tocaba esculpir un primer disco que estuviera a la altura de las expectativas. Tanto Michelle Buzz como Lance Shipp ya tienen bagaje a sus espaldas -también juegan con las cartas marcadas- ya que han escrito canciones para Britney Spears o Katy Perry, así que saben en qué terminación nerviosa tocar para abrirse paso en el negocio.
Con una portada que los muestra con una estética abigarrada, entre lo medieval y kitsch, el dúo hacen su primera presentación oficial con Big Disgrace (Atlantic, 2026), y el primer diagnóstico al que uno puede aferrarse es que, como autores de canciones pop comerciales, no andan nada mal de olfato. Con influencias más que evidentes de Kate Bush, Queen, Scissor Sisters, Lady Gaga o Donna Summer, en estos surcos hay un buen puñado de canciones resultonas para bailar como si no hubiera un mañana.
Las muestras de su astucia para los ganchos pop es innegable: “Symphony For A Queen” arranca a lo ABBA para bifurcarse por arabescos vocales tipo Kate Bush y una ambientación digna de Danny Elfman; aunque es “Anti-Superstar” donde saltan las alarmas: grandes arreglos de sintetizador permite que los ecos a Moroder se mezclen con los tips melódicos de Erasure, y el resultado es fantasía pura.
Kate Bush es una artista muy reivindicada en los últimos años, así que “Sweet Surrender”o “Shy Girl” tienen su huella indeleble. Las cadencias acústicas de “Sophie” sirven para regalar una de las mejores canciones del disco, y al final, “I Like My People Weird”, Michelle entona como Siouxsie y hay resonancias a la Madonna baladista de los noventa.













